gustos, sobre las distancias morales que nos separaban, nada del mundo conseguía apagar esta pasión
naciente, y si el conde me hubiera pedido mi vida, se la habría sacrificado mil veces. Estaba lejos de
sospechar mis sentimientos... Estaba lejos, el ingrato, de descubrir la causa de las lágrimas que derramaba
todos los días; pero le resultaba imposible, no obstante, ignorar el deseo que sentía de ir al encuentro de
cualquier cosa que pudiera gustarle. Era imposible que no entreviera mis deferencias; demasiado ciegas, sin
duda, llegaban al punto de servir a sus errores, en la medida que podía permitírmelo la decencia, y de disi-
mularlos siempre ante su tía. En cierta manera, esta conducta me había granjeado su confianza, y todo lo
que venía de él me era tan precioso y estaba tan ciega respecto a lo poco que me ofrecía su corazón que a
veces tuve la debilidad de creer que yo no le era indiferente. ¡Pero el exceso de sus desórdenes no tardaba
en desengañarme! Eran tales que llegaban a alterar su salud. A veces me tomaba la libertad de comentarle
los inconvenientes de su conducta; él me escuchaba sin molestarse y acababa por decirme que nadie se
corregía de su vicio predilecto.
––¡Ah, Thérèse! ––exclamó un día, entusiasmado––, ¡si conocieras los encantos de esta fantasía, y
pudieras entender la dulce ilusión de ser únicamente una mujer! ¡Increíble extravío de la mente! ¡Aborrecer
ese sexo y querer imitarlo! ¡Ah, qué dulce es conseguirlo, Thérèse! ¡Qué delicioso ser la puta de todos los
que te desean y llevando a ese punto, al último extremo, el delirio y la prostitución, ser sucesivamente en el
mismo día la querida de un mozo de cuerda, de un marqués, de un lacayo, de un fraile, ser sucesivamente
por ellos amado, acariciado, deseado, amenazado, golpeado, a veces victorioso en sus brazos, y, otras,
víctima a sus pies, enterneciéndolos con caricias, reanimándolos con excesos...! ¡Oh, no, no! Tú no
entiendes, Thérèse, lo que significa este placer para una cabeza organizada como la mía... Pero, dejando a
un lado la moral, ¡si te imaginaras las sensaciones físicas de ese divino gusto! Es imposible resistirlo... Es
un cosquilleo tan vivo, unas titilaciones voluptuosas tan excitantes... pierdes la cabeza... te vuelves loco...
Mil besos a cual más tierno no exaltan con suficiente ardor la ebriedad en que nos sumerge un compañero...
Estrechado por sus brazos, con las bocas pegadas, nos gustaría que toda nuestra existencia pudiera
incorporarse a la suya; nos gustaría formar con él un único ser; si nos atrevemos a quejarnos, es de ser
olvidados; nos gustaría que, más robusto que Hércules, nos ensanchara, nos penetrara; que esta preciosa
simiente, arrojada ardiendo en el fondo de nuestras entrañas, consiguiera, con su calor y su fuerza, hacer
brotar la nuestra en sus manos... No te imagines, Thérèse, que estamos hechos como los demás hombres: se
trata de una construcción totalmente diferente, y el cielo al crearnos adornó los altares en donde nuestros
enamorados sacrifican con la membrana cosquillosa que tapiza en vosotros el templo de Venus. Somos, sin
duda, tan mujeres como vosotras lo sois en el santuario de la generación; y no dejamos de sentir ni uno de
vuestros placeres, no hay ni uno del que no sepamos disfrutar; pero tenemos, además, los propios, y esta
reunión voluptuosa es lo que nos convierte en los hombres de la Tierra más sensibles a la voluptuosidad,
los mejor creados para sentirla. Esta hechicera reunión es la que hace imposible la rectificación de nuestros
gustos, lo que nos convertiría en unos entusiastas y en unos frenéticos si se cometiera la estupidez de
castigarnos... ¡lo que nos hace adorar, hasta la tumba finalmente, al dios encantador que nos encadena!
Así se expresaba el conde, preconizando sus desmanes. Yo intentaba hablarle del ser al que se lo debía
todo, y de los pesares que semejantes extravíos provocaban en su respetable tía, pero sólo descubría en él
despecho y malhumor, y sobre todo impaciencia por ver tanto tiempo, en tales manos, unas riquezas que,
según decía, debían pertenecerle. Sólo veía en él el odio más inveterado contra una mujer tan honesta, la
rebelión más clara contra todos los sentimientos de la naturaleza. ¡,Será cierto, pues, que cuando se ha
llegado a transgredir tan formalmente en los propios gustos el sagrado instinto de esta ley, la consecuencia
necesaria de este primer crimen en una espantosa inclinación a cometer después todos los demás?
A veces me servía de los medios de la religión; casi siempre consolada por ella, intentaba hacer llegar sus
dulzuras al alma de aquel perverso, prácticamente segura de atraerle con sus lazos si conseguía hacerle
compartir sus atractivos. Pero el conde no me dejó emplear largo tiempo esas armas. Enemigo declarado de
nuestros más santos misterios, crítico obstinado de la pureza de nuestros dogmas, antagonista indignado de
la existencia de un Ser Supremo, el señor de Bressac, en lugar de dejarse convertir por mí, intentó más bien
corromperme.
––Todas las religiones parten de un principio falso, Thérèse ––me decía––. Todas suponen como
necesario el culto de un Ser creador, pero este creador no existió jamás. Recuerda en eso los sensatos
preceptos de aquel «Corazón-de-Hierro» que, según me contaste, había trabajado como yo tu mente. Nada
más justo que los principios de ese hombre, y el envilecimiento en que se comete la tontería de mantenerle
no le quita el derecho de razonar bien.
»Si todo lo que produce la naturaleza es el resultado de las leyes que la dominan; si su acción y su
reacción perpetuas suponen el movimiento necesario para su existencia, ¿en qué queda el soberano dueño
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Justine o los infortunios de la virtud
Historická literaturaNovela completa de Sade. Quiénes están interesados en leerla aquí esta Justine o los infortunios de la virtud (en francés: Justine ou les Malheurs de la vertu) es una novela de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido en la historia de la...