Mis embestidas eran fuertes, duras, rápidas... la penetraba sin compasión alguna.
Estaba descargando mi decepción con Amara, mi secretaria. No dejaba de gemir con la cara de esa chiquilla malcriada, con mi polla en otra parte.
Amara se contenía, no quería hacer el ruido posible por si algún metiche escuchaba detrás de la puerta. Aunque era obvio que me tiraba a mi secretaria, no podía negarme a una mujer guapa.
Haría cualquier cosa para tener a esa niñata, cualquier cosa. Ella sería mía.
Sentí el cuerpo de Amara tensarse para luego dejar escapar un grito, seguí embistiéndola hasta que me liberé, tiempo después.
—Vístete y lárgate, tengo cosas que hacer —Fui demasiado cortarte. La había usado como trapo.
Se puso sus bragas, su falda, se abotonó la camisa, luego acomodó la ropa y se largó. Ella sabía bien que era sólo sexo, y jamás protestaba. Jamás decía nada, ni ponía cara de dolida. Tal vez por eso me la cogía cuando quería.
Estuve todo el día manteniéndome ocupado para calmar mis ansias, de reunión en reunión, de papeleo en papeleo.
Cuando revisé el último papel de la noche, tomé mi maletín para salir de mi oficina. Como siempre, Amara estaba ahí, concentrada en la computadora. Si me cansaba de ella era tan fácil como despedirla, era un cabrón, sí, pero no idiota injusto. Ella hacía bien su trabajo, mejor que las quince anteriores mujeres.
—Buenas noches, señor Ainsworth —Se despidió de mí con una sonrisa.
Me despedí con un asentimiento.
Eran las once y media de la noche, no tenía más planes que estar metido en mi laptop revisando más papeles. Joder, me estresaba demasiado estar encargado de todo. Pero era mejor que estar abajo. Y sabía muy bien lo que era estar ahí.
Una vez ya en el estacionamiento, busqué mi auto, y mi sonrisa fue deslumbrante.
Me acerqué a ella con media sonrisa, sin demostrar nada más.
—No doy segundas oportunidades —Le dije, sin dejar de sonreír.
Estaba apoyada en el capó, vestía distinto a como esta mañana, llevaba un jeans café oscuro, una chaleca color negra, y zapatillas negras. Se veía muy diferente, se veía más... no tenía palabras para describirla, aún vestida de esa manera sencilla, no dejaba de verse rebelde.
Su mirada era profunda, traté de ver algo en sus ojos, pero no pude ver nada.
—Sería una gran decepción si lo hiciera —su voz era distante —. Esta vez me llevaré lo que me pertenece. Sino fuera porque lo necesito, no estaría aquí.
—Ya te dije mi condición, me rechazaste la primera vez, y como dije anteriormente; no doy segundas oportunidades. Sería decepcionante si lo hiciera —Repetí sus palabras.
Se acercó a mí con paso decidido, tomó mi corbata, jugando con ella, levantó la mirada. Podía oler su aroma, estaba tan cerca que mi sexo había despertado.
—Es obvio que usted no quiere solamente cenar conmigo, como también es obvio que no caeré en sus inútiles encantos —Acercó sus labios a los míos, rosándolos.
— ¿Y por qué no vas al Registro civil y te sacas uno nuevo? —Pregunté, tratando de que no se me notara que me volvía loco estando cerca de ella.
Soltó una carcajada, incrédula. Se alejó de mí, y volvió a apoyarse en el capó, mirándome divertida con los brazos cruzados.
Fruncí el ceño.
—Creía que era más inteligente, Señor Ainsworth. Pero veo que no sabe lo que tiene realmente.
—Admito que no entendí esa referencia —metí mis manos a los bolsillos para comenzar a pasearme, mirando mis zapatos —. Bueno, dado que... mis inútiles intentos de seducción no funcionarán, iré directo al grano — la miré directamente a los ojos —. Estoy buscando a una amante, oficial. Una chica que no involucre sentimientos, que sea capaz de asumir que es sólo sexo.
— ¿Una amante? —soltó una carcajada —. Debe estar de broma.
Cerró los ojos por un momento, como recordando algo.
—Sé lo que quiero cuando lo veo, y lo quiero es a ti —mi voz sonó fría y distante. No aparté los ojos de ella, ni ella de mí.
No podía ver nada por más que intentara, pero esta vez vi algo, vi... malicia. La cual fue reflejada en media sonrisa.
—Por qué no —su repuesta me dejó perplejo, claramente no sé lo hice saber —. Este juego podría ser...divertido.
—Conmigo no se juega, señorita Cirse —confirmé.
—No juega porque no sabe jugar —me cuestionó con descaro, como si me conociera.
Puse cara de fastidio. Ella no me conocía nada, ni yo conocía nada de ella.
—Aceptaré con algunas condiciones —la miré atento —. Nada de sentimientos —. Asentí, totalmente convencido de que eso no pasaría —. A la primera cursilería te pateo el culo.
Sonreí.
—Dalo por hecho.
—Todavía no termino —me interrumpió, seria —. Soy libre de salir cuando me dé la gana, sin avisarte, sin decirte ni una cosa de mi vida privada. Sin escenas de celos, ni mucho menos de posesión. Porque ninguno de los dos es un trofeo.
—Bien, pero ahora te diré mis condiciones —Levanté mi cara —. Pido lo mismo para mí, sin explicaciones de nada. Lo único que te pediré, serán cenas, salidas. A veces el sexo no es suficiente, también me aburro.
—Dalo por hecho.
Saqué su Carnet de mi bolsillo.
— ¿Quién me asegura de que cumplirás tu palabra? —pregunté, asegurándome de que no me quitara el Carnet.
—Dime lugar, hora y día —pidió.
—Sábado, en mi departamento, la calle West, edificio 2458, último piso ¿Puedes a esta misma hora? —quise saber.
—La hora no es un problema para mí.
Asentí. Le tendí el Carnet, cuando lo agarró, sentí su piel suave. Y moría porque llegara el sábado para darme el tiempo de saborearla y sentirla con calma.
Caminó hasta su moto.
—Hasta el sábado, Señor Ainsworth —Se despidió de mí sin siquiera mirarme.
La vi guardar su Carnet en un lugar seguro, se puso el casco y arrancó. No hice nada más que seguirla con la mirada hasta que la perdí de vista. Me subí a mi auto con un bulto en mis pantalones
Siempre conseguía lo que quería.
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Secreta Adicción ©
RomanceAdrien Ainsworth es un hombre que se ha esforzado mucho para lograr sus objetivos, pero está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No le importan los compromisos y es un hombre promiscuo, pero todo cambia cuando se cruza en el camino de Cassand...
