Capítulo VIII

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Me estiré en la cama, como de costumbre y abracé la almohada. La olisqueé. Tenía un olor fresco, como de bosque, estiré las piernas y sentí las mullidas sábanas, y el cobertor, suave y esponjoso. Abrí los ojos de sopetón. Me senté rápidamente en la cama. Esta no era mi cama.

Era una habitación enorme y espaciosas, que tenía una pared completa de vidrio, tapada por una fina cortina, que dejaba ver las luces de la cuidad tenuemente, sin inundar la habitación ni revelar nada del interior, pude calcular, por la altura desde la que se veían los edificios, que estábamos en uno de ellos, a unos 50 metros del suelo, había una lamparita de noche junto a mí, encendida. Un sillón al otro lado de la habitación, una lámpara de pie y tres puertas: una que daba al baño, abierto, otra deslizable, que indicaba que sería un vestidor enorme del otro lado y otra que estaba entreabierta y dejaba entrar un rayo de luz tenue. Miré el reloj de la mesita: 1:38 de la mañana, junto había un vaso de agua cristalina y dos pastillas color rosa. Tómame, leí en una notita que las acompañaba.

Me levanté y noté que no tenía pantalones, ni brassier, solo una camiseta gris de hombre, con el logo de Stanford al frente, la olí, tenía un olor cítrico y fresco. Me abracé a mí misma, recordando la pelea con Liam del día anterior.

Me costó 10 minutos poder tomar valor y salir de la habitación, cuando lo hice me encontré con un pasillo corto, que daba a un descanso y unas escaleras de caracol, no muy altas ni muy largas, me agarré fuertemente de la barandilla para no caerme y bajé despacio, escalón por escalón.

Me encontré con una sala súper espaciosa, de sillones largos y una chimenea al fondo, que estaba prendida y le daba un calor especial a la estancia, a la derecha se encontraba la misma pared de cristal que daba seguimiento a la del cuarto y a la izquierda un comedor con una mesa larga de cristal, llena de sillas.

Las paredes eran de colores claros y estaban llenas de cuadros de arte, una parte tenía instalado un pretensioso y complicado sistema de bocinas y un reproductor de películas que se conectaba con una pantalla gigante y un sistema de audio que se miraba bastante caro y que en ese momento reproducían un concierto de Led Zeppelin a bajo volumen. Era un loft precioso.

En la mesa, estaba él, escribiendo en un cuaderno y consultando varios libros, pasaba de hoja en hoja y anotaba en fichas, no parecía haber notado mi mirada ni mi presencia hasta que bajé totalmente la escalera y, sin querer, me golpeé un brazo en el barandal, entonces alzó la vista.

—Hey— saludó con su usual expresión— ¿estás mejor?

—Joe...— murmuré y me acerqué a la mesa, junto a él— Tu y yo...— no sabía cómo preguntarlo, Jonas estaba descalzo y desnudo de la cintura hacia arriba y llevaba unos pantalones de pijama oscuros, que no tenían nada que ver con la pijama quirúrgica que utilizábamos todos los días, río suavemente

—No, Evans, no pasó nada...— me sonrió y se levantó de su lugar, me posó ambas manos en los hombros, Dios... era cabeza y media más alto que yo, se agachó un poco y se puso a mi altura— ¿estás bien?

—Yo... si, pero... mi ropa— murmuré avergonzada, el soltó una carcajada corta

—Discúlpame, Evans— me sonrió con ojos amables— pero te quedaste dormida en el auto y no quería despertarte, no podía dejarte dormir así, habría sido muy incómodo, además, no tienes nada que no haya visto antes— me guiñó un ojo, por supuesto que no, tonta, pensé

Acarició mis hombros y luego los soltó, con una sonrisa.

—El detalle de la playera es algo irónico ¿eh? — le dije

Todas las noches de mi vida [J.Jonas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora