Cogí el ascensor a la 6.À planta. El nombre del psiquiatra era Seymour
Dundee. Empujé la puerta, entré. La sala de espera estaba llena de majaretas.
Un tipo estaba leyendo una revista y la tenía boca abajo. La mayoría de la
gente, hombres y mujeres, estaba sentada en silencio. No parecía ni siquiera
que respirasen. En la habitación gravitaba una sensación extraña. Firmé en la
hoja que había sobre el escritorio y tomé asiento. El tipo que estaba a mi
lado llevaba un zapato marrón y otro negro.
–Oiga, amigo –me dijo.
–œSí? –contesté.
–œTiene cambio de un centavo? –me preguntó.
–No –le contesté–, hoy no.
–œMañana quizá? –siguió preguntando.
–Quizá mañana.
–Pero quizá mañana no pueda encontrarle –dijo quejándose.
Espero que no, pensé.
Esperamos y esperamos. Todos. œNo sabría el psiquiatra que esperar es
una de las cosas que vuelve loca a la gente? La gente espera toda su vida.
Esperan vivir, esperan morir. Esperan en la cola para comprar papel higié-
nico. Esperan en la cola para recibir dinero. Y si no tienes dinero, esperas en
colas más largas. Esperas para dormirte y esperas para despertarte. Esperas
para casarte y esperas para divorciarte. Esperas que llueva, esperas que deje de
llover. Esperas para comer y esperas para volver a comer. Esperas en la consulta del loquero con un montón de anormales y te preguntas si serás
uno de ellos.
Debí de esperar tanto que me quedé dormido y me tuvo que despertar
la recepcionista zarandeándome:
––Señor Belane, señor Belane, que es usted el siguiente!
Era una tipa vieja y fea, era más fea que yo. Me asustó con aquella cara
tan cerca de la mía. Así es como debe de ser la muerte, pensé, como esta
vieja.
–Cariño –le dije–, estoy preparado.
–Sígame –me contestó.
Crucé la sala y la seguí por el pasillo. Abrió una puerta y allí estaba
aquel tipo con aire satisfecho detrás de su mesa de despacho, con una camisa
verde oscuro y una chaqueta de punto sin abrochar de color naranja.
Sombras oscuras. Fumaba un cigarrillo con una boquilla.
–Siéntese –me dijo señalando una silla.
La recepcionista cerró la puerta y desapareció.
Dundee empezó a hacer garabatos con la pluma en un trozo de papel.
Sin levantar la vista del papel dijo:
–Cobro 160 dólares la hora.
––Que te follen! –le dije.
Levantó la vista:
–Ja, ja. Eso me ha gustado.
Volvió a hacer algunos garabatos más y dijo:
–œA qué ha venido?
–No sé por dónde empezar.
–Empiece contando desde diez para atrás.
––Que follen a tu madre! –le contesté.
–Ja, ja –dijo Dundee–. œHa tenido usted relaciones con la suya?
–œDe qué tipo? œVocales? œEspirituales? Especifique.
–Ya sabe a qué tipo me refiero.
–No, no lo sé.
Hizo un círculo con el dedo gordo y el índice de la mano izquierda y
luego metió y sacó el índice de la derecha en él.
–Así –dijo–. Hmmm...
–Sí –le contesté–, recuerdo que ella puso la mano así en una ocasión y
yo metí el dedo.
–œSe está usted burlando de mí? –dijo Dundee–. –Deje de hacerse el
gracioso a mi costa!
Me incliné hacia adelante sobre su mesa y le dije:
––Tiene suerte de que sólo me esté burlando de usted, amigo!
–œAh, sí? –dijo echándose para atrás en su sillón.
–Sí. No juegues conmigo, chaval. No se me puede considerar
responsable.
–Por favor, señor Belane, por favor, œqué es lo que quiere?
Di un puñetazo en el centro de la mesa.
––MALDITA SEA!, –LO QUE NECESITO ES AYUDA!
–Por supuesto, señor Belane, pero œpor qué se ha dirigido usted a mí?
–Por las páginas amarillas.
–œLas páginas amarillas? Yo no vengo en las páginas amarillas.
–Sí, sí que viene. Seymour Dundee, psiquiatra, Edificio Garner,
despacho 604.
–Éste es el despacho 605. Yo soy Samuel Dillon, abogado. El doctor
Dundee tiene la consulta en la puerta de al lado. Me temo que se ha
equivocado.
Me puse de pie y sonreí.
–Ahora eres tú quien juega conmigo, Dundee, estás intentando la
revancha. Pero si crees que me vas a ganar con tu táctica es porque no tienes
más que mierda de pollo en el cerebro.
Yo estaba allí para saber si los asuntos de Céline, el Gorrión Rojo, la
señora Muerte, los extraterrestres, Jack y Cindy Bass eran reales o si era que
yo tenía algún problema mental. Quiero decir que nada de todo aquello te-
nía sentido. œEstaba yo fuera de eso? œY adonde iba yo y por qué?
El tipo que decía llamarse Samuel Dillon apretó un timbre que había
sobre su mesa y enseguida apareció de nuevo la recepcionista. Seguía siendo
más fea que yo. Nada había cambiado.
–Molly –le dijo–, acompañe por favor a este caballero al despacho de al
lado, a la consulta del doctor Dundee. Gracias.
La seguí hasta el vestíbulo, donde abrió la puerta del despacho 604 y
me susurró:
–Siga de frente, imbécil.
Entré en otra sala de espera atestada. Lo primero que vi fue al tipo que
llevaba un zapato marrón y otro negro, el que me había preguntado si tenía
cambio de un centavo. Él me vio.
–Eh, señor... –me dijo.
Fui hacia él.
–También a ti te ha pasado, œeh? –le pregunté.
–œEl qué?
–Je, je... Te has equivocado de puerta... Te has equivocado de puerta...
Me di la vuelta, salí de allí y cogí el ascensor para bajar. Esperé a que
llegara a la planta baja. Luego esperé a que se abrieran las puertas. Entonces
crucé el vestíbulo, salí a la calle, fui hacia mi coche. Me subí. Arranqué. Es-
peré a que se calentara. Llegué a un semáforo. Se puso verde. El encendedor
saltó y encendí el cigarrillo mientras seguía conduciendo. Pensé que lo mejor
sería volver a la oficina. Me daba la sensación de que había alguien
esperándome.
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Plup
Science FictionÚltima novela del escritor Charles Bukowski. Aún no termino de pasarla, y falta editar los textos. Gracias por leer.