Condenada
2
Abismos Negros
El viaje había sido largo y sinceramente agotador. Hacía mucho que no pisaba esas tierras y no estaba especialmente entusiasmada de estar de regreso. Para Adara, no había nada de interesante dentro de un fortín en el que Úpiros hacían envanecidas exhibiciones de un supuesto poder sobre bestias que no les respetaban realmente, sino que se limitaban a conservar sus vidas para aspirar a algo que jamás poseerían: la libertad.
Para ella, el verdadero poder, el que realmente importaba a la hora de la verdad, era el de ser alguien por sí mismos. Saber que ninguna bestia se atrevería contra ella porque era consciente de que no tendría oportunidad alguna y no porque un collar limitase sus habilidades. Y, las que osaban atacarla, eran los Salvajes completamente privados de inteligencia que desde hacía tanto se dedicaba a matar.
Por eso se había pasado la mayor parte de su vida convirtiéndose en la traficante de muerte que era ahora. Bueno, por ello, y porque era la mejor forma que encontraba de llenar el vacío que esas malditas bestias habían creado con sus garras al dejarla sin figura materna: con su sangre. Y, por más que había recorrido el mundo, dejando una estela de cadáveres y sangre de Lycans Salvajes a su paso, no lograba llenar ese vacío.
Un vacío que solo sería rellenado con aquello de lo que ellos le despojaron: cariño. El cariño de la madre que se le fue arrebatada a muy temprana edad. Un afecto que su padre, a pesar de su esfuerzo por compensarlo concediéndole todo tipo de caprichos a su princesa, no supo brindarle. Porque, aunque Luther siempre le demostró un estima especial, nunca fue el padre más cariñoso. Ni tampoco el monarca más estimable.
Porque sería un descaro de su parte negar lo tirano que podía llegar a ser su padre incluso con los suyos. Adara nunca había estado del todo contenta con los supuestos «principios» vampíricos, y muchos de ellos le parecían ridículas normas impuestas para la comodidad de nadie más que Luther.
Sin embargo, mientras le dejase ser y hacer como le viniese en gana, por ella, podría esclavizar a Lycans, humanos y Vampiros por igual, y no le importaría más que con los primeros.
En esos momentos, dentro de la ostentosa carroza que su padre había enviado por ella, viajando sola con sus pensamientos, un par de guardias fuera, y el traqueteo del transporte, pensaba en que preferiría seguir en esa aldea al norte donde un grupo de traficantes, y ella, se habían asentado para trazar su plan de acción contra los lobos puros que desde hacía demasiado tiempo habían estado evitando que esas tierras fueran parte de los dominios de Lord Luther.
Pero había una razón contra la que no podía alegar nada para que estuviese de camino a la fortaleza del Lord. Esta era el próximo Despertar de los Matualeos, donde el Conde Charles y Lady Margareth volverían a la vida para tomar los lugares de Lord Luther y la Princesa Judith como gobernantes de la noche durante los siguientes quinientos años.
No estaba segura de por qué su padre le quería allí tan pronto, puesto que el Despertar se llevaría a cabo a finales de invierno, en luna llena, y la estación siquiera había acabado de entrar ese año. Siquiera sabía por qué era tan importante que estuviese presente, no pintaba nada en la ceremonia, eran Luther y Judith quienes realizarían el ritual y los altos cargos y el Concejo ya de seguro estaban arreglando los trajes que usarían esa noche. Creía que estaría mejor en el campo, cumpliendo de la misma excelsa manera su misión como traficante de muerte, como lo había estado haciendo los últimos doscientos años.
Pero su padre había insistido en que regresase a su mansión a quedarse por tiempo indefinido. De manera que, no tuvo más opción.
Solo esperaba que el motivo, cualquiera que fuese, valiese la pena.
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Condenada
WerwolfPRIMER LIBRO A mediados del siglo XV, los Licántropos estaban al borde de la extinción. La campaña de cacería contra las bestias era muy exitosa. Los Vampiros eran señores de casi todas las tierras y los humanos debían pagar con plata u hombres...
