Sonreí ante su comentario separándome de ella. No supe porqué esas palabras me hicieron tan feliz en ese momento.
—Vamos a comer algo —dije, tomándola de la mano. Asintió siguiéndome.
Me sorprendió lo rápido que ella se recomponía. Si bien había visto en ella la noche de su pesadilla en su rostro emociones que no me agradaron, ahora se le veía igual de tranquila. Pero había algo en su carácter y forma de ser de ella que cambiaron. No se mostraba tan lejana, y, aún no me había pateado el culo por el un cursi. No era excesivo, pero me nacían detalles con ellas que antes no, con ninguna mujer, o amante anterior. Era distinta y era hora de que me fuera dándome cuenta. Aún así no estaba listo para aceptarlo. Lo que sí, era que ella me había cambiado.
Le serví el desayuno en la mesa y me agradeció. Me la quedé mirándola debatiendo entre preguntarle por sus pesadillas o no.
—Esto de cocinar se te da bastante bien para ser hombre -comentó. Llevándose una cucharada de la pasta que había preparado a la boca. Me lo tomé como un cumplido.
—La nana que tenía de pequeño me enseñó —Solté con total confianza. Sabía que ella no me había pedido nada para conocerme, pero me nacía. Solo obtuve de ella una mirada curiosa, pero no comentó nada al respecto. Eso de cierta manera me incómodo. Tenía la leve esperanza que preguntase algo al respecto. Yo encantado la escuchaba hablar, pero me resultaba difícil hacer que soltar alguna palabra.
En ese momento quería preguntarle sobre sus pesadillas y sobre todo quién era Hanna. Pero como siempre, sabía que no obtendría nada. Solo me limité a comer y mirarla. Hasta que ambos terminamos y me ayudó a lavar la cosas que habíamos ocupado. Me sentí raro, alegre y sobre todo confundido. Parecíamos una par y la idea no me era desagradable.
Ya había perdido el juego, estaba más que claro. Pero no quería arruinarlo. No estaba listo para dejarla ir.
— ¿Quieres ir a nadar? —le pregunté en su oído para depositar un beso en su mejilla luego. Acaricié la piel de su rostro con mi nariz y luego inhalé profundo su aroma. Corrió su rostro para rozar nuestras narices, acercó sus labios a los míos y ganó ambas manos en mi pecho.
— ¿Y si repetimos lo de anoche? —mordió mi labio inferior y sonreí con satisfacción -. O bien podríamos hacerlo aquí mismo...
La cargué de la cintura y la senté encima de la mesa. Abrí sus piernas para ganarme en medio y acerqué mi rostro al de ella sin despegar mis ojos de los de ella, atentos, juguetones y sobre todo deseosos. No había mucho qué pensar ni considerar. Ambos nos necesitábamos, ambos éramos adicto al otro. Pensar así me dejaba más tranquilo, pues Cassandra al menos demostraba su interés en mí y no demostraba que la aburría, pedía más, siempre pedía más y yo gustoso la complacía.
—Aquí, en la ducha, en la cocina, en la playa, donde quieras, Cassandra. Donde quieras...—-junté mis labios con los de ella, abrió la boca y metí mi lengua para profundizar aquel beso que me estaba poniendo más que caliente. Necesitaba sentirla. Sus manos bajaron a mis pantalones y lo desabrochó, luego bajó la bragueta. Me acarició el miembro con la palma de su mano por encima del bóxer. Cuando su piel tocó directamente la mía por debajo, gemí en su boca. Comenzó a masturbarme de manera lenta, provocando, torturándome.
—Eres fuego, Cassandra —murmuré sobre sus labios.
—Quémate conmigo —Sentenció con un beso.
Hice a un lado su bikini y me adentré en ella de una sola embestida fuerte. Se dejó caer hacia atrás gimiendo y cerrando los ojos. Le levanté la pieza de arriba del bikini dejando al aire sus preciosos pechos, no tardé en lamerlos y llenarme de su sabor. La agarré por las caderas para hundirme con más fuerza en ella. Arqueó su espalda mordiéndose el labio inferior. Lo único que se escuchaba en toda la casa eran nuestros cuerpos chocando y los gemidos de ambos, más los de ella que los míos. Quería oírla gemir el resto de mi maldita vida. Solo yo quería hacerla sentir de esa manera, tan deseada y satisfecha. Solo yo, maldita sea. Ella era mía aunque no lo admitiera, yo lo sabía. Ambos nos pertenecíamos.
Se sujetó fuerte de mis muñecas alcanzando el éxtasis. Segundos después me liberé. Dejándome caer entre sus pechos con respiración entrecortada. Cassandra me acarició el cabello respirando aceleradamente. Cuando levanté la mirada me topé con sus ojos, me sonrió y luego volvió a dejar caer su cabeza a la mesa. Me levanté, me quité los pantalones por completo, también la blusa. Tomé la pierna izquierda de ella, deposité un beso en su muslo para luego tomar mi ropa y mirarla.
—Iré a ponerme un short —le informé, dedicándole media sonrisa a lo cual me correspondió. Di media vuelta y caminé hacia la habitación sintiendo su mirada en mi trasero. Me puse un short y me senté unos minutos en la cama.
Se me vino a la cabeza el recuerdo de la noche anterior, de las pesadillas de Cassandra. No sabía por qué insistía en conocer lo sobre ella cuando las probabilidades eran bajas. Ella no soltaría palabra alguna y no lograba comprendela. La respetaba, claro que lo hacía. Me carcomía la cabeza al pensar qué cosas habría vivido ella para ser así. Todo tenía un por qué. Todo.
— ¿Estás bien? —escuché su voz y levanté la mirada. Estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y su ceño fruncido. Su bikini estaba nuevamente acomodado. No la había oído acercarse.
—No es nada —me levanté de la cama y la cogió de la mano -. Vamos a tomar un poco de sol. Dicen que sirve para tener más energía.
Oí como soltaba una risa.
Sacamos nuestras gafas y salimos de la casa tomados de la mano. Caminé hasta la Hamaca blanca que tenía que se sostenía de dos árboles que había en ese lugar. Me recosté primero y ayudé a Cassandra a recostarse también, pero esta se apoyó en mi pecho y nos quedamos un buen rato así, hasta que se nos apeteció nadar. Ella bastante arriesgada y sin dudar una buena nadadora. No sabía que lo hacía, la verdad, parecía de mucha experiencia con el mar lo cual me sorprendió. Hacía cosas raras en el agua y sobre todo en la profundidad. Cuando salimos, la miré intrigado.
— ¿Dónde aprendiste a nadar así? —quise saber totalmente interesado.
—Clases de natación —dijo mirando al suelo mientras sonría tensa.
No supe en ese entonces por qué había sentido que ella me mentía y esquivaba todo lo que fuese de su pasado, hasta su presente. No quería darle más vueltas a todos sus secretos y mentiras. No quería porque me inquietaba quién podía ser ella. Porque no lo sabía.
Nos dimos una ducha lenta y placentera, y cuando a eso me refería quería decir que lo habíamos hecho en la ducha. Ninguno podía mantener sus manos quietas si del otro se tratase. Eso lograba alegrarme y se me hacía sentir menos paranoico e inquieto.
Se encontraba sentada en el sofá, perdida con su taza de té entre sus manos. Me pregunté en qué estaba pensando en ese momento, y no pude aguantar más callado tanto tiempo. Me senté frente a ella y la miré. Levantó la mirada, curiosa. Me quedé mirándola por varios segundos para sacar valor y hablar.
—La otra noche... —hablé bajito y dubitativo. Pero ella logró captar mis intenciones.
—Adrien, no —dijo. Cortante mientras hacía una fina línea con sus labios rosa.
—Tus pesadillas son frecuentes, ¿No es así? —la ignoré y pregunté. Porque me interesaba saber. Me interesaba ella. Quería saber qué la atormentaba tanto como para ser alejada de todo. Se levantó del sofá dejando la y taza en la mesa. Se giró hacia a mí con su rostro serio.
— ¿Por qué insistes en conocerme? —preguntó cabreada -. Y no me vengas con eso de que te importan y te preocupan tus amantes, Adrien.
Junté mis cejas, ofendido.
—Me importas tú —dije tajante, molesto —pero no tiene nada que ver con la relación sexual que mantenemos, Cassandra. Se trata de empatía -traté de hacerla entrar en razón —. No insistiré más en saber algo de ti. Y a veo que no obtendré nada. Pero si quieres contarme algo, lo que sea; yo te escucharé y de mi boca no saldrá nada.
Me paré del sofá al no tener respuesta y salí de casa. Necesitaba caminar, despejar la mente y sobretodo procesar aquella escena. Porque sí, había sido una escena que yo había causado. Dra un idiota. Sabía que ella no me diría nada, no confiaba en mí. Y la verdad, yo tampoco a ella porque no la conocía en absoluto. Si de algo me había dado cuenta fue...
Cassandra había pasado a ser algo más que solo una mujer con quien me acostaba.
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Secreta Adicción ©
RomanceAdrien Ainsworth es un hombre que se ha esforzado mucho para lograr sus objetivos, pero está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No le importan los compromisos y es un hombre promiscuo, pero todo cambia cuando se cruza en el camino de Cassand...
