Capitulo 13

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—No digas estupideces —escupí, desviando la mirada hacia los papeles bajo su mirada y sonrisa burlona.

—Bueno, supongamos que lo que digo no es una estupidez —hizo una pausa —. Es que, hombre, se ve en cada acción que esta chica es diferente de todas las demás para ti. Antes no me habías mandado a investigar a una mujer. Sin duda alguna esta tal Cassandra te atrapó a primera vista.

Lo miré sin expresión alguna, sin decir nada. Tenía razón en eso, Cassandra me había cautivado desde que la había visto, con esa boca tan

Tomé el teléfono y le marqué Amara.

— ¿Señor? —su voz chillona inundó mis oídos al primer tono.

—Amara, reserva una mesa en el mejor restaurante alejado de la ciudad, que sea discreto para esta misma noche, a las nueve —recordé las palabras de Cassandra llenándome de una inquietud que no comprendí, pero se fue tan rápido como llegó.

—De acuerdo señor —colgué.

—Bueno, me voy —se levantó de su asiento —. Suerte con tu putita.

Aquellas palabras me hicieron reaccionar de manera agresiva.

— No le llames así —amenacé con los dientes apretados. Él sonrió levantando las manos en señal de rendimiento como si se tratase de una guerra.

—Esa mujer será tu perdición, amigo —sin más que añadir, salió del despacho con mi mirada cargada de enojo sobre su espalda.

Me mordí los nudillos sutilmente, no quería enojarme más ni darle mucha importancia a lo que acaba de decir. Media más hora tarde mi celular vibró, era un mensaje de Amara con la dirección del restaurante. Le agradecí también por mensaje y me concentré en lo que quedaba de trabajo. No quería tener la cabeza en otra parte, menos que se desviara a Cassandra. Pero me fue casi imposible concentrarme.

Escribí en mi móvil la dirección del restaurante y se la mandé a Cassandra por mensaje de texto. Me había demorado en enviársela porque las palabras de Robert seguían en mis cabeza como un maldito disco rayado. Veía la ciudad por los grandes ventanales de mi departamento, ya había anochecido y yo no podía sacar lo que había dicho de mi cabeza. De ser eso cierto yo lo sabría bien, no me estaba engañando. Simplemente me estaba encaprichando por ella porque era distinta a las demás mujeres. Entendía y creía firmemente que ella no estaba conmigo por mi dinero o lo que le podía ofrecer más allá del sexo. Era la mejor amante, eso jamás saldría de mi cabeza. Era un capricho pasajero, una intriga. Me gustaba lo misterioso y bonito, así como ella.

Caminé hacia el baño desabotonando mi camisa para dejarla caer al suelo, me saque los zapatos y los calcetines, luego llevé la mano a la cremallera de mi pantalón, bajándola para dejar caer mi pantalón al suelo también. Me metí a la ducha pensativo, mis pensamientos desde que la había conocido encontraban la forma de encontrar el camino y pensar en ella, era algo inevitable. En ese momento me dieron ganas de tenerla en la ducha conmigo, mientras gritaba mi nombre pidiéndome más. Quería hacerla retorcerse de placer, nublar sus sentidos para que yo solamente estuviera presente en todo su sistema.

Me jaboneé el cuerpo cerrando los ojos, imaginando sus manos en mi piel como un chiquillo puberto, recordando aquel olor, su piel suave y cálida, sus movimientos tan expertos, todo de ella. Esa manera de ser tan altanera, rebelde, e independiente. Me mataba. Me mataba su manera de ser. 

Salí de la ducha, me sequé y me vestí. Mientras manejaba hacia el restaurante me sentí tenso, distraído. No entendí por qué y a lo único que podía culpar eran a las palabras de Robert. Tal vez sí era cierto solo que no lo quería aceptar. Cassandra era tan sorprendente y única, que no me sorprendería que cualquier hombre perdiera la puta razón por ella. Pero yo no podía ser aquel hombre, no, eso no podía pasar. Nuestra relación era solo sexo, un jueguito que se me estaba yendo de las manos porque mi curiosidad por saber quién es me estaba matando. No se me ocurría nada para persuadirla,  o que me contara algo de ella por las jodidas reglas, por sus condiciones que yo había aceptado solo para tirármela y ya. No supe en entonces ni estaba consciente en lo que ella despertaría  en mí. Me dije que no faltaría a su confianza ni invadiría mi espacio, pero me estaba haciendo ideas locas que me lograban inquietarme de cierta forma.

Borré cada pensamiento paranoico hacia su persona y me centré en el deseo que le traía esa noche. La esperé sentado mirando la hora en mi móvil. Miré hacia la entrada encontrándome con ese cuerpo arrebatador, esa energía abrumadora. Traía un vestido negro sencillo que se apegaba a su figura delgada y trabajada. Tal vez Robert sí tenía razón después de todo; aquella mujer sería mi perdición.

Yo estaba perdiendo el juego.

Secreta Adicción ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora