Lejos del mundo moderno se esconden los secretos más perversos de la humanidad. Hombres y vampiros están unidos bajo tratados y secretos desde hace siglos. La moneda de intercambio entre las razas son las ofrendas de sangre.
Sara, Francesca y Ámbar...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Los fluidos rojos rebalsaban en las copas, doncellas curvilíneas recorrían los espacios portando los nauseabundos manjares, listos para que los invitados se deleitaran con el sabor a muerte.
En el castillo de la milenaria familia Arsenic se concentraba una gran cantidad de vampiros de alto rango. Allí se realizaría un gran debate, luego de la tragedia que había culminado con la familia Belmont.
Los Arsenic, eran la familia era la más remota entre los vampiros. Los rumores hablaban de su linaje directo con Lilith, la primera mujer de Adán, sí, antes que Eva. Pero como él no la complacía, ella decidió irse con Asmodeo, el demonio de la lujuria, dando vida a los primeros vampiros, esos seres débiles para estar en el infierno, pero inaceptables en el cielo. Por lo que no les quedaba más remedio que deambular en la Tierra viviendo cual parásitos.
En lo alto de las escalinatas de su morada, Bladis Arsenic hizo su aparición. Era el vampiro más viejo de la hermandad, un milenario, contaba con una apariencia de no más de treinta, como todos los que alcanzaban la madurez, y ahí quedaban, estancados por toda la eternidad. El cabello oscuro se le pegaba al rostro delgado, brilloso; sus ojos blancos, vacíos y sin alma, escudriñaban imperiosos a su gente. Su piel pálida, de venas rojas y violáceas, lo recubrían otorgándole un aspecto enfermizo, pero sobre todo demoníaco.
Él descendió los peldaños en completo silencio, algunos se reverenciaban ante él. La discusión comenzaba.
Un revuelo de opiniones cruzadas creaba gran alboroto. Todos creían saber que resolución tomar respecto a los exorcistas, sin embargo, los Belmont no eran la primera familia en desaparecer.
—El mundo ya no es nuestro —se impuso Azazel con impertinencia—. Es de los humanos, sus tecnologías nos hacen ver como un chiste. Lo único que pudimos hacer bien es aliarnos a ellos, gracias a mis negocios con el Vaticano es que sus hijos se mantienen a salvo. Recuerden que tengo en mi casa al último Belmont y al último Nosferatu.
—Debes estar contento —comentó un hombre alto y rubio de piel blanca, Simón Leone, líder de una vieja mafia vampírica y padre de Tony—. Tú y el harem de Imara han hecho de las suyas, pero nunca dejarán de sentirse como humanos, ¿no? Debe haber mucho resentimiento en esos hombres, que ante nuestros ojos no son más que niñitos a los que les arrebatamos todo.
—Simón... —Azazel ladeó su cabeza manteniendo su mueca feliz—. Pasaron trescientos años, basta ya. ¿Acaso los vampiros tienen memoria de elefante? Trata de ser objetivo, tengo un par de colmillos y sed de sangre, estoy de tu lado.
—Azazel —susurró Bladis con su voz cancerosa y su mirada nevada—, ¿qué propones?
Una ola de susurros colmó el lugar. El milenario le daba la palabra al impuro.
—Dispersarnos, modernizarnos, una vida en conjunto a los humanos —explicó el director del Báthory siendo sensato—. Dejar la simulación diabólica, los castillos que se caen a pedazos, las ceremonias inútiles. Pudimos demostrar que podemos vivir de donaciones, que las ofrendas son suficientes para los novatos. Entonces, ¿por qué insisten con estas tradiciones? Secuestrar y traficar personas para comer su carne y beber su sangre fue lo que llevó a los Belmont y a los Nosferatu a la muerte. No era necesario, ellos se lo buscaron en su afán de vivir del pasado.