acuñe un día en trazos de fuego, en el centro del Sol, la ley que puede complacerle y desee imponernos; al
leerla y contemplarla a un tiempo, todos los hombres de un extremo al otro del universo, serán culpables si
entonces no la siguen. Pero indicar únicamente sus deseos en un rincón ignorado de Asia; elegir como
seguidor al pueblo más trapacero y más visionario; por sustituto, al más vil artesano, al más absurdo y pillo;
embrollar hasta tal punto la doctrina que se hace imposible comprenderla; insuflar su conocimiento a un
pequeño número de individuos; mantener a los restantes en el error, y castigarlos por haber permanecido en
él... ¡No, Thérèse, no, no! Tantas atrocidades no pueden guiarnos; preferiría mil veces morir antes que
creerlas. Cuando el ateísmo necesite mártires, que los designe y mi sangre estará dispuesta. Detestemos
esos horrores, Thérèse; que los improperios más duros cimenten el desprecio que merecen... Apenas
comenzaba yo a abrir los ojos y ya detestaba estas groseras fantasías; juré entonces que las pisotearía y me
prometí no volver jamás a ellas. Imítame, si quieres ser feliz; detesta, abjura y profana al igual que yo tanto
el objeto odioso de este culto horrible como el propio culto, creado para una quimera, hecho, como ellas,
para ser envilecido por todo lo que pretende alcanzar la sabiduría.
* El marqués de Bièvre jamás llegó a hacer ninguno que valiera el del Nazareno a su discípulo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra
alzaré mi Iglesia». ¡Y que se nos venga a decir ahora que los calambures son de nuestro siglo! (N. del A.)
––¡Oh, señor! ––contesté llorando––, privaríais a una desdichada de su más dulce esperanza si
marchitarais en su corazón esta religión que la consuela. Firmemente encariñada con lo que enseña y
absolutamente convencida de que los ataques que recibe sólo son consecuencia del libertinaje y de las
pasiones, ¿podría sacrificar a unas blasfemias y a unos sofismas que me horrorizan, la más querida idea de
mi espíritu, el más dulce alimento de mi corazón?
Añadí mil razonamientos a éstos, que sólo provocaban la hilaridad del conde; de este modo sus capciosos
principios alimentado por una elocuencia más viril, apoyados en lecturas que afortunadamente yo jamás
había hecho, atacaban cada día todos los míos, pero sin quebrantarlos. La señora de Bressac, llena de virtud
y de piedad, no ignoraba que su sobrino defendía sus extravíos con todas las paradojas de moda. A menudo
se quejaba de ello conmigo, y, como se dignaba juzgarme algo más sensata que sus restantes doncellas, le
gustaba confiarme sus penas.
No había, sin embargo, límites a las malas acciones de su sobrino. El conde había llegado al punto de no
ocultar nada. No sólo había rodeado a su tía de toda la peligrosa chusma que utilizaba para sus placeres,
sino que había llevado su osadía hasta el punto de decirle delante de mí que, si seguía contrariando sus
gustos, la convencería de los encantos que contenían entregándose a ellos ante sus propios ojos.
Esta conducta me horrorizaba y afligía. Intentaba encontrar en ella motivos para sofocar en mi alma la
desdichada pasión que la hacía arder, pero ¿es el amor un mal del que pueda sanarse? Todo lo que intentaba
oponerle sólo servía para atizar más vivamente su llama, y el pérfido conde jamás me parecía tan amable
como cuando reunía ante mí todo lo que debía empujarme a odiarle.
Ya llevaba cuatro años en aquella casa, siempre perseguida por los mismos pesares y siempre consolada
por las mismas dulzuras, cuando aquel hombre abominable, creyéndose al fin seguro de mí, osó desvelarme
sus infames intenciones. Vivíamos entonces en el campo, y yo estaba a solas con la condesa: su primera
doncella había pedido permiso para seguir en París durante el verano, por unos asuntos de su marido. Una
noche, poco después de que me retirara, mientras me refrescaba en un balcón de mi habitación sin
decidirme, a causa del extremo calor, a acostarme, de repente el conde llama a la puerta y me ruega que le
deje charlar conmigo. ¡Ay de mí! Todos los instantes que me concedía el cruel autor de mis males me
parecían demasiado preciosos para que me atreviera a rechazar uno solo; entra, cierra con cuidado la
puerta, y sentándose en un sillón a mi lado me dijo con un cierto embarazo:
––Atiéndeme, Thérèse... tengo que contarte unas cosas de la mayor importancia. Júrame que jamás reve-
larás nada.
––¡Oh, señor! ––contesté––, ¿podéis creerme capaz de abusar de vuestra confianza?
––Tú no sabes el peligro que correría si acabaras por demostrarme que me había equivocado al
concedértela... ––La peor de todas mis penas sería haberla perdido, no necesito mayores amenazas...
––Pues bien, Thérèse, he condenado mi tía a muerte... y pienso utilizar tu mano para ello.
––¡Mi mano! ––exclamé retrocediendo horrorizada...¡Pero, señor!, ¿cómo habéis podido concebir
semejante proyecto?... No, no, disponed de mi vida si la queréis, pero no imaginéis jamás que obtendréis de
mí el horror que me proponéis.
––Atiende, Thérèse ––me dijo el conde, tranquilizándome––, estaba seguro de tu reticencia, pero como
eres inteligente estoy convencido de poder vencerla, de demostrarte que este crimen, que te parece tan
enorme, sólo es en el fondo una cosa muy sencilla.
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Justine o los infortunios de la virtud
Historical FictionNovela completa de Sade. Quiénes están interesados en leerla aquí esta Justine o los infortunios de la virtud (en francés: Justine ou les Malheurs de la vertu) es una novela de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido en la historia de la...