Prefacio.

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En la vida todo tiene su debido momento y el mío ya había arribado a un puerto en donde comenzaba a desembarcar: la hora de enfrentar mis peores temores no parecía lejana desde donde le veía.

La batalla interna contra mis demonios había alcanzado límites insospechados y ahora debía pagar las consecuencias a un precio muy alto.

Mire fijamente a Cathy, con la culpa y el remordimiento, que parecían no cesar en  ningún momento, brotando a raudales de mis ojos. Mi corazón latía enfebrecido, de una manera enardecida que percibía, con suma precisión, el correr mi sangre bajo mi piel perlada por un fino sudor.

Permanecí así, como una fría estatua, sin mostrar amago alguno de que deseaba revelar la verdad. Sostenía, con suma dificultad, mi mirada, mientras el hosco silencio de la muerte se cernía sobre nosotros, amenazador e intimidante.

Esto dolía, dolía demasiado, mucho más aun que al principio, mucho más ahora que todo se había salido de mi control, de que se había escapado de mis manos en contra de mi voluntad sin siquiera darme cuenta.

Intente hablar pero mi boca no respondió a ninguna señal de mi cerebro y de mi corazón, parecía que mi cuerpo intuía la magnitud de los hechos y se revelo, protesto, diciéndome que guardara silencio, que saliera corriendo y que jamás volviera a mirarle, que yo no merecía la compasión ni el perdón de mi mejor amiga y de nadie mas. Pero esto ya había sido suficiente. Engañaba a cuantos me rodeaban y lo peor era que me engañaba a mi mismo.

Me acerque a ella con pasos fuertes, con la firme determinación de acabar con la mentira en lo que se había convertido mi vida.

Ya no había vuelta atrás, no ahora que había decidido hablar con la verdad.

El Otro Rostro de la Vida ➳ l.sDonde viven las historias. Descúbrelo ahora