Ah, Barton, sí. Bueno, escuche, tendrá que darme algún adelanto y tendré que verla a usted en persona.
–Estaré ahí dentro de unos minutos –dijo.
Ella colgó, yo me subí la cremallera.
Y esperé.
Ella entró en mi oficina. Bueno, o sea, aquello no era justo. El vestido le estaba tan apretado que
casi le estallaban las costuras. Demasiados batidos de chocolate. Llevaba unos tacones tan altos que parecían zancos. Caminaba como un borracho contoneándose por la habitación. Un glorioso vértigo de carne.
–Siéntese, señora –le dije.
Se dejó caer y cruzó las piernas muy arriba, tan condenadamente cerca
que se me salían los ojos de las órbitas.
–Encantado de verla, señora –le dije.
–Deje de hacerse el bobo, por favor. No tengo nada que no haya visto usted nunca.
–En eso se equivoca, señora. ¿Podría darme usted su nombre?
–Señora Muerte.
–¿Señora Muerte? ¿Es usted del circo? ¿Del cine?
–No.
–¿Lugar de nacimiento?
–Da lo mismo.
–¿Año de nacimiento?
–No se haga el gracioso.
–Sólo intentaba tener algunos antecedentes.
De alguna manera se me fue el santo al cielo. Empecé a mirarle fijamente
las piernas. Siempre he sido un hombre de piernas. Fue lo primero que vi al nacer. Después intenté salir. Desde entonces he intentado la dirección contraria pero con bastante poco éxito.
Ella chasqueó los dedos:
–Eh, déjelo ya.
–¿Ehhh? –dije levantando la mirada.
–El asunto Céline. ¿Se acuerda?
–Sí, claro.
Desdoblé un clip y apunté hacia ella con el extremo.
–Necesitaré un cheque por servicios prestados.
–Por supuesto –dijo sonriendo–. ¿Cuál es su tarifa?
–6 dólares la hora.
Sacó su talonario de cheques, garabateó algo, arrancó el cheque del
talonario y me lo lanzó. Aterrizó en mi escritorio. Lo cogí. 240 dólares. No
había visto tanto dinero desde que acerté un pleno en Hollywood Park en
1988.
–Gracias, señora...
–...Muerte –dijo ella.
–Sí, sí –dije–. Ahora déme algunos detalles sobre ese tal Céline. ¿Dijo
usted algo de una librería?
–Bueno, se ha pasado varias veces por la librería de Red, ha estado
hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles
Manson...
–Así que se pasa por la librería, ¿eh? Hmmm....
–Sí –contestó–. Ya conoce usted a Red. Le gusta echar a la gente de su
librería. Te puedes gastar mil dólares, pero te quedas uno o dos minutos más
y entonces Red te dice: ¿Por qué no te largas de una puñetera vez? Red es
un buen tipo, sólo que está un poco chiflado. Bueno, pues echa una y otra
vez a Céline, y Céline cruza a Musso's y se queda dando vueltas por el bar
con aire triste. Vuelve al día siguiente o al otro y vuelve a suceder lo mismo.
–Céline está muerto. Céline y Hemingway murieron con un día de
diferencia. Hace 32 años.
–Lo de Hemingway lo sé. Conseguí a Hemingway.
–¿Seguro que era Hemingway?
–Oh, sí.
–Entonces, ¿cómo es que no está segura de que este Céline es el auténtico Céline?
–No lo sé. Tengo una especie de bloqueo en este asunto. No me había
ocurrido nunca hasta ahora. Puede que lleve demasiado tiempo en este rollo.
Así que por eso he venido. Barton dice que usted es bueno.
–¿Y usted piensa que el auténtico Céline está vivo y quiere conseguirlo?
–No sabe cuánto, jefe.
–Belane. Nick Belane.
–Muy bien, Belane. Quiero estar segura. Tiene que ser el auténtico
Céline, no cualquier tonto del culo que se crea que lo es. Ésos abundan.
–Como si no lo supiera.
–Bueno, empiece con ello. Quiero conseguir al escritor más grande de
Francia. He esperado mucho tiempo.
Después se levantó y salió. Nunca en mi vida había visto un culo como
aquél. Más allá del concepto. Más allá de cualquier cosa. Ahora no me molestéis. Quiero pensar en aquel culo.

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