Capítulo 5

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         La vi llamando por su móvil mientras se paseaba por la estancia en ropa interior. Yo estaba recostado apoyando mi cabeza entre mis manos por detrás. Cassandra era tan jodida hermosa y tenía carácter. Supe que le importaba una mierda todo lo demás, incluso yo, obviamente. Me pregunté entonces si ella también se enamoraría de mí como todas aquellas que decían no hacerlo. Pero, había una parte de mí que lo dudaba, era muy distinta a cualquier mujer que antes pasó por mi camino. Cortó la llamada y entonces me miró, demasiado fría. No parecía incomodarle el que me la comiera con la mirada ni muchos menos lo que había pasado entre ambos. Buscó su vestido y se colocó, para mirarme nuevamente.

—Me voy —fue lo único que dijo. Tragué saliva. ¿No quería más? ¿De verdad era así de fría y decidida? Me paré de mi lugar y me acerqué a ella, la agarré por la cintura y la atraje hacia a mí para besarla. Mordió mi labio inferior y eso me hizo soltar un jadeo.

— ¿Una joven sola a estas horas? Permite que te lleve —de verdad quería llevarla y saber un poco más de ella. Pero no vi un brillo de nada, ni una mueca, nada. Era difícil de leer y eso me intrigaba.

—Están esperándome —me mordió la barbilla y se dirigió a la puerta, salió sin siquiera a voltearse a mirarme. Como si nada hubiera pasado.

Fruncí el ceño aún mirando la puerta, sentí una punzada de posesividad que jamás había sentido ni experimentado. Joder, esa mujer hizo algo raro. Pero quería más, mucho más.

Me serví algo para beber y me tiré nuevamente al sofá. La soledad volvió a invadirme. Aunque no me hacía sentir al del todo, puesto que, había sido mi decisión todo aquello. Pero en parte también comprendía que era la influencia de las palabras de mi padre.

—No te enamores de ninguna mujer, menos con el legado que tienes. Todas buscan lo mismo; fortuna. Estabilidad.

Sus palabras lograban inmiscuirse cuando una mujer estaba presente. Pero, lo que me tenía sorprendido y a la vez muy fascinado, hasta podría decir que me sentí raro...Con Cassandra haciéndola mía no recordé aquellas palabras, pero, parte de todo eso, me inquietó.

Adelanté algo de trabajo y luego me fui a dormir, pero a penas pude pegar el ojo, como siempre. Entré a mi despacho y me solté la corbata. Me estaba ahogando. Me tiré en mi asiento y di media vuelta para mirar por los grandes ventanales. Era un maldito con suerte, pero eso misma suerte que solía rodearme, no era más que lo que yo había creado con esfuerzo junto con mi padre, ya fallecido. Lo admiraba demasiado, pero a veces todo lo que me enseñó se colaba en mi sistema como veneno. No fue un hombre preciosamente cariñoso, sino estricto. Llegué a pensar de adolescente que él tenía una obsesión con el orden y el mandato. Pues odiaba que le desobedecieran. Y su avaricia tanto como su carácter lo habían hecho llegar lejos.

La puerta de mi despacho se abrió, dejando ver a Amara estupenda como siempre.

—Señor Ainsworth, mañana en la noche tiene el baile de máscaras en la mansión del señor Tye. Es importante su presencia, ha recalcado —dijo, me miró por algunos segundos. Asentí y nada más. Noté su impresión al no pedirle que se acercara para que la follara encima del escritorio. Cerró la puerta las tras ella y me quedé pensando. Lo más educado sería decirle que nuestra relación sexual estaba terminada, sin entrar en más detalles, claramente. Era un mujeriego, sí, pero no era un idiota infiel. Aunque no tenía nada serio con Cassandra, respetaba a mis amantes.

Pasé al tema de la fiesta de Tay, un empresario chino de treinta y siete años adicto a las fiestas y a las mujeres bellas. Un hombre delgado de cabello negro, y sus facciones estaba demás describirlas, para mí todos los chinos eran iguales. Debía admitir que Tay era un hombre esforzado, completo promiscuo, más que yo, ya que caía en El Fuerte negocio de la prostitución. A lo que yo no entraba.

Hice entrar a Amanda al despacho después de reflexionar un poco en mi actitud de niño caprichoso. Tenía principios, valores, una imagen que decía dejar impecable.

—Amanda, quería informarte que nuestra relación sexual de jefe-secretaria ha terminado hoy —moví el lápiz entre mis dedos y noté su inquietud.

— ¿Me va a despedir? —abrió los ojos como un perro asustado. Me sorprendí que no hiciera un berrinche porque la terminé, sino que estaba más angustiada por perder su trabajo. Pero no la despediría, tampoco era un gilipollas sin corazón... ella necesitaba aquel trabajo y era buena en ello. Reconocía su esfuerzo aunque jamás se lo haría saber.

—Claro que no, puedes continuar con tu trabajo y seguir dirigiéndote a mí como tú jefe, con respeto —dije serio, llevándome la mano a la barbilla entrecerrando los ojos.

—Gracias señor —asintió, entonces le vi más relajada. Sin duda, Amanda fue una buena amante que no mezcló los sentimientos, y sí fue todo lo contrario lo demostraba muy bien. Era muy madura.

—Puedes retirarte —volvió a sentir y salió sin emitir palabras alguna.

Me di media vuelta con la silla para mirar por el gran ventanal, mientras esa chiquilla rebelde inundaba mis pensamientos nuevamente.

La necesitaba.

Secreta Adicción ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora