Miraba por los grandes ventanales de mi oficina, pensativo. No podía dejar de sacarme el comportamiento de Cassandra al pronunciar mamá con desespero. No comenté nada porque no quería incomodarla ni invadir su privacidad. Comprendí mejor que nunca que ambos teníamos nuestros secretos. Temí que fuera así siempre, aunque solo fuéramos amantes.
La puerta del despacho se abrió, me giré para ver quién osaba en entrar a mi despacho sin siquiera tocar. Pero vi la cara de Amara y sus ojos asustados en cuento mi mirada se posó en la de ella.
—Lo siento, he tocado y como no me ha respondido pues decidí en entrar para ver si estaba todo bien —su tono de voz me parecía sincero, por lo cual calmé mis impulsos nerviosos y la poca paciencia que tenía. Después de todo aquella mañana si estaba más distraído de lo normal por lo cual si creí que había tocado y como yo estaba tan sumido en mis pensamientos no la oí.
—No hay problema —dije decaído y ella pareció notarlo porque frunció el ceño, pero inmediatamente cambió su expresión.
—Tengo aquí todos los papeles ordenados que le han hecho llegar en la reunión de hoy -me informó, entrando y dejando los papeles encima de mi escritorio y salió sin decir nada. lo cual agradecí. Solté un suspiro y me senté para continuar con mi trabajo. Estuve entre los papeles casi toda la tarde, no quería despegarme de allí para tener todo listo y quedara ningún cabo suelto para irme con tranquilidad a la playa y disfrutar de la exquisita esencia de Cassandra.
Mientras miraba la pantalla de mi ordenador, se me vino a la cabeza el recuerdo de mi madre cada vez que decía que amaba a mi padre. Pero en la primera oportunidad ella se fue con su amante, dejando todo ese amor de lado, todo lo que decía querernos se esfumó, dejando a un hombre traumado y lejano con una cría. Me puse a pensar que quizá jamás había tenido una relación por la crianza de mi padre, sus palabras, y el abandono de mi madre. Todo lo vivido en la niñez te hace de adulto. Mierda.
Ya no quería pensar en tantas cosas negativas.
Sonaron unos golpes en la puerta. Miré a los cristales por encima de mi hombro y vi que el sol ya se había entrado, estaba oscureciendo. El día pasó entre papeles y malos recuerdos.
—Adelante —dije, cerrando las páginas del ordenador y ordenando los papeles que había sobre mi escritorio.
—El hombre que no deja de trabajar —Llegó a mis oídos el molesto timbre de Robert. Lo miré con el ceño fruncido.
— ¿Qué haces aquí? —le di una mirada cabreada.
—Vine a buscarte, porque tú y yo nos iremos a algún bar, quien sabe —me guiñó un ojo. Lo miré sin expresión alguna —.Venga te hace falta, te vieras la cara de amargado que traes -se sentó frente a mí con toda la confianza del mundo -. ¿o que el sexo desestresa? pues parece que tu joven amante no te tiene contento.
Puse los ojos en blanco.
—Iré al bar contigo con una sola condición —propuse. él asintió y me miró expectante a la respuesta— . Deja de hablar de Cassandra -Dije cortante y me levanté de mi asiento seguido de él.
Salimos de mi oficina en silencio, mi secretaria ya no estaba por lo cual simplemente cerré mi oficina con llave y bajamos.
Robert manejaba tarareando una canción. Mientras yo solo pedía que aquel jueves terminara ya. Solo quería disfrutarla, sentir su piel contra la mía, su aliento cerca de mí.
—Estás muy callado —dijo a penas entramos al bar -. Sé que pusiste aquella condición pero vamos, ¿Ella te tiene así?
Le agradecí al chico que llegó con nuestros tragos.
—No quiero hablar de Cassandra. Pero no, ella no me tiene así -bebí de mi trago desviando la mirada.
— ¿Has sabido algo de ella? —comprendió entonces cuál era mi malestar de aquella noche.
Negué con la cabeza.
—No he sabido nada desde que se marchó, y no pienso en mover ningún pelo para contactarla —admití, sin demostrar nada. Absolutamente nada.
No quería saber nada de mi madre, aunque ella sí trató de contactar y averiguar algo de mí. Desconocía si ella se había enterado de la muerte de mi padre. Pues, de ser así, le importó lo más mínimo presentarse a su funeral o llamarme para darme su hipócrita pésame. No entendí por qué aquella noche me encontraba tan nostálgico. Admitía que me cuando era tan solo una cría me había costado superar la ausencia de mi padre, más debía llevar la carga de la ausencia de mi padre porque se la pasaba trabajando o en su despacho. Solo me daba charlas sobre lo malas que eran las mujeres y que no me enamora,o bien sobre negocios. Estaba constantemente tratando de meterme en la cabeza todo lo relacionado con números. Jamás me pregunté si era lo que yo que quería.
Robert fijó su vista en una joven, le seguí la mirada y fruncí el ceño.
— ¿No que estabas enamorado de mi secretaria? pregunté confundido.
—Sí pero no estoy muerto no soy ciego. Además solo estoy mirando.
Negué con la cabeza y saqué mi móvil. Se me vino a la mente el recuerdo de mi acosadora Rossie. No había recibido ningún mensaje de ella, ninguna visita no esperaba, ningún hostigamiento desde que había amenazado a Cassanda. Me pregunté entonces si era porque se había dado cuenta de que no volvería con ella o algo más.
Quizá Cassandra con su silencio la había intimidado más que su inmadura amenaza.
Robert y yo continuamos nuestra charla alejada de mi pasado mientras bebíamos. Pero el recuerdo de mi madre no abandonaba mi cabeza y no entendía muy bien el por qué. Sabía que había algún trasfondo tras ello, que por cierto me disgustaba siquiera averiguarlo.
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Secreta Adicción ©
RomanceAdrien Ainsworth es un hombre que se ha esforzado mucho para lograr sus objetivos, pero está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No le importan los compromisos y es un hombre promiscuo, pero todo cambia cuando se cruza en el camino de Cassand...
