Capítulo XXVIII

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Arreglé por décima vez el nudo de mi corbata y tragué saliva antes de atravesar el umbral de las elegantes puertas de cristal y metal dorado. En la entrada me recibió un hombre muy elegantemente vestido.

—¡Joven Jonas! — exclamó sorprendido

—¡Hey, Pierre! — saludé dándole un caluroso abrazo al hombre de cabello rubio y ojos mar

—¡Que sorpresa verlo por aquí!

Pierre no era más que dos años más grande que yo y era uno de los mejores trabajadores de Kevin, a mí siempre me había molestado que me hablara de usted, pero él insistía a cada minuto como si su empleo dependiera de ello, a pesar de no ser así.

—Si... ¿Kevin ya ha llegado?

—Oh si, estuvo aquí casi toda la mañana perfeccionando unos pasteles de violeta y chocolate— se río cortésmente

—Creí que dejaría a su sub chef

—¿La chef Audrey? Oh, sí, ella estuvo aquí también, ya sabe que su hermano le tiene mucha confianza, pero aun así el jefe no se movió

—Ya... ¿sabes si ha reservado mi mesa?

—Oh... no he revisado la lista de hoy, acabo de entrar, he tomado el turno de la noche... pero estoy seguro de que sí y si no, encontraré una, lo prometo— me guiñó un ojo al tiempo que tomaba la gran libreta que había sobre el atril

La nieve era un poco más copiosa y el interior del restaurante se veía increíblemente cálido y, por alguna razón, acogedor... como casa...
Quizá eran los tonos de las paredes, que añoraban nuestra crianza en Jersey cuando vivíamos en esa casa que tenía los mismos tonos en la cocina en donde mamá enseño a Kevin a cortar tomates, yo siempre había apostado que el aspecto se debía a ello, pero nunca le había preguntado a mi hermano mayor; o quizá era el detalle de las mesas: sin pimentero ni salero, pues mamá solía decir que la comida se degusta mejor cuando aprecias el verdadero sabor del cocinero, sin modificaciones, en su lugar había un cartelito de papel opalina grueso con detalles en las esquinas, escrito con el puño y letra de Kevin que contenía ese mismo mensaje y su firma en color dorado. Esos papelitos sorprendentemente habían atraído más clientes de los que habían ahuyentado.

—Por supuesto que sí— dijo Pierre victorioso— está al principio de ella, lo llevaré a su mesa, Joe— me sonrió, haciendo una pequeña y graciosa reverencia

Caminamos entre las mesas, ya algunas ocupadas por gente bien ataviada y me dirigieron a una que se encontraba junto a la ventana, Kevin no había reservado su mejor mesa para mí, pues yo sabía cuál era, sin embargo, me senté sin rechistar.

Estiré las piernas debajo de la mesa y me recargué pesadamente. Miré la copa de agua clara que estaba frente a mí y los relucientes cubiertos.

Desbloqueé el teléfono.

—¿Kevin?

—Hey, Joe

—¿Estás en el restaurante? — sentía el deseo de recorrer el pasillo lleno de brillantes ollas y observar a mi hermano cocinar, era una especie de terapia. Oler la comida y percibir la sazón de mamá en otro continente.

—Eeh... no, no, tengo una cita esta noche

—¿Qué? ¿Qué no tenías una visita de críticos esta noche?

—Oh sí, pero no cocinaré yo, es un nuevo experimento... Audrey hará el trabajo hoy, estoy pensando en subir su sueldo y sin importar que pase esta noche lo haré, pero ella prefiere pensar que se lo ha ganado

Todas las noches de mi vida [J.Jonas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora