IX-. Es un lindo.

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Sigo admirando la bella habitación.
Cuando oigo un ruido casi inaudible.

Maggie sale de un pasillo de la biblioteca, un poco despeinada y con los labios humedos.

—¿Sam? ¿Qué haces aquí? —me pregunta Maggie, pero solo la ignoro y sigo caminando. —te hice una pregunta ahora contesta.

—No es nada que te importe, ¿bien? —camino por donde salió Maggie pero algo me detiene.

—Samantha, sé que nunca fuímos las mejores amigas, pero aunque no lo creas... Todavía te extraño. —parece nerviosa.

—bueno, ¿me dejas caminar? —pregunto rodeandola.

—Sam, perdón. —y en eso me abraza. Me resistí pero su fuerza es más alta que la mía y al final la abracé.

Todo iba bien, como cualquier reconciliación. Cuando la puerta se azota y volteo rápidamente, veo un chico salir... ¡Dios no me digas que es... Alec !

No lo pienso dos veces y corro tras el misterioso chico pero ya no es tan misterioso, ya que sé que hay una alta probabilidad de que sea Alec.

Maggie corre atras de mí, pero para su mala suerte le tengo una ventaja de quince pasos.

—¡Hey! —grito. —no seas tan cobarde, ven y muestrame la cara. —sigo corriendo. Pero al ver que me veo tan estúpida corriendo tras un chico... Paré.

—¡Sam! Ya no lo persigas... —tiene el descaro de hablarme.

—déjame en paz, eres una igualada. Sólo te interesa arruinar lo que quiero. —alzo mi mano, para darle una bofetada. Pero me arrepiento y no lo hago.

—ambas sabemos que no son nada, así que...

—así que déjame en paz... Eres la persona más desagradable del mundo.

Camino a mi casa, que por cierto esta mucho atrás.
Puedo jurar que las lágrimas no tardan en salir.
Alec y yo siempre vámos a ser amigos, nada más... Porque eso es lo que somos, y es como me ve.

Al llegar a mi casa abro la puerta donde está Elizabeth con un delicioso pastel, bañado en mermelada de fresa.

—¡Feliz tercer año de nuestra amistad! —grita en cuanto entre. —ya te habías tardado Sam.

—Oh... —es cierto, lo olvidé. —felicidades por nosotras.

—¿lo olvidaste verdad? —sonríe levemente.

—te voy a ser sincera, sí lo olvidé. —me siento fatal. —lo siento.

—bueno, no importa, anda ven a comer éste riquísimo pastel. —sonríe. —ya te esta diciendo: comeme.

—es verdad. —camino hacia ella, y la abrazo. De repente siento como mis lágrimas brotan, ya no las podía contener.

—¿Sam? Dios, si lloras yo igual voy a llorar. —dice limpiando mi cara.

—yo creí que... Pero él... Y la maldita de Maggie... —ella frunce su ceño, no me entendió.

—más despacio, si lloras no te entenderé, así que si requieres mi ayuda deja de llorar. —le hago caso y paro.

No me lo podía creer ¡estaba llorando por un hombre! ¡Dios! Cuando era pequeña y veía a mi mamá llorar por mi padre recuerdo que juré que núnca lloraría por un hombre. Pero como dice Mario, »hay promesas que no se pueden cumplir«

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Después de contarle todo a Elizabeth, decidí hablarle a Emilio, recuerdo que me dio su facebook, pero no recuerdo donde lo deje.

Para Siempre.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora