consejo, consultan a la Dubois, actitudes cuyo lúgubre misterio me hace estremecer de horror, y toman el
acuerdo de que tengo que prestarme inmediatamente a satisfacer los deseos de los cuatro, de buen grado, o
a la fuerza. Si lo hago de buen grado, cada uno de ellos me pagará un escudo para mis propios usos; si
tienen que utilizar la violencia, lo harán igual, pero, para que el secreto quede mejor guardado, me
apuñalarán después de haberse solazado y me enterrarán al pie de un árbol.
No necesito describiros el efecto que me causó esta cruel proposición, señora, lo comprendéis fácilmente.
Me arrojé a las rodillas de la Dubois, le imploré que fuera por segunda vez mi protectora. La deshonesta
criatura sólo se rió de mis lágrimas.
––¡Oh, pero vamos! ––me dijo––, ¡vaya desgracia la tuya!... ¡,Cómo? ¿Te estremeces ante la obligación
de servir sucesivamente a cuatro buenos mozos como éstos? ¡No sabes que hay diez mil mujeres en París
que darían la mitad de su oro o de sus joyas por ocupar tu lugar! Escucha ––añadió sin embargo después de
una breve reflexión––, yo tengo bastante dominio sobre esos truhanes para conseguir tu perdón, siempre
que te hagas digna de él.
––¡Ay, señora! ¿Qué debo hacer? ––exclamé llorando––. Ordenádmelo, estoy dispuesta a todo. ––
Seguirnos, alistarte con nosotros, y cometer los mismos actos sin la más ligera repugnancia: sólo a este
precio yo te libraré del resto.
Creí que no debía titubear. Al aceptar esta cruel condición, corría nuevos peligros, de acuerdo, pero
serían menos perentorios que éstos. Es posible que pudiera prevenirlos, mientras que nada era capaz de
sustraerme a los que me amenazaban.
––Iré a todas partes, señora ––dije apresuradamente a la Dubois––, iré a todas partes, os lo prometo. Sal
vadme de la furia de estos hombres, y no os abandonaré en toda mi vida.
––Hijos míos ––dijo la Dubois a los cuatro bandidos––, esta joven ya es de la banda, yo la recibo y
protejo en ella. Os suplico que no la violentéis. No la asqueemos de su oficio desde el primer día. Ya veis
que su edad y su aspecto pueden sernos útiles, utilicémosla para nuestros intereses y no la sacrifiquemos a
nuestros placeres.
Pero las pasiones llegan a tener un grado de intensidad en el hombre en el que ya nada puede retenerlas.
Las personas que tenía enfrente eran incapaces de atender a nada, me rodearon los cuatro, devorándome
con sus miradas inflamadas, amenazándome de una manera aún más terrible, dispuestos a atraparme,
dispuestos a inmolarme.
––Es preciso que pase por ahí ––dijo uno de ellos––, no podemos darle cuartel, ¿o es que para formar
parte de una banda de ladrones hay que dar pruebas de virtud? ¿No nos será igual de útil desvirgada que
virgen? Ya os dais cuenta, señora, de que suavizo las expresiones. Atenuaré de igual manera las
descripciones, porque, ¡ay!, la obscenidad de su color es tal que vuestro pudor sufriría con su crudeza tanto
como mi timidez. Víctima dulce y temblorosa, ¡ay!, yo me estremecía aterrorizada. Apenas tenía fuerzas de
respirar. Arrodillada ante los cuatro, a veces mis débiles brazos se levantaban para implorarles y otras para
conmover a la Dubois.
––Un momento ––dijo un tal «Corazón-de-Hierro» que parecía el jefe de la banda, hombre de treinta y
seis años, con la fuerza de un toro y apariencia de sátiro––; un momento, amigos míos. Podemos contentar
a todo el mundo. Como la virtud de esta chiquilla le es tan preciosa, y, si como dice muy bien la Dubois,
esta cualidad, utilizada de otra manera, podría resultarnos necesaria, dejémosla. Ahora es preciso que nos
apacigüemos. No perdamos la calma, Dubois, porque en el estado en que nos encontramos, es posible
incluso que te degolláramos si te opusieras a nuestros deseos.
Que Thérése se quede al instante tan desnuda como el día que vino al mundo, y que se preste de ese
modo a las diferentes posiciones que se nos antoje exigirle, mientras, la Dubois apagará nuestros ardores y
quemará el incienso en esos altares cuya entrada nos niega esta criatura.
––¡Desnudarme! ––exclamé––. ¡Oh, cielos! ¿Qué me exigís? Cuando me vea entregada de esta manera a
vuestras miradas, ¿quién podrá asegurarme que...?
Pero «Corazón-de-Hierro», que no parecía de humor para mas concesiones ni de retener sus deseos, me
maltrató golpeándome de una manera tan brutal que comprendí que la obediencia era la única solución. Se
entregó en manos de la Dubois, puesta por él más o menos en el mismo desorden que yo, y así que estuve
como él deseaba, después de hacerme colocar los brazos en el suelo, lo que me dejaba en una posición
parecida a un animal, la Dubois apagó sus ardores acercando a una especie de monstruo exactamente a los
peristilos de uno y otro altar de la naturaleza, de tal modo que a cada sacudida ella tuvo que golpear
fuertemente estas partes con su mano abierta, al igual que antaño el ariete las puertas de las ciudades
asediadas. La violencia de los primeros ataques me hizo recular; «Corazón-de-Hierro», enfurecido, me
amenazó con tratamientos más duros si me sustraía a aquéllos. La Dubois recibe la orden de empujar con
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Justine o los infortunios de la virtud
Historical FictionNovela completa de Sade. Quiénes están interesados en leerla aquí esta Justine o los infortunios de la virtud (en francés: Justine ou les Malheurs de la vertu) es una novela de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido en la historia de la...