Los Dioses

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Desde los cielos, unos curiosos individuos observaban las hazañas del joven Dean a través del agua de una fuente dorada.  

Eran tres en total. Una preciosa mujer rubia de ojos azules, un anciano de largo cabello y barba blanca y un joven de aspecto aguerrido, pelirrojo y con rasgos animales en su rostro. Los dos primeros vestían ropas holgadas de color blanco, mientras que el joven llevaba una armadura negra con púas sobre sus hombros. 

(Aspecto aproximado)

(Aspecto aproximado)

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-¡Ja! ¿Qué os había dicho? ¡Ese chico es duro! -Gritó el joven guerrero

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-¡Ja! ¿Qué os había dicho? ¡Ese chico es duro! -Gritó el joven guerrero.

-Sin duda posee talento, combinado con una determinación digna de un paladín de los dioses. -Respondió el anciano, acicalando su barba mientras hablaba.

-Hmm. -Aquel sonido fue todo lo que la joven diosa diría sobre aquel hombre, algo que hizo que los otros dos dioses se miraran incómodos.

-A la joven Seraphine no le gustan demasiado los hombres mortales, ¿verdad? -Dijo el anciano, tratando de romper la tensión que se había formado. 

La joven respondió con una mirada que parecía indicar que no era solo un odio hacia los mortales. Sin embargo, acto seguido esbozó una tímida sonrisa mirando al joven aventurero en aquel charco de agua. 

-Pues yo creo que mi chico le gusta, Melvin. -Con una sonrisa, el joven guerrero respondía mirando a la bella dama, que miró con odio al pelirrojo nada más oír aquella contestación. 

-No seas estúpido, Caos. Sólo me hacen gracia los jóvenes que tratan de ser "héroes". -Con aquella declaración, la joven rubia comenzó a alejarse de la fuente en la cual observaban al joven aventurero, no sin antes despedirse del guerrero. -Y no es "tu chico", Caos. Ese guante no lo convierte en tu paladín... Ya deberías saberlo. -Un guiño y una sonrisa sirvieron de despedida.

-¿Qué le pasa a esa loca, viejo? -Respondió con un suspiro mientras la joven se alejaba, a lo que el anciano sólo pudo contestar encogiéndose de hombros.

-Las mujeres... Necesitaría vivir otros cinco mil años sólo para empezar a entenderlas. -Con una sonrisa, el de aspecto anciano comenzó a retirarse también, no sin antes echar una última cosa en cara al pelirrojo. -Y no me llames viejo, Caos. Al fin y al cabo, soy mucho más joven que tú. -Con tan simple respuesta en tan banal conversación ya dejaban clara su inmensa longevidad.

Mientras, en otra parte del cielo...

Sobre las nubes se erigía un castillo, rodeado por cuatro grandes torres coronadas en forma de cono. Una impoluta armadura blanca brillaba con fuerza en el salón de aquel castillo. Aquel hombre era el "Dios de dioses".

-¿Cuántos pasaron la última prueba? -Preguntó a su asistente, que vestía una larga túnica de color blanco y llevaba una capucha con adornos azules y dorados.

-Cuarenta y seis, mi señor. -Respondió con una voz firme.

El hombre de armadura blanca soltó un suspiro de resignación, y acto seguido, miró con una sonrisa a su asistente.

-¿Sólo? Dado que uno de ellos es mi paladín, habrá que llevar cuidado con cuarenta y cinco individuos. ¿Hay alguno de los que debamos preocuparnos especialmente? -Su asistente sacó un orbe azul, del cual fueron proyectadas tres imágenes, sólo visibles desde el trono del "Dios de dioses".

-¿Cree que serán una amenaza? -Preguntó mientras guardaba de nuevo aquel orbe.

-Oh, qué pregunta, por supuesto que lo serán. Pero sólo así nuestro paladín podría ascender a los cielos, ¿no? -Una sonrisa apareció en su rostro y con una simple orden su asistente fue instada a abandonar la sala y dejarlo a solas con sus pensamientos.

-*Qué sujetos tan interesantes... Creo que iré a ver sus registros de la última prueba.* -El enorme hombre de armadura se alzó por primera vez del trono, debía medir más de dos metros, y al fin se podía apreciar su rostro. Era un hombre atractivo, de piel clara, ojos azules y una melena rubia. Ni una sola imperfección podía apreciarse en su tez, al igual que en su armadura, impoluta y sin una sola marca. 

EriandorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora