En cuatro meses, la mercancía es vendida sucesivamente a cerca de cien personas; unas se contentan con
la rosa, otras más delicadas o más depravadas (pues la cuestión no está zanjada) quieren abrir el capullo que
florece al lado. En cada ocasión, la Duvergier encoge, reajusta, y durante cuatro meses son siempre las
primicias lo que la bribona ofrece al público. Al término de este espinoso noviciado, Juliette alcanza
finalmente la condición de hermana conversa; a partir de este momento, es oficialmente admitida como
pupila de la casa, y comparte sus penas y sus beneficios. Otro aprendizaje: si en la primera escuela, con
escasas excepciones, Juliette ha servido a la naturaleza, olvida sus leyes en la segunda y corrompe por
entero sus costumbres; el triunfo que ve cómo obtiene el vicio degrada por completo su alma; siente que,
nacida para el crimen, por lo menos debe llegar al mayor de ellos y renunciar a languidecer en un estado
subalterno que, haciéndole cometer las mismas faltas, envileciéndola igualmente, no le acarrea, ni mucho
menos, el mismo beneficio. Gusta a un anciano caballero muy libertino que, en un principio, sólo la
reclama esporádicamente; ella posee el arte de hacerse mantener magníficamente por él; aparece finalmente
en los espectáculos, en los paseos, al lado de las figuras de la orden de Citeres; la miran, la citan, la
envidian, y la inteligente criatura sabe hacerlo tan bien que en menos de cuatro años arruina a seis hombres,
el más pobre de los cuales tenía cien mil escudos de renta. No necesitaba más para crearse una reputación;
la ceguera de la gente de mundo es tal que cuanta mayor deshonestidad ha demostrado una de esas cria-
turas, más deseosos están de constar en su lista; parece que el grado de su envilecimiento y de su
corrupción se convierte en la medida de los sentimientos que se atreven a mostrar por ella.
Juliette acababa de alcanzar sus veinte años cuando un tal conde de Lorsange, gentilhombre angevino, de
unos cuarenta años de edad, se enamoró tanto de ella que decidió darle su apellido: le reconoció doce mil
libras de renta, le aseguró el resto de su fortuna si moría antes que ella; le dio una casa, servicio, distinción,
y una especie de consideración en la sociedad que en dos o tres años consiguió hacer olvidar sus
comienzos.
Fue entonces cuando la desdichada Juliette, olvidando todos los sentimientos de su nacimiento y de su
buena educación, pervertida por malos consejos y libros peligrosos, apresurada por disfrutar a solas, llevar
un nombre y ninguna cadena, osó entregarse a la culpable idea de abreviar los días de su marido. Una vez
concebido este odioso proyecto, lo mimó y lo consolidó desafortunadamente en uno de esos momentos
peligrosos en que las acciones físicas se ven impelidas por los errores de la moral; instantes en que no nos
negamos a casi nada ni nada se opone a la irregularidad de las ansias o a la impetuosidad de los deseos, y se
aviva la voluptuosidad recibida en proporción a la cantidad de los frenos que rompe, o a su pureza.
Desvanecido el sueño, si nos volviéramos buenos, el inconveniente seria insignificante, sólo se trataría de
la historia de los errores de entendimiento; sabemos perfectamente que no ofenden a nadie, pero,
desgraciadamente, se llega mas lejos. ¿Qué significará --nos atrevemos a preguntarnos--, la realización de
esta idea, si su mera presencia nos exalta, nos emociona tan intensamente? Entonces damos vida a la
maldita quimera, y su existencia acaba siendo un crimen.
La señora de Lorsange lo ejecutó, afortunadamente para ella, con tanto secreto que estuvo al amparo de
cualquier persecución, y sepultó junto con su esposo las huellas del espantoso delito que le precipitaba a la
tumba.
Viéndose libre y condesa, la señora de Lorsange recuperó sus antiguos hábitos; pero creyéndose algo en
el mundo, puso en su conducta un tanto menos de indecencia. Ya no era una muchacha mantenida, era una
rica viuda que daba estupendas cenas, a las que tanto nobles como burgueses les encantaba ser admitidos;
mujer decente en una palabra, pero que aun así se acostaba por doscientos luises, y se entregaba por
quinientos al mes.
Hasta los veintiséis años, la señora de Lorsange siguió haciendo brillantes conquistas; arruinó a tres
embajadores extranjeros, cuatro recaudadores de im puestos, dos obispos, un cardenal y tres caballeros de
las órdenes reales; pero como es inusual pararse después de un primer delito, sobre todo cuando se ha coro-
nado felizmente, la desgraciada Juliette se denigró con dos nuevos crímenes semejantes al primero; uno
para robar a uno de sus amantes, que le había confiado una suma considerable, ignorada por la familia de
ese hombre, y que la señora de Lorsange pudo ocultar gracias a esta espantosa acción; el otro, para poseer
cuanto antes un legado de cien mil francos que uno de sus adoradores le hacía en nombre de un tercero,
encargado de devolver la cantidad después de la defunción. A esos horrores, la señora de Lorsange juntaba
tres o cuatro infanticidios. El temor de estropear su bonito talle, el deseo de ocultar una doble intriga, todo
ello le hizo tomar la decisión de sofocar en su seno el fruto de sus excesos; y esas fechorías, tan
desconocidas como las anteriores, no fueron óbice para que esta mujer artera y ambiciosa encontrara diariamente nuevas víctimas
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Justine o los infortunios de la virtud
Ficção HistóricaNovela completa de Sade. Quiénes están interesados en leerla aquí esta Justine o los infortunios de la virtud (en francés: Justine ou les Malheurs de la vertu) es una novela de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido en la historia de la...