Capítulo XI : Reúnanlos, reúnanlos a todos

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Era la media noche, sin luna y unas cuantas estrellas frías y tintineantes escapadas de entre las nubes adornaban el cielo. El viento soplaba apacible y frío, las hojas de los árboles sonaban a su paso. Las luces del Sauce Blanco adornaban el lugar.

Las luces blancas y azules parecían bailar. El viento sopló más fuerte y una de las ventanas de la alcoba de Ráfagus se abrió, la cortina bailó con fuerza; se incorporó con ímpetu y sintió que el viento le traía noticias, no muy buenas al parecer. Su respiración se agitó. Envió a sus guardias a buscar a Allegra Furah, Muz Malany, Alboro, Magenta, Cian y a Malva.

Para cuando Furah y Malany llegaron, un poco adormilados y despeinados, Ráfagus ya estaba vestido y arreglado viendo por la ventana, el viento movía sus plateados cabellos. Entraron y Furah habló —¿Qué sucede mi señor?, ¿todo está bien?, ¿por qué nos ha mandado llamar con tanta urgencia a esta hora de la noche?

—Tuve una visión mi querida Furah, una muy mala. Por eso los he mandado llamar con tanta urgencia. —Respondió Ráfagus mientras le daba la espalda a la ventana.

—¿Qué es lo que ha visto mi señor? —Preguntó Malany.

En eso tocaron a la puerta. Era Alboro, Malva, Magenta y Cian. Entraron y escucharon lo que su rey les tenía que decir.

—Los doce magos y el príncipe Rufergus están en peligro. Sé que ellos están ahora bajo la protección del rey Argénteus, pero me temo que ni el poder de él ni de su esposa la reina Marfil será suficiente para mantenerlos protegidos ante la oscuridad que avanza sin pausas hacia aquella ciudad. —Dijo Ráfagus.

—Creo que no estamos entendiendo nada. —Dijo Magenta. —Bueno, al menos yo no.

—Mi buena Magenta. El camino de nuestros muchachos es bastante incierto. —Respondió Ráfagus.

—Perdone mi señor, pero desde que se tomó la decisión de enviarlos en busca de la Gema sabíamos que esto sucedería, no sabíamos cuan incierto y peligrosos serían sus caminos. —Respondió Alboro.

—Tienes razón Alboro. Tú eres el mejor amigo de mi hermano y sé que entenderás lo que estoy a punto de decir. Sabíamos que a cada paso que dieran y se acercaran a la Ciudad Oscura, más peligrosos serían, pero no quiere decir que tengamos que abandonarlos en su camino. Debemos ayudarlos en cuanto sean nuestras capacidades, más puesto que, fuimos nosotros quienes los pusimos ahí cuando debimos de ser nosotros quienes emprendieran esa empresa. —Respondió Ráfagus.

—Entonces ¿qué debemos hacer? —Preguntó Allegra.

—Debemos de buscar noticias de nuestros magos y vigilar sus caminos. —Contestó Ráfagus.

—Envíenos mi rey y nosotros iremos. —Dijo Alboro.

—Y así será. —Respondió Ráfagus. —Alboro y Cian, ustedes deberán ir muy al norte de la ciudad, deben de encontrar a Deondre y pedirle de mi parte que vigile Gigasantis del norte. Muz, tú debes vigilar el cielo, envía a tus aves en busca de noticias del grupo. Tú, Allegra, debes ir a Montanea a ver al rey Argénteus y a su esposa la reina Marfil, te estarán esperando, pero no irás sola, Magenta irá contigo. No demoren mucho en esta empresa, deben de ser rápidos, lo más rápidos que puedan ser. Vayan pues, que Hellen y Magnus cuiden sus caminos. —Dijo el rey Ráfagus. —Prepárense que partirán al romper el alba.

Todos aceptaron y salieron de la habitación a preparar sus cosas pues la mañana ya se acercaba. Poco antes de partir, Allegra fue a ver al rey, necesitaba hablar con él. Ambos hablaron en privado.

Los primeros rayos de sol ya se avistaban y todos partieron como había sido planeado en la madrugada. El rey los despidió como era costumbre en el Sauce Blanco, después se dispuso a ir a su estudio, el cual tenía una sola entrada, ésta estaba dentro de su habitación, nadie más que él tenía acceso a ella o sólo quien él dispusiera que así fuera, nunca había sido así.

EL CETRO Y LA GEMA. La SagaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora