26 de junio de 2012.

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26 de junio de 2012

Primera parte: Eira

Quería una vida, quería ir a la escuela, quería escribir, quería estar con mis amigos, cocinar y leer durante las noches, quería tener un cumpleaños como cualquier otro, y más que nada, quería tener un futuro feliz y normal. ¿Pero que es algo normal? Me tendría que acostumbrar a ver mi nueva vida y a lo que viniera junto con ella como algo normal. Aunque suene muy cliché decirlo, yo jamás habría deseado que algo como esto me pasara, ni a mí, y ni mucho a mi hermana. Todos creen que ser poderosa, tener habilidades y distinguirse de las demás personas como lo hacen los Vengadores es algo inigualable y soñado. Pero existe un abismo entre soñar con ser como ellos, y serlo, de la manera en que lo hicieron mis papás.

El mismo día de mi cumpleaños me cayeron lágrimas, mi pecho se contraía por la angustia y el dolor. Pero no solo fue dolor emocional, sino que a ello había que sumarle la agonía y el suplicio físico que padecí cuando mi padre, al igual que hizo con Vysenya, se acercó a mí con el mismo largo bastón, lo depositó sobre mi cabeza, y tan solo al primer contacto pude sentir una energía que me dejó en penumbras al instante, se desplazaba por cada una de mis fibras capilares, sintiendo que mi piel se abría como un pergamino viejo y sintiendo ardor como si tuviera todo mi cuerpo expuesto en carne viva. Pero eso era solo el principio del tormento. El ardor fue solo el inicio, luego pasé a sentir frio, una sensación helada que hizo que mis músculos se contrajeran y mis brazos se tensaran a un lado de mi cuerpo. Parecía que pequeñas agujas de hielo se clavaban sobre mi pecho y mi rostro. Las sensaciones iban y venían, pero nunca acaban, algunas eran iguales y otras eran incluso peores. Fueron momentos tristeza disfrazadas de dolor y de un interminable calvario. Pasado ese momento, que seguramente para mis padres habrán sido minutos, pero que para mi cuerpo y espíritu fueron horas, mi padre levanto el bastón y lo deposito sobre mi abdomen. Al instante mi cuerpo se encorvó hacia adelante como si fuera una barca, pero en vez de encontrarme sobre aguas calmas, me hallaba en medio de un mar de terror. Tras finalizar el tormento, mi cuerpo calló exhausto y corrompido por la tortura sobre la camilla, lo último que recuerdo, antes de perder la conciencia, fue el sonido de la puerta al cerrarse. Por fin estábamos solas.

La primera vez que desperté, todo parecía estar normal, pero cuando recobré todos mis sentidos percibí que Vysenya no estaba conmigo. Cerré nuevamente los ojos para despertar de lo que quería creer era un sueño, un muy mal sueño. Pero no sirvió de nada, recuerdo que empecé a moverme furiosa sobre la camilla y a gritar su nombre. Grité y grité, lo más alto que pude, hasta que descubrí que por la puerta aparecieron mis padres. Mi mamá me tomó el brazo y con una jeringa me sedó, dejándome al instante en un estado de quietud, pero no me había dejado adormilada, sino que al instante, mis brazos, mis piernas, absolutamente todo mi cuerpo quedó tensado como una cuerda. Divisé que mi padre volvía a tener el bastón en mano, y por segunda vez, la maldita "sesión" con el bastón se llevó a cabo. De nuevo el dolor, de nuevo calvario, de nuevo la ceguera, el ardor, el frio, el cansancio, y por ultimo de nuevo tener que perder la conciencia escuchando cerrarse la puerta.

Cuando volví a abrir los ojos, recuerdo un dolor de cabeza interminable, mis manos mantenían un leve temblor y un hormigueo constante. Sentía mi pecho hinchado, dificultándome el respirar, como si por dentro de mi cuerpo hubiera una pelota atascada, de gran intensidad, que se expandía con una especie de naturalidad. Las sensaciones eran molestas. Traté de probar abriendo y cerrando los puños para que el hormigueo se fuera, creyendo que era un problema de circulación e incomodidad al estar tanto tiempo acostada. Traté de calmarme, respirar hondo para no asustarme. La vista aún no era nítida, sabía que había dormido como un oso, a pesar de que siempre tuve el sueño ligero, a comparación de Vysenya que... En ese preciso instante recordé todo, mi madre con la jeringa, mi padre torturándome y Vysenya que no se encontraba más a mi lado. Esa fue la primera vez que la congoja y la desesperación por mi gemela me sacó de quicio. Con Vysi siempre había mantenido una conexión incomparable, por más que no nos viéramos, o no estuviéramos juntas, la conexión existía, pero en esas circunstancias el solo pensar que estuviera lejos de mí me mataba. Cuando finalmente mis sentidos se restauraron, la puerta de la habitación me abrió. No sé de qué manera era que sabían cuándo es que estaba despierta. ¿Un sensor? ¿Cámaras? ¿El poco instinto de padres que les quedaba? No lo sabía, pero ellos nuevamente aparecieron, portando sus impecables y largas batas, y por supuesto con el señor Strucker pisándoles los talones.

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