Capítulo 7

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Entendí por fin entonces que a ella no le preocupaba nada de eso por el hecho de aquellas palabras dejaron entender. La Intriga que estaba sintiendo por ella crecía por un mínimo roce, una mínima palabra. Me paseé por la estancia suponiendo una y mil cosas del verdadero propósito por el cual Cassandra se encontraba esa noche allí, en esa mansión lleno de ricachones y gente poderosa, hasta gente muy oscura, que, para mi propia seguridad y tranquilidad evitaba relacionarme, y ellos lo sabían muy bien. No quería inmiscuirme en aquellos negocios turbios, no importaba la cantidad de dinero, mi padre me había enseñado a trabajar bien y obtener todo limpio, aunque yo estaba seguro de que tenía sus oscuros y sucios secretos, que con él se fueron a la tumba. Salí de esa estancia inquieto, pero aún así no demostré ninguna debilidad. Me mantuve estable por fuera como todo el mundo siempre me veía. Al llegar al gran salón con mi antifaz puesto, justamente en el momento que me crucé con la coqueta sonrisa de Cassandra pasó una camarera retiré rápidamente una copa y me la bebí al seco. No quería estar allí, mi ánimo cayó en picada. Pero era compromiso. Podía decir que me encontraba mal, pero yo era un hombre responsable y derecho. No quería que nadie se me acercara, pero una rubia despampanante lo hizo, llevaba un vestido dorado a juego con su antifaz. No la vi antes en ningún evento.

—Adrien Ainsworth —pronunció mi nombre con lascivia. Fruncí en ceño tratando de recordar donde antes la había visto. Pero no tenía ninguna idea clara. Me estrechó su mano y lo que hice fue mirarla con desconfianza —. He oído mucho de ti —mi ceño seguìa fruncido pero supe de inmediato lo que aquella mujer coqueta andaba buscando —. Soy Rebecca Anderson.

—Bueno, usted ya ha oído hablar de mí pero yo no he tenido el placer de oír hablar de usted —forcé una sonrisa por mero interés en saber las verdaderas intenciones de aquella mujer. Si quería solamente sexo, antes no hubiera tenido problema, era guapa. Pero en mi cabeza estaba esa mujer rebelde que me hacía perder los estribos mientras tanto mi cuerpo pedía a gritos sentir de esa chiquilla altanera.

—Soy la encargada de los eventos del señor Tye —asentí, comprendiendo esa energía creída que desprendía. Debía ser una mujer muy importante y de confianza para el señor Tye como para dejarla a cargo de lo más importante para él.

—Hace un gran trabajo —no era por coquetearle ni mucho menos, era la verdad. Los eventos del señor Tye era inmensos, divertidos y muy costosos. Aquella mujer debía estar forrada en dinero e influencias. Podría hacerme su amigo y sacar provecho de ello, siempre y cuando no estuviera en los negocios turbios del señor Tye, pero sabía que así debía ser ya que los eventos era especialmente para eso, aún así, no quería tener contacto directamente con aquellos hombres de trabajo sucio pero tener una aliada en ese campo podría servirme algún día.

— ¿Se está divirtiendo, entonces? —quiso saber con una sonrisa seductora. Su mano se posó en mi brazo entonces me hizo saber que quería más que ser mi amiga.

—La verdad es que acabo de llegar —le sonreí amable —. Pero todo se muy agradable. Ha hecho un gran trabajo.

—Estoy segura de que ha asistido a más eventos, ¿verdad?

—Así es —mi atención se desvió hacia Cassandra y el hombre que la estaba invitando a bailar, aceptaba su mano seductora, imponente. Debía admitir que el hombre tenía presencia. Sentí un pinchazo de celos que juro que quería matarme allí mismo. No éramos nada más que simples cuerpos disfrutando de la compañía y los placeres del sexo. Nada más. No tenía ningún derecho sobre ella así como ella tampoco sobre mí. Pero era la primera vez que una amante mía se mostraba desinteresada hacia mi persona bailando con otros. Trataban de llamar mi atención constantemente y el no tenerla de una mujer me estaba inquietando. Pero era un hombre hecho y derecho, eso no debería afectarme en lo más mínimo. Solo habíamos tenido dos revolcones. Dos revolcones que me habían dejado más deseoso por ella que antes. Cassandra se movía como una profesional mientras que el hombre a quien, obviamente desconocía, tenía su mano en la cintura con demasiada confianza. Ellos se conocían. Y por la manera en la que se reían en la pista de baile, debían conocerse bien. Vi una parte de Cassandra esa noche, la parte risueña sin ninguna pizca de la mujer con carácter que siempre veía. Vi a una jovencita disfrutando de un baile con un amigo.

Como si ella sintiera mi mirada en ella, fijó sus ojos en mí y me sonrió seductoramente. Le susurró algo al hombre y este asintió, para luego verla dirigiéndose directamente a mí.

—Señor Ainsworth —Me saludó con una sonrisita pícara, luego fijó su atención en Rebecca —. Señorita Anderson —su tono fue amistoso y su mirada llena de familiaridad.

—Señorita Circe —dijo amable y hasta con un tono más o menos arrastrado. Como si Cassandra fuera alguien realmente importante. Fruncí el ceño y las miré a ambas con atención.

—Venía a decirle al señor Ainsworth si quería bailar, pero los veo ocupados —no vi ningún recelo sino educación.

—La verdad es que no es nada importante, eres libre de llevarlo, si él quiere —Rebecca sonrió, luego me miró, pero de inmediato fijé mi atención en la chiquilla rebelde.

—De ser así, ¿Tendría el placer de bailar con usted? —me dedicó media sonrisa mientras me tendía la mano y cómo negarme a esa energía magnética.

—Para mí es el placer —tomé su mano y la llevé a la pista de baile. Sentí que yo debí invitarla, pero me alegraba que Cassandra tuviera iniciativa —. Con su permiso señorita Anderson.

Ella solo me dedicó un asentimiento amistoso.

No reconocí la canción, pero ambos llevábamos el mismo ritmo y nuestros cuerpos peligrosamente juntos. Ninguno de los dos dijo algo, solo nos miramos, allí estaba todo. En nuestras miradas se notaba cuánto nos deseábamos. Se acercó a mí oreja mientras su man se ganaba en mi pecho.

—Te veré más tarde —mordió mi lóbulo con sutileza para alejarse de mí y salir por la puerta principal bajo mi expectante y curiosa mirada.

Una hora más tarde decidí irme, conducí con mil preguntas sobre ella en mi cabeza. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí esa noche? ¿Quién era el hombre con quien bailaba con tanta familiaridad? Eran preguntas que no podía hacerle directamente por mi estupida habladuría. Era un misterio para mí y eso me atraía aún más. Cada vez me enredaba más en ella y me inquietaba no poder salir. Vi una tienda de joyas mientras una idea se metía en mi cabeza. ¿Cansaandra sería una interesada? ¿Cómo saberlo si no me dejaba conocerla? Estacioné en un lugar debido para entrar a la tienda, no hizo falta ver mucho más que unos pendientes carísimos que anhelaba cualquier mujer interesada en los lujos, el dinero, como decía mi padre. Siempre hacía algo parecido con mis distintas amantes. Eso me ayudaba a saber qué clase de mujeres eran. Y cada una de ellas cayó en la tentación de lo lujos que le puede dar un hombre, mucho más allá del sexo.

Pero quería saber si a ella también.

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