Capítulo II: La Ciudad Oscura

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Como un susurro en la oscuridad apareció por la costa Oeste de Eneb-Rho, como una terrible brisa que nace de las fuertes olas al estrellarse con brutalidad en las grandes rocas. Nadie supo cuándo, sólo apareció.

Un terrible mal se acercaba, se sentía en el aire y en la oscuridad de la noche. Un poder tan grande y malévolo acechaba a las diez grandes naciones más poderosas de la magia: Los extraordinarios magos, raza predominante, apasionados por la magia y las pociones, apasionados siempre por el poder; los hermosos elfos siempre estudiando las leyes de la naturaleza queriendo ser siempre lo más parecidos a ella; las encantadoras Lumen Oris; las majestuosas Ventus Oris que son los seres más terrenales, pero a su vez los más místicos que el mundo haya visto jamás.

Si esas naciones caían, consigo lo harían las ocho naciones restantes: los duendes, seres de carácter sumamente adusto, amantes de la guerra y la destrucción; los gnomos siempre alegres, siempre buscando los poderes ocultos en las profundidades de la tierra, puesto que, ellos creían que antes, incluso que la misma luz, la tierra se había formado y que guardaba en su tan profundo ceno poderosos misterios, incluso secretos del nacimiento del primer árbol, riachuelo y de la magia misma.

Los exorbitantes gigantes que a pesar de su gran tamaño es difícil verlos en su habitad natural, se podría decir que, algunos se confunden con grandes troncos de gruesos árboles del norte y hay otros que se les puede confundir con las monumentales rocas grisáceas del sur; seres que no les importa los dilemas de los demás, no hasta que llegue el momento.

Los cielos lloraron, la tierra crujió, la luz se extinguió casi por completo en el noreste avanzando muy a prisa en todas direcciones; los ríos, valles y arroyos callaron frente al gran rugido del mar arrastrado por las poderosas ráfagas del viento sumamente espeso, tan imponente fue la presencia de ese poder que hasta el lejano estrecho de las sirenas se sacudió.

Llegando por la costa Oeste tomando los senderos hacia el norte de la misma, abriéndose paso llegó cerca del gran acantilado Ernaga, pasando por el bosque del dragón rojo y el imponente volcán de granito, ahí formó una gran fortaleza con espesa niebla que cubría el suelo, los gruesos y enormes muros de colores pálidos igual a la muerte misma, un enorme castillo, de tal magnitud que sus puntas formaban un gigantesco yelmo negro, tan grande eran que, se podían ver desde la gran ciudad Montanea a través del enorme bosque de los gigantes del norte conocido como Gigasantis del Norte.

Tanto era el poder que nadie notó la presencia del mal, sino que, cuando estuvo completo se dio a conocer, permaneció oculto hasta que su tiempo llegó.

Una densa niebla proveniente del Noroeste, así como una gran nube gris revestían casi por completo los cielos y la tierra, cubriendo desde ciudad Anvel, la gran ciudad de los elfos, un bosque de hielo formado en las montañas nevadas del norte hasta la vegetación creada con piedra de los gigantes del sur, sólo el estrecho de las sirenas junto con la maravillosa tierra de las Lumen Oris estaban libres de la niebla, no era tan fácil burlar la magia de las hadas.

De la niebla brotaban figuras ante los ojos de los magos del Sauce Blanco, Montanea, Ciudad Escondida, Visír, Áurum, figuras que se formaban de la mente misma haciendo visibles sus miedos y peores temores, pasados siniestros que los congelaban bajo las sombras y la luz se extinguió para ellos en ese momento.

En el cielo las tormentosas nubes grises pálidas que no tardaron en tornarse oscuras, pero al mismo tiempo destellántes como si una poderosa lucha se llevara en las nubes por seres tan poderosos como los dioses mismos. Todos se preguntaban qué estaba pasando, pero nadie sabía.

Una noche de frío invierno el noroeste se iluminó con una luz roja, un escarlata tan intenso como la sangre misma, la noche se tornó del mismo color igual que si la luna hubiese muerto; y no pasó mucho tiempo para que todos los territorios se tornaran del mismo matiz sin excepción alguna, ni la tierra de las hadas quedó sin tocar ese color.

EL CETRO Y LA GEMA. La SagaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora