Era de noche. Para sorpresa mía siempre era de noche cuando las cosas sucedían, aunque apenas alcanzaba a percatarme de ello en esos entonces.
Recuerdo bajar de mi auto, y acomodarme el saco una vez fuera de el. Aquella noche elegí ir con mi traje azul oscuro y corbata verde marino, estaba totalmente de acuerdo en que los zapatos italianos que llevaba eran demasiado para mi, me sentía como pez fuera del agua por primera vez. Había decidido cortarme el cabello y afeitarme la barba, para el evento. Pensar que jamás hice algo por mi, me partía aún más el alma. Era consiente de que no estaba siendo yo mismo, estaba disfrazado hacia veinte años, y por primera vez lo reconocía mientras atravesaba la puerta principal de aquel lujoso salón, para mezclarme entre medio de todos aquellos seres que seguramente se sentían exactamente igual que yo, pero por razones correctas, establecidas por terceros, no lo aceptaban.
-¡Roberto querido!
El abrazo cálido de Yanina, una ex compañera de la facultad de Derecho, me quito los pensamientos de la cabeza, para hacerme regresar al acá y ahora. Un asco.
Le devolví como pude el abrazo, ya que no quedaba otra salida. Me separe rápidamente, sentía como si fuera a contagiarle algún tipo de enfermedad, y ella pareció notarlo. Apoyo sus manos sobre mis hombros, para dedicarme una mirada digna de una madre.
—¿Estas bien?
—Si. Muy bien ¿Vos como estas?
Encogió los hombros, sonriendo con pesadez.
—Muy bien.
Nos dedicamos un silencio breve acompañado de miradas. Ella se acomodó el sombrero de tanguero que llevaba y se dibujo una amplia sonrisa.
No tuve mucho que agregar más que una quitada de mirada, y fingir que alguien me llamaba desde el otro lado de la sala. Para mi sorpresa me encontré a una ex maestra de la primaria.
–¡Ay Roberto! –expresó la anciana y me abrazo con fuerza. Se separo de mi y me miró de pies a cabeza, claramente analizando mi aspecto. –¡que flaco estas! Eras tan pinton vos, estabas más grandote, más vivo, más...
–Más pelotudo–agregue–Hola señora Paez ¿como esta? ¿Como sigue luego de los dos engaños que sufrió con sus maridos y el suicidio de su hijo menor? Si se pregunta como estoy yo quiero decirle que estoy como el orto, harto de la vida y escapando de un tipo que vive en un cuadro. Además de flaco, lo cual es algo superficial que tiene arreglo, estoy hecho mierda por dentro desde que nací, eso no se puede arreglar, aunque lo intente miles de veces ¿pero sabe que? Me canse de la gente tan superficial como usted, que en vez de pensar como estamos del alma, si somos felices, si no pensamos en morirnos todos los días, prefieren exclamar ¡ay que flaco estas! Dios mio la próxima procure por lo menos no tener usted una vida de la cual lamentarse.
Sin dejarla acotar nada me aleje de allí, y me dirigí directamente al baño. Pude sentir la mirada de absolutamente todos a mis espaldas, mientras la música sonaba de fondo, una música aburrida, una música digna de todo ese lugar lleno de defensores de violadores, asesinos, estafadores, todos defensores de ases y yo pertenecía a todos séquito de "tipos con carácter"
Apoye las manos sobre uno de los lava manos y me mire en el circular espejo frente a mi, que reflejaba de mi cabeza hasta mis hombros. Me quite la corbata y el saco, para depositarlos en el tacho de basura, luego despeine mi cabello, y de uno de mis bolsillos de mi pantalón de vestir saque un porro para luego prenderlo.
El del reflejo me miró con neutralidad, pero con claros hilos de tristeza. Podía huir de todo, pero no de mi, era mi propio dios, un dios vengativo, un dios cobarde, un dios oscuro, una especie de diablo, y si algo hay instalado en este mundo es el gran terror al diablo. Yo era el diablo, yo era mi diablo.
La puerta del baño se abrió y me quedé congelado al encontrarme de frente con la mirada de mi hermano.
–¿Roberto que haces? –pregunta señalandome el porro y trata de quitármelo. Le doy una cacheta en la mano y niego ante su torpeza–¿Después de viejo: ridículo?
–Después de viejo: lo que se me cante.
–Dale Roberto, hay una fiesta ahí afuera,y es en tu honor.
–¿Como llegaste y cuando llegaste? –pregunto con entusiasmo.
–Después te cuento veni, veni que acá hay mucha felicidad que crear todavía Roberto. Además, planeo venirme a vivir acá.
–¿Que? ¿Me estas hablando en serio? –pregunte con una enorme sonrisa y alegría en mi tono de voz.
–Si–asintió Andres–Encontré casa y trabajo, así que probablemente me quede definitivamente acá.
–Uh negro, no sabes lo feliz que me pone saber esto ¡dame un abrazo!
Mi hermano me regala una tímida sonrisa y ambos nos unimos en un fuerte abrazo.
–Dejate de cosas mariconas y salgamos a esa fiesta.
Me separe para dedicarle una mirada de "que hincha huevos" y le di una palmada en el hombro aceptando su orden.
Al salir me detuve en seco. Mis ojos se abrieron sorprendidos ante lo que se dibujaron frente a ellos, y di un paso atrás. La mano de mi hermano se reposó sobre mí hombro y en un suave susurro dijo a mi oído.
—Coraje, Roberto, y un abrazo a la realidad.
Una enorme y larga mesa, en ella estaban sentados todos aquellos que tuvieron algún momento de amor o enemistad en mi vida. Algunos de ellos ya no los reconocía, otros me parecían familiares y otros directamente los reconocía casi como otro miembro de mi cuerpo. Mis ojos viajaron por toda la mesa, lentamente, buscando aunque sea tomar un recuerdo dormido en aquellas personas, alguna memoria que se vinculará a mi persona de forma viva. Me detuve en la mejor amiga de mi madre adoptiva, ella noto mi mirada y me la regreso apasiguadamente.
Tenía solo dieciséis años. Estaba sentado en la mesa de la señora Clementina, una amiga de mi madre adoptiva. Era una mujer hermosa de grandes ojos marrones y su cabello era tan largo que llegaba a sus caderas.
Solía quedarme ahí en vacaciones, ya que mis padres se iban de viaje a algún lugar del mundo, Andres se iba con sus amigos del colegio, y yo... Y yo bueno, me la pasaba leyendo o dibujando. No tenía tiempo para amigos, siempre que lograba hacer alguno se alejaba de mi porque continuamenu estaba perdido entre libros o nuevas ideas para dibujar. Nadie quería ser amigo de un tipo que no tenía tiempo más que para sus ideas, esas cosas eran para los adultos no para un adolescente que debería estar emborrachandose por algún lado y cogiendose a toda mujer que se le pasara por adelante. Yo era todo lo que no debía ser, desde siempre.
—¿Que dibujas, Roberto?
La voz de la señora Clementina me trajo nuevamente a la realidad, y levante la mirada de mis lienzos hacia ella. La mujer observaba mi dibujo con gran atención, y se sentó junto a mí. Yo me tense por completo, sintiendo calor en mis mejillas. Siempre me pasaba cuando alguna mujer se acercaba a mi, no era tímido, pero si inocente.
—Es una mujer desnuda en el rio, en su pelo hay flores.
—¿Y eso? —señaló entre medio del rio. —¿Que es?
—Su alma.
Asentí.
—¿Y por qué esta fuera de su cuerpo?
—Porque está muerta.
—Pero está sonriendo.
—Yo creo que la muerte es felicidad. Cualquier lugar fuera de esta realidad, de esta humanidad llena de personas ahogadas de mascaras y almas sin usar, es mucho mejor. Tal vez estamos viviendo la muerte, y cuando morimos, en realidad, entramos a la vida.
Ella llevó su mirada hacia mi y ambos nos miramos atentamente, como si fuéramos grandes conocidos de antiguas vidas, no sólo de esta. Reposo su mano sobre la mía y con sus ojos inundados en lágrimas apretó sus labios como si en ella frenará miles de palabras que no querian ser murmuradas para un ser humano recién amaneciendo en un mundo de caos.
—¿Por qué duele tanto vivir?
Dijo al fin.
El silencio se promulgó, mientras que las miradas no quisieron dar tregua alguna. Yo no respondí absolutamente nada, solo me puse de pie. La mujer imito mi acto y ambos nos fundimos en un fuerte abrazo, que no respondío a su pregunta, pero si ayudó a curar sus heridas...y las mías.
Mire a Clementina con agradecimiento, para luego sonreirnos mutuamente. Nada como el reconocer el acto de sólo vivir, pensé.
—Vení Roberto, vamos a la mesa.
Me incentivo mi hermano. Mi sobrino vino corriendo de entre los invitados y se lanzó a mis brazos. Sonreí con alegría, si, con alegría ¿como algo tan pequeño puede borrar el dolor? Pensé de repente en Camila, y el corazón se me rompió aún más. Cerré los ojos y abrace a Santi como si mi vida dependiera de ello, ahí en el abrazo fundido estaba la cura temporal, y tal vez, solo tal vez, en el abrazo de mi hija estaba la cura definitiva.
Llevé en brazos a mi sobrino y nos sentamos en la larga mesa. Los mozos comenzaron a servir todos los manjares que me gustaban, desde carne a la parrilla, y langostas con chia. El vino abundaba, y las risas también.
—¡Un brindis! —grito alguien entre medio de todos los invitados.—Un brindis por el ex convicto.
Silencio. Las voces se hundieron en trémula pausa de palabras. Baje la copa y busque entre la gente, buscando el rostro. Y ahí, entre medio de las masas, pero casi en solitario Manrique levantó la copa hacia mí.
—Salud.
Las luces se apagaron de repente, y los gritos comenzaron. Podía escuchar los pasos corriendo de acá para allá, todos esos sonidos tatuados en mi cien que podría describir cada uno detalladamente, como fugaz de gas.
—¡Andres llévate a Santino! ¡Llevatelo! —supliqué, casi a tientas—Salgan ya.
—¡Roberto!
El grito de mi hermano.
Entre medio de la oscuridad comencé a correr, salí de la sala y me encamine hasta unas escaleras que conducían hacia los siguientes pisos. Sabía que me iba a seguir a mi, me buscaba a mi, a ningún otro más. Lo sabía muy bien.
Logré llegar a la terraza y una vez ahí abrí la puerta. El aire frío de la noche me golpeó la cara, las estrellas se sentían casi sobre mi cabello, y la luna alumbraba cómplice de la locura.
Mi respiración acelerada, mi corazón latiendo de forma salvaje, animal. Y mi mente... Mi mente.
La puerta de la terraza se cerró, y unos pasos remarcados se hicieron oír. Estaba de espaldas, pero no hacía falta darme la vuelta para saber de quién se trataba. Los pasos se detuvieron detrás de mí.
—Doctor ¿usted cree en fantasmas... En sus fantasmas?
Me gire lentamente, con temor, pero resignado. No podía huir. Abrí los ojos sorprendido y me quedé inmóvil.
El hombre del cuadro.
—No puede ser.
Susurre.
—Bienvenido a la verdad, doctor. Bienvenido a usted. Ahora escapé de usted mismo.
—No puedo... —murmure. —No...yo
Como si alguien murmurara detrás de mi, me di la vuelta para encontrarme de frente con el vacío detrás de las vallas de la terraza. Trague saliva,y pude sentir como mi cuerpo temblaba.
—La felicidad.
Susurro el hombre del cuadro detrás de mí.
Aceptando la frase, subí y salte.
Al fin, la huida tenía un fin.
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VOCES DEL SILENCIO.
ParanormalRoberto es un abogado penalista de 40 años con un gran prestigio en su ámbito. Lleva una vida bastante rutinaria y recta, donde todo está planeado y nada puede salir mal; hasta que un día la visita de un nuevo cliente hará que todos sus planes e ide...
