Veintitrés.

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—Entonces escuchaste todo—digo con tono bajo.

Estábamos en mi auto, rumbo a ningún lugar en específico y seguía de mal humor.

—Creo que todos lo hicimos.

—Lo lamen...

—No lo digas—me detiene y siento su mirada sobre mí—. Tú me defendiste.

—No podía permitir que hablara mal de ti—me limito a contestar.

El silencio se hace presente y las gotas empiezan a caer sobre el parabrisas. El sonido de la lluvia es relajante y logro calmarme mientras la escucho.

Mi mirada está fijamente sobre el camino y mi mano derecha sobre la palanca de cambios. Han pasado unos 10 minutos y nadie ha dicho nada. Oigo un suspiro de su parte antes de sentir su mano sobre la mía.

—Gracias—dice en voz baja.

—No debes darlas—respondo con sinceridad.

—No quiero ofenderte pero tu madre es algo insoportable.

—Lo sé.

—Pensé que exageraste cuando me contaste sobre aquella llamada, pero he comprobado que no fue así—de reojo veo cómo frunce el ceño y no puedo dejar de sentirme mal por las palabras de mi progenitora—. Admito que no es la primera vez que una persona me cataloga de cierta manera pero lo de tu madre fue odio a primera vista. Así como tú y yo.

Una carcajada sale desde el fondo de mi garganta al escuchar sus últimas palabras, logrando sacarle una sonrisa desde que entramos al auto.

—¿Como tú y yo?—cuestiono, intentando dejar de lado el tema de mi madre.

—Sí, como tú y yo—ella asiente como niña pequeña.

—¿Y ahora qué hay entre tú y yo?—digo solo para alterarla.

—No lo sé... ¿Qué crees tú?

—Digamos que es simple y complicado.

Sonríe y sé que he dado en el clavo.

Segundos más tardes aparco el auto en un viejo lago, y suelto un suspiro cuando cierro la puerta, no sin antes tomar el paraguas.

—Ven—la llamo y alzo mi mano cuando estoy frente a ella.

Toma mi mano y sale del carro rápidamente. Se pega a mí para no mojarse y siento su mano rodearme por la espalda, y yo hago lo mismo. Empezamos a caminar, y agradezco que haya sido viernes informal por lo que no llevamos traje el día de hoy.

Nos acercamos lentamente al árbol y ella alza su cabeza hacia mí con el ceño fruncido.

—¿Una casa en un árbol?—pregunta volviendo a mirar hacia delante—. ¿Cuál otro capricho le habrán concedido al señor Maxwell?—escucho su risa pero me tenso.

Trago en seco y muevo un par de hojas de la escalera antes de ayudarla a subir.

—Ten cuidado—digo sosteniéndola por la cintura.

Subo detrás de ella y abro la cerradura de la puerta. La veo enarcar una ceja cuando saco la llave pero ignoro su gesto.

Cuando abro la puerta, su mirada se dirige hacia el interior y no puedo dejar de preguntarme si habría sido una buena idea traerla hasta aquí.

Whoa—dice después de unos segundos.

Entra lentamente y me parece que se fija en cada detalle al dar sus pasos. Inspiro aire profundamente y entro detrás de ella.

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