El tiempo transcurría muy lentamente, tan parsimonioso que se podía ver, más no dejaba de transcurrir. El verano tomaba vida mientras la primavera moría. Bajo una tibia mañana de verano cuando estaba Damgus en la cúspide de la torre central del Sauce Blanco, la más alta de todas con finas estampas, de un vivo color azul, con detalles labrados finamente sobre las duras paredes de granito, por dentro adornada con finas maderas, el roble, el ébano y no podía faltar el mármol. En las paredes hermosos vitrales colocados en las ventanas que reflejaban la luz hacia dentro de la cámara siempre iluminada.
Fue en ese preciso lugar cuando Damgus miraba hacia el norte a través de las montañas nubladas cuando vio a lo lejos la figura de un hombre que avanzaba a galope tendido en uno de los animales más veloces sobre la faz de la tierra, un gamo de la pradera de los gamos perteneciente a ciudad Visír, por lo que sabía de donde venía más no sabía cuál era el motivo con el que lo hacía, algo extraño pudo notar en el rostro del mago a tan larga distancia puesto que, su rostro portaba una terrible expresión lóbrega, pero más extraño aún era el motivo desconocido por el cual un mago de la ciudad Visír montaba un gamo, jamás lo hacen a menos que no haya otra opción, porque no simplemente hacer una aparición en la ciudad en la puerta principal hasta donde es permitido hacer una presentación en la gran ciudad, nadie puede hacerlo no sin autorización.
Damgus tuvo un ligero presentimiento, un nudo se le hizo en la garganta y algo apretó con fuerza el corazón. Al dar permiso de entrar a ese desconocido, de un salto como un resplandor apareció Damgus frente a él sobre las escaleras que llevan hacía la puerta de las torres de la ciudad cuando el joven mago se desvaneció en sus brazos como una escarcha bajo los intensos rayos de sol.
El joven mago estaba muy herido, su ropa desgarrada y su piel sucia, inmediatamente fue llevado al cuarto de recuperación. Sus heridas fueron ungidas, su piel aseada y mientras estaba inconsciente apretaba con fuerza sus parpados como si no quisiera ver algo que pasaba frente a sus ojos una y otra vez sin poder evitarlo, sus manos cubrían sus rostro mientras decía palabras y frases incomprensibles.
Damgus esperaba sentado a su lado hasta que despertara, su preocupación aumentaba a cada instante cuando de improvisto despertó de su letargo y de un salto se incorporó sobre la cama agitado, desesperado viendo hacia los lados como buscando algo de lo cual dependiese su vida, Damgus lo tranquilizó diciéndole —tranquilo hijo, estás a salvo— se quedaron ellos dos solos en el cuarto, un silencio se apoderó de la habitación por un instante.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó Damgus.
—Methos, señor, me llamo Methos —dijo el joven hechicero con voz quebrada y débil.
—¿Cuál es el motivo de tus heridas, Methos? y ¿por qué montabas un gamo de la pradera? —cuestionó el rey.
Methos dio respuesta a las preguntas realizadas por Damgus y este al oír las respuestas del muchacho abrió enormemente sus ojos clavándolos sobre la pared de enfrente, su rostro se quedó pálido, su piel fría como si unas escenas aterrorizantes pasaran frente a sus ojos, después de un tiempo bajó la mirada y mientras veía caer unas lágrimas de los ojos de Methos al suelo haciéndose añicos al golpear el suelo duro.
—Ciudad Visír ha caído, sin embargo, con ella también Amysis, sus habitantes muertos y prisioneros, solo han quedado restos y despojos, solo eso. La casa de los Virgil ha caído en su extinción, tuvieron un destino peor que la muerte y el olvido, él... él tomó sus almas, se las devoró... se las... devoró. Yo lo vi mi señor Damgus, yo lo vi —dijo Methos sin abrir los ojos como si esas escenas estuvieran de nueva cuenta frente a sus ojos, sus manos en su pecho como si el recuerdo se grabase en su corazón.
Damgus rozaba lentamente sus manos formando círculos y le dijo al joven mago —yo sabía que sucesos de tal magnitud sucederían más nadie había hecho caso de sus palabras y ahora dos ciudades han sido destruidas en un instante por el terrible Drakon.
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EL CETRO Y LA GEMA. La Saga
FantasyEn un principio, cuando nada existía, sólo tinieblas y vacío en el mundo, nació la luz y tomó forma de mujer, ella lo creó todo, el tiempo, toda forma de vida, el sol, la luna y les dio brillo...