Capitulo 9

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Estacione el auto solo a algunas cuadras de tribunales, justo enfrente de las oficinas de Alberto. La duda entre llamarlo o no me comían la cabeza. Hice el asiento hacia atrás y di un suspiro. Sentía Miles de voces en mi cabeza, todas hablaban cosas diferentes, pero cada una tomaba un caso diferente y todos eran sobre mi vida.
Tire la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.
«Yo creo que era mejor la idea de ser médico, a que ser un buitre»
«Tus viejos no tenían la culpa de lo que pasó, pero los abandonaste como tus progenitores lo hicieron»
«muchos títulos, muchos diplomas, muchos colegas, mucha plata, pero en la noche ¿Quien te acompaña?»
Di un fuerte golpe al volante y deje escapar un fuerte grito, dejando que mis pulmones soltaran la represión que ahogaba mi cabeza.
Saque mi celular del bolsillo de mi saco y marque el número de Alberto. Este atendió en el tercer sonido.
-Robe...
-Hola si, Alberto soy yo. Es urgente.-sin dejarlo terminar, tire prácticamente mis palabras sobre el.
-¿Qué pasa?
Su tono dejo entrever que estaba preocupado.
-Yo...yo estoy-comence a negar una y otra vez.-Yo...
«La única mujer que amaste en tu vida, la única mujer que dejaste entrar, también te abandono»
-¿Roberto estás ahí?
La voz de mi amigo parecía sonar en la distancia, mientras sentía una ciudad de voces naciendo en mi cabeza.
-Escucho voces-espete como pude, como si me encontrará entre medio de millones de personas y Alberto no fuera a verme o escucharme entre ellas.
-¿Dónde estás?
-En el estacionamiento-grite.
-¿Pero donde mismo?-su voz sonaba tranquila, pero a la vez algo alterada.-Loco, necesito que respires y me digas dónde estás. Sino corta, métete al WhatsApp y mandame tu ubicación, así te voy a buscar.
-Enfrente de tu oficina de trabajo-volví a gritar. Las voces comenzaron a hacerse aún más fuerte.
Tire el celular contra el asiento trasero del automóvil, y escondí mi cabeza entre las palmas de mis manos, tapando mis oídos como si aquello logrará callar el bullicio.
El cuerpo me temblaba, comencé a sentir como el sudor caía por mi frente, mi respiración comenzó a acelerarse y me percate de que mis manos temblaban.
No tarde en escuchar a Alberto golpear mi ventanilla. Como pude abri la puerta, y este se apresuró a sacarme del auto.
-Roberto, Roberto, tenés que calmarte-me rogó, quito mis manos de mis oídos y me sostuvo por los hombros a la vez que yo reposaba mi cuerpo contra el auto.
«¿Donde están papá y mamá?»
«Ni siquiera tu hija pudiste conocer, Roberto»
«Roberto, Roberto, Roberto, Roberto»
-¡Ya basta, por dios!
Grite tapando nuevamente mis oídos y corrí hacia la más cercana pared, posicione mi cabeza y la estrelle contra esta.
El resto se volvió silencio, la oscuridad tomó su protagonismo sin previo aviso; el frío piso me anunció la llegada a lo mismo de siempre como si el vacío en realidad está vez tuviera un fondo: la nada misma.

Cuando desperté me encontré con la relajante oficina de mi amigo, me encontraba recostado sobre el diván. A lo lejos divisé como Alberto charlaba con un gesto serio a la par de un anciano hombre con bata blanca, un médico, pensé.
Me sentía mareado y adolorido, no recordaba mucho de lo sucedido, pero estaba seguro de algo: las voces se habían callado.
Intenté sentarme pero una fuerte puntada en la cabeza me hizo volver a mi lugar, maldije en silencio. Subí una de mis manos hacia mi cabeza note que estaba vendada. De repente los recuerdos de lo sucedido vino uno tras otro: yo discutiendo con Manrique, yo teniendo un fuerte pico de estrés, yo escuchando voces, yo dando mi cabeza contra la pared.
Pude notar como Alberto guiaba su mirada hacia mi, y al verme despierto prácticamente corrió hacia mi.
-¿Estás bien? ¿Como te sentís? Ya le digo a mi empleada que te traiga un vaso con agua ¿O preferís un té?
-Prefiero que cierres la boca un toque.
Murmuré sobandome la frente, mi amigo largo una risa que se hizo oír en toda la casa.
Una vez que lo observé despachar al médico, y ordenar a su empleada que me preparé un té de tilo, regreso hacia donde yo estaba trayendo una silla consigo, la cual la puso a un lado de mi, para luego observarme atentamente.
-¿Como te sentís?
-Confundido.
-Me imagino. Ese cabezazo que le diste a la pared te tiene que haber cambiado hasta el nombre-bromeo-No, pero en serio ¿Qué pasó, Roberto? Me dijiste algo de unas voces cuando me llamaste.
-Si.
-¿De donde venían las voces?
La pregunta me asusto, pero la respuesta que se formuló en mi cabeza me asusto aún más.
-De mi cabeza.
Alberto se acomodó en su silla, no me animé a ver el gesto que se tiene que haber formado en su rostro. Así que simplemente agache la mirada y miré mis manos.
-¿Te decían algo exactamente?
-Hablaban todas juntas, era como estar en una cancha de fútbol o en una hora pico en el tráfico. Me decían muchas cosas, todas las voces decían algo sobre mi.
-¿Bueno o malo?
Silencio.
-Malo.
-¿Es la primera vez que te pasa?
Asentí.
-¿Pasó algo antes de esto?
-Discutí con Manrique-murmuré-Tuve una semana muy movida.
-¿Qué pasó?
-¿Te acordás de la piba con la que estuve de novio en San Juan?
-La única novia que te conocí. Si, me acuerdo ¿Qué tiene?
-Ayer me la encontré. Acá, en la otra punta del país.
-¿Como se llama?
Silencio.
-Roberto ¿Como se llama?
-No interesa, el asunto es que la vi.
-¿Y que pasó?
La siguiente media hora me dediqué a contarle cómo se dió el encuentro con aquella mujer, y en dónde terminamos y como. Alberto dio un suspiro y asintio.
-Entonces, me dijo que cuando terminamos estaba esperando una hija mia. Que ella no planeaba decirmelo nunca, pero bueno, ahí estaba ella-espete y negué -Tenia ganas de matarla, golpearla hasta matarla, así que agarre un arma.
-¿Qué?
-Si, le apunte a la frente y dispare.
-¡La concha de tu madre, Roberto!
-Pero cálmate, no estaba cargada. Sino este relato tendría otro final.
-¿Sabias que no estaba cargada?
-No. Pensé que lo estaba.
Otro silencio más.
-La querías matar.
-Si.
-¿Como se llama?
Negué.
-No importa.
-Si importa, decime su nombre. Si tenés huevos para querer matar, me imagino que tenés más huevos para decir el nombre de una mujer a la cual odias.
-No me provoques.
-Sos más maricon, muy puto saliste.
-Paula.
El nombre prácticamente se desprendió de mis labios. Los ojos se me llenaron de lágrimas y el pecho de una presión que parecía querer arrastrarme al infierno.
-Eso que sentís se llama angustia. Llora, Roberto. Deja de privarte de los sentimientos.
Negué.
-Ni sabes lo que decís.
-No la odias. Lo que odias es que el sentimiento no sea recíproco, te odias a vos por amarla tanto, y le reclamas a ella algo que ya no siente: amor. Te pego en el ego, te lo pateó. No la odias, la amas como un hijo de puta y no sabes que carajo hacer, así que pensaste: si no me va a amar, entonces no va a amar a nadie. Sos conciente de que ella, esa mujer que tanto amas te robo la familia que podrías haber tenido. Ella, tu hija y vos. Y aún así la amas. Es más, creo que el tiró no era para ella, era para vos.
Me puse de pie y salí de la habitación. Alberto corrió detrás de mi, tomándome el brazo me detuvo.
-No seas cagón, Roberto, tenés que admitir lo que sentís.
-¿QUIEN TE CREES QUE SOS?-grite-DEJAME EN PAZ
«Seguro es alguien mucho mejor que vos» grito una voz dentro de mi cabeza y guarde silencio.
Alberto se quedó mirandome y levanto las manos en forma de rendimiento.
-Disculpa, tenés razón. Se me mezcla el psiquiatra y la amistad con vos, Roberto.
Siguió hablando, pero mi cabeza ya no estaba ahí, yo ya no estaba ahí. Deje que mi mirada se perdiera en un punto fijo en la nada, y me quedé inmóvil. Comencé a sentir como un bullicio de voces comenzaba a tomar lugar en el silencio.
Alberto pareció percatarse de ello.
-Roberto, necesito que respires y me mires a mi. Estamos en mi casa, en Palermo. Solo estamos vos, yo y mi empleada, solo somos tres voces, las voces que estás escuchando en tu cabeza no existen. Repetilo conmigo: no existen.
Comencé a sentir frío, demasiado frío, las manos me temblaban pero hice un esfuerzo sobre humano para que no se notará.
Entre medio del bullicio de voces escuché una clara que me murmuró:
«Tenes que irte a casa. Andate a casa»
-Me tengo que ir.
-Roberto, necesitas atención médica y psiquiátrica con urgencia, no podés irte. Esto que estás pasando no es normal.
«Andate»
-Estoy bien, me tengo que ir.
Me di la media vuelta y abrí la puerta. No tarde en sentir la mano de Alberto frenando mi salida.
«Tenes que pegarle» «Pegale» «Hacelo»
Me di la media vuelta y cerrando el puño golpee la mandíbula de Alberto con un fuerte golpe. El cayó hacia un lado, al suelo. Y sin decir más nada abrí nuevamente la puerta, saliendo al fin de la oficina de mi amigo.
Subí a mi auto, sintiendo como mis manos temblaban sobre el volante, las voces parecían colmar el estadio river, y todas gritaban en mi contra. Levanté la mirada hacia el espejo retrovisor, el corazón se me detuvo prácticamente, una pequeña niña me estaba mirando sentada en los asientos traseros.
-Hola, papá.

VOCES DEL SILENCIO.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora