infinitamente preferible, ya que dejaba a cada cual el libre ejercicio de sus fuerzas y de su ingenio, de los
que se veían privados por el pacto injusto de una sociedad, que siempre quitaba demasiado a uno y jamás
concedía suficiente a otro. Así que el ser realmente sensato es aquel que, con el riesgo de reanudar el estado
de guerra que reinaba antes del pacto, se revuelve irrevocablemente contra él, lo viola cuanto puede,
convencido de que lo que obtendrá de estas lesiones siempre será superior a lo que podrá perder, si es el
más débil, pues también lo era respetando el pacto: puede convertirse en el más fuerte violándolo y, si las
leyes lo devuelven a la clase de la que ha querido escapar, el mal menor es perder la vida, que representa
una desdicha infinitamente menor que la de vivir en el oprobio y la miseria. Esas son, pues, las dos
alternativas para nosotros: o el crimen que nos hace felices, o el cadalso que nos impide ser desgraciados.
Pregunto si cabe titubear, hermosa Thérèse. ¿Descubrirá tu inteligencia un razonamiento capaz de rebatir
éste?
––¡Oh, señor! ––contesté con la vehemencia que da tener la razón––, hay mil, pero, por otra parte, ¿debe
ser esta vida el único objetivo del hombre? ¿Es algo más que un pasaje del que cada uno de los peldaños
que recorre debe, si es razonable, conducirle a la felicidad eterna, premio garantizado de la virtud? Supongo
con vos (lo que, sin embargo, es raro y choca con todas las luces de la razón, pero no importa), os concedo
por un instante que el crimen pueda hacer feliz en este mundo al malvado que se abandona a él: ¿imagináis
que la justicia de Dios no espera a este hombre deshonesto en el otro mundo para vengar lo que ha hecho en
éste?... Ay, no creáis lo contrario, señor, no lo creáis ––añadí sollozando––, es el único consuelo del
infortunado, no se lo arrebatéis; cuando los hombres nos abandonan, ¿quién nos vengará si no es Dios?
––¿Quién? Nadie, Thérèse, nadie en absoluto. No es de ningún modo necesario que el infortunio sea ven-
gado. Tú te ufanas de ello porque lo deseas, esta idea te consuela, pero no por ello es menos falsa. Más aún,
es esencial que el infortunado sufra; su humillación y sus dolores figuran entre las leyes de la naturaleza, y
su existencia es útil al plan general, tanto como la de la prosperidad de quien lo aplasta. Esta es la verdad,
que debe sofocar el remordimiento tanto en el alma del tirano como en la del malhechor. Que no se coarte,
que se entregue ciegamente a cuantas maldades se le ocurran: la voz de la naturaleza sólo le sugiere esta
idea, el único modo posible con que ella nos convierte en agentes de sus leyes. Cuando sus inspiraciones
secretas nos predisponen al mal, es porque el mal le es necesario, lo quiere, lo exige, porque no siendo la
suma de crímenes completa ni suficiente para las leyes del equilibrio, las únicas que la gobiernan, exige un
mayor número de éstos para el complemento de la balanza. Por consiguiente, que no se asuste ni se detenga
aquel cuya alma se sienta inclinada al mal; que lo cometa sin temor, en el momento en que ha sentido su
impulso: sólo resistiéndosele ofendería a la naturaleza. Pero abandonemos por un instante la moral, ya que
prefieres la teología. Debes saber pues, joven inocente, que la religión en la que te amparas, no siendo más
que la relación del hombre con Dios, culto que la criatura creyó deber rendir a su creador, quedó aniquilada
en cuanto la propia existencia de tal creador fue demostrada como quimérica. Los primeros hombres,
asustados por unos fenómenos que los impresionaron, tuvieron que creer necesariamente que un ser
sublime y desconocido por ellos había dirigido su marcha y su influencia. Es propio de la debilidad suponer
o temer la fuerza. La mente del hombre, todavía demasiado infantil para buscar y para encontrar en el seno
de la naturaleza las leyes del movimiento, único resorte de todo el mecanismo que le asombraba, creyó más
simple suponer un motor a esta naturaleza que verla motora de sí misma, y sin pensar que le costaría un
esfuerzo mucho mayor edificar y definir este amo gigantesco que buscar en el estudio de la naturaleza la
causa de lo que le sorprendía, admitió el ser soberano y le dedicó sus cultos. A partir de ese momento, cada
nación los compuso análogos a sus costumbres, a sus conocimientos y a su clima. No tardaron en haber en
la Tierra tantas religiones como pueblos, tantos dioses como familias. Sin embargo, debajo de todos esos
ídolos era fácil reconocer al fantasma absurdo, fruto primero de la ceguera humana. Lo vestían de diferente
manera, pero siempre era lo mismo. Ahora bien, dime, Thérèse: porque unos imbéciles construyan
disparates sobre la erección de una indigna quimera y sobre la manera de servirla, ¿hay que deducir que el
hombre sensato deba renunciar a la dicha segura y presente de su vida? ¿Debe, como el perro de Esopo,
abandonar el hueso a cambio de su sombra, y renunciar a sus placeres reales a cambio de unas ilusiones?
No, Thérèse, no, Dios no existe: la naturaleza se basta a sí misma. No tiene ninguna necesidad de autor.
Este supuesto autor no es más que una descomposición de sus propias fuerzas, más que lo que en la escuela
llamamos una petición de principios. Un Dios supone una creación, o sea un instante en el que no hubo
nada, o bien un instante en el que todo estuvo en el caos. Si uno u otro de esos estados era un mal, ¿por qué
tu Dios lo dejaba subsistir? Si era un bien, ¿por qué lo cambia? Ahora bien, si es inútil, ¿puede ser
poderoso? Y si no es poderoso, ¿puede ser Dios? Si la naturaleza se mueve a sí misma, ¿de qué sirve el
motor? Y si el motor actúa sobre la materia moviéndola, ¿cómo no es materia él mismo? ¿Puedes concebir
el efecto del espíritu sobre la materia, y la materia recibiendo el movimiento de un espíritu que carece en sí
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Justine o los infortunios de la virtud
Historical FictionNovela completa de Sade. Quiénes están interesados en leerla aquí esta Justine o los infortunios de la virtud (en francés: Justine ou les Malheurs de la vertu) es una novela de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido en la historia de la...