03. Fría Noche Estrellada

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Condenada

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ría Noche Estrellada


Liah se apresuró a acatar el mandato apenas llegó a sus oídos, llegando velozmente a su nueva ama, conservando la distancia aprendida de dos pasos por detrás de ella, para que no tuviese que esperar. Adara, al notarla cerca, retomó el paso con rumbo a la que fue su habitación hacía muchos años.

Efectivamente, estaba tal y como la recordaba, incluso el último libro que había leído tumbada sobre la cama estaba cerrado sobre la misma mesa de noche en la que lo había dejado, completamente desprovisto de polvo. No estaba segura de si era una declaración de sentimentalismo o la carencia del mismo por parte de su padre.

La Lycan se detuvo del lado de afuera del umbral de la puerta, como si una pared invisible le hubiese cortado el paso. No tenía permitido entrar en las habitaciones de los señores, de hecho, en ninguna habitación a menos que le hubiesen mandado allí o que fuese una de servicio.

La Vampiresa se dio cuenta de que su esclava se detenía allí, sin atreverse a decir nada, ni a levantar la mirada, cosa que, en cierto grado, le irritaba. Reglas de su padre, suponía.

—Entrad. —le ordenó, intentando mantener su voz suave.

Liah titubeó, pero tendría más problemas si no obedecía que haciéndolo, así pues, con una inhalación honda, puso un pie dentro de la colosal habitación, como si estuviese tanteando terreno fangoso para asegurarse de que no se hundiría.

Adara se quedó a un lado de la puerta, sosteniéndola y mirando desde allí a la loba pasar a sus aposentos, cautelosa, y detenerse en medio de la recámara, sin subir la mirada en ningún momento. Viéndola con detenimiento, se daba cuenta de que su padre había hecho un gran trabajo cuidando de su pequeña... mascota.

Los pantalones, que abrazaban sin demasiada fuerza, pero con la suficiente, las piernas de la muchacha, dejaban notar unas extremidades fuertes y torneadas, que lucían largas a pesar de lo baja que era la joven. ¿Cuánto mediría? ¿1.65, tal vez? El chaleco, también, moldeaba las curvas desde el torso de la chica hacia arriba, desde su cintura hasta su busto. El cabello se notaba falto de cuidados, pero las delicadas ondas en las que caía lucían suaves y acariciables.

Todo eso, sumado al veloz bombeo de un corazón nervioso que impulsaba una sangre con un olor particularmente llamativo, le hizo saber a Adara que disfrutaría mucho de su obsequio.

— ¿Cuál es vuestro nombre? —inquirió, recordando que su padre en ningún momento se hubo referido a la Lycan por ningún apelativo; Liah no alcanzó a responder de inmediato, demasiado aturdida por todo — ¿No sabéis hablar? —no le sorprendería, no sería la primera vez que su padre entrenaba a alguien de forma que no tuviese ni la capacidad de refutar nada.

—Liah, mi ama. —contestó, tímida, sumisa, volviendo a tomar sus manos frente a su cuerpo.

—Es lindo. —opinó, también era bastante adecuado; la Lycan se sintió más retraída, y nerviosa, cuando escuchó la puerta de la alcoba cerrarse y asegurarse — ¿Qué edad tenéis, Liah? —preguntó Adara y la aludida pasó saliva al oír su nombre mencionado de esa manera, como si lo acariciase con esa voz tan peculiar y envolvente.

—Diecinueve.

Escuchaba el golpe ligero de los tacones de la princesa en el suelo y la sentía acercarse a ella, así como notaba su mirada, predadora, sobre ella, estudiándola como potencial... no estaba segura de a qué correspondía semejante avidez. Aun así, no podía dejar de sentirse azarada.

CondenadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora