Entre al hospital como si fuera yo la enferma y estuviera a punto de someterme a cirugía. La musiquita de fondo de la sala de espera me comenzaba a desquiciar mientras esperaba en recepción.
Pronto se comenzó a llenar de gente, gente ojerosa, joven, algunos con sonrisas amables y otros con cara amarga.
—Hola... — me saludó morena de cabello chino y con unas caderas para morirse con voz cauta y sonriendo tímidamente
—Hola—respondí sin mucho entusiasmo, pero con una sonrisa amable. Mi mal humor debía comenzar a disiparse, no lograba localizar a Anna
—Soy Andrea. Andrea Collins— alcé una ceja por instinto que enmarcó mi mirada de manera ligeramente amenazadora, sin tales intenciones.
-Soy _____- respondí quedamente mientras le guiñaba un ojo para intentar aminorar el malentendido.
Escuché unos pasos apresurados y volteé para ver a mi mejor amiga corriendo por la entrada con una bufanda enredada en el cuello.
—Hey... ¿he llegado muy tarde? — me abrazó y me entregó una botella de yogurt, justo como hacía desde la escuela
—No aún no...
—Muy bien, jóvenes— me interrumpió una voz profunda y masculina.
Cirujano, seguro de unos 55 años, con el cabello entrecano y alto. Fuerte como un roble, pálido y con unos ojos de loco que me hicieron fruncir el ceño.
Lo examiné detenidamente y sonreí. Me agradaba desde ahora.
—Síganme pidió con voz tranquila y firme— no cabemos todos en el elevador, así que utilizaremos las escaleras.
Bajamos por la escalera, los pasos resonaban en la paz del edificio y no podía dejar de mirar el cabello rubio de un chico que iba delante de mí. El nudo no se movía.
Apreté la correa de mi mochila con fuerza en un puño y tomé de la mano a Anna.
Llegamos a lo que al parecer era el sótano del hospital, un pasillo lleno de puertas, casilleros y camillas sin utilizar postradas contra la pared y cubiertas de plástico.
—Estos— dijo el hombre de bata blanco puro— serán sus vestidores durante toda su estancia aquí, así que su cuidado queda a cargo de ustedes —señaló las puertas del lado izquierdo del pasillo— y estos— señaló a la derecha— son los cuartos de descanso, aprovéchenlos mientras puedan. Y dejen sus asuntos íntimos para cuando salgan—apuntó alzando las cejas, muchos soltamos una risita nerviosa.
El médico miró su reloj de pulsera y marco algo en su beeper
—Muy bien, hora conocer a sus residentes, adjuntos y jefes de servicio.
—¿Aún se usan esas cosas? —se río por lo bajo un chico de cabello castaño y ojos café refiriéndose al beeper
—Sí... Carter— dijo asomándose a su pecho y leyendo la pequeña etiqueta de identificación que nos habían regalado hacia una semana para portar durante el tiempo que estuviéramos en el hospital— Aún se usan estos—alzando el pequeño artefacto negro— aunque no lo crea son más útiles que los teléfonos celulares y en este hospital nos gusta mantener las tradiciones y más le vale siempre tener el suyo a la mano, porque de no ser así...
Una secuencia dispareja de pasos lo interrumpió y miró hacia atrás.
Un grupo de 7 personas de acercaba distanciados unos de otros por algunos metros, detrás de ellos llegaron 2 mujeres de edad avanzada con lentes de armazón y blusas perfectamente planchadas debajo de la bata, uno por uno se fueron colocando en el otro extremo de la sala, como si estuviéramos a punto de enfrentarnos. El pasillo se comenzó a llenar de otros médicos hasta dar un total de 25 más o menos. Y llegó un 26. Caminaba tranquilo y con paso firme, arrogante, con las manos en los bolsillos de la bata, tenía un zapato mal amarrado y el cabello negro azabache alborotado. Mis pulmones se quedaron sin aire por un momento y el corazón me latió muy rápido.
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Todas las noches de mi vida [J.Jonas]
Hayran KurguCuando _____ Evans entra al programa de residencia en cirugía en New York y conoce a Joseph, un extraño no tan ajeno, su vida da un giro inesperado, obligándola a decidir entre el cariño y amor que construye sobre su nueva amistad y la seguridad emo...
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