Capítulo 3

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Las horas se me hacían eternas, salí dos horas antes de las doce de la oficina, sin darle ninguna explicación a nadie. Cancelé las siguientes reuniones, sólo por verla. Me di una ducha  larga, y me vestí con un traje negro.

Trajes trajes. Jamás cambiaría mi manera vestir. Mi padre me lo había enseñado de pequeño, siempre formal hasta para una reunión familiar sin sentido alguno. Hasta para salir a comprar alguna cosa innecesaria. La apariencia lo era todo.

Me aperfumé, y peiné mi cabello como solía hacerlo algunas veces.

¿Cuándo yo me había arreglado tanto para una chica?

¿Cuándo yo quería impresionar?

No dejaba de dar vueltas por toda la casa, esperando que fueran las doce y media para que llegara ella. Para poder tenerla frente a mí. Yo sabía a lo que iba, lo sabía bien. Ella no sabía lo que le esperaba, no sabía en dónde se había metido.

No la dejaría ir.

Necesitaba saciar el deseo que me provocaba al verla, debía relajar la tensión en mis pantalones.
Miré el Reloj.

Me jalé el cabello frustrado.

No sé cuántas vueltas más di por toda la casa.
Volví a mirar el Reloj.

Esperé algunos minutos hasta que sonó el timbre.

¡Al fin maldita sea! Estaba tan desesperado por verla.

Fui de inmediato a abrir la puerta.

Al verla, me quedé sin aliento.

Llevaba una coleta muy bien hecha, su mismo delineado, sus labios estaban pintados de rojo, y su vestido negro, se ajustaba lo Justo y necesario, su escote...

Maldita sea, esta chica quería matarme. Juro que quería follarla contra la pared.

—Buenas noches, señor Ainsworth —su voz sonaba provocativa.

—Te ves estupenda, Cassandra —Cogí su mano y deposité un largo beso en el dorso de esta. Su piel era tan suave, y olía tan malditamente bien.

Ella sólo me dedicó una sonrisa descarada.

Yo no podía quitarle el ojo de encima. Era más que evidente que la deseaba.

—Adelante —Me hice a un lado para que pasara —. Abandonad toda esperanza aquel que entre aquí.

Ella seguía igual, sin demostrar nada. Parecía que no era vulnerable a mí.

—Hace mucho no tengo esperanza —La oí susurrar. No le dije nada, aunque la curiosidad me carcomía.

Cuando entró cerré la puerta, luego la miré.

—Por aquí, Señorita Circe —puse mi mano en su espalda desnuda. Joder, estaba más que loco.

La llevé hasta la terraza en donde estaba todo preparado, la mesa, la comida servida, las luces. Era perfecta la vista y todo.

La miré y analicé su expresión.

— ¿Esto cuenta como cursilería? —quiso saber.

Esa sin duda, no era mi intención.

—No señorita Circe, quiero aclarar otras cosas —Le corrí la silla y se sentó, luego me senté frente a ella analizando cada expresión efímera que cruzaba por su rostro, sus movimientos... todo. Pero era tan  malditamente difícil saber algo de ella. Sí podía notar que todo lo que hacía era calculado. Me sorprendía lo fría que era. Jamás me había topado con una chica como ella, totalmente inexpresiva —. Cada vez que venga a la hora que le parezca cómoda, quisiera que lo hiciera con mi chófer, él la buscará donde esté y la dejará donde se lo pida.

—Es me suena bastante a control, si podría decirlo de alguna manera. Ayer le dije que la hora para mí no es un problema. Tengo mi propio chófer así que le pido que no se moleste —Me hizo saber, sirviéndose ella Vino.

No sabía qué decirle al respecto, ¿Le preguntaba cómo es que ella, teniendo chófer manejaba una moto? O sin familia, ¿podía permitirse todo eso?

—No quiero nada de romanticismo —aclaró, más seria que nunca, su mirada se había oscurecido por completo —. No quiero regalos, no quiero flores, ni chocolates, ni salidas en público tomados de la mano. No quiero escenas de celos, ni tener que dar explicaciones.

Le dediqué media sonrisa. Había repetido lo de ayer y le agregó más cosas que había pasado por alto. Por supuesto que no obtendría esas cosas de mí.

—No tengo ningún problema con eso —dije, satisfecho. Sus condiciones eran perfectas. Tan parecidas a las mías.

No podía sentirme más emocionado y excitado. Sería mía, por fin sería mía. No es como si llevara años sin sexo, o años esperándola. Pero un día había sido la peor tortura.
Me mataba por completo.

Cuando se hacía la difícil, pensé que tendría que rogar. Aunque yo jamás le rogaría a una mujer, siempre tenía a una. Pero por alguna extraña razón, ahora sólo la quería a ella. La quería a ella en mis sábanas, hacerla mía en cada puto rincón.

—No tengo tiempo para una relación seria, ni menos me gustan. Esta propuesta se apega por completo a mí —me informó.

La miré directamente, no me había dado cuenta que tenía diminutas pecas, sus pestañas eran encrespadas y espesas, sus labios eran  definidos, y sus facciones eran delicadas, sus mejillas tenían un leve sonrojo.

— ¿Qué se apega solo a ti? —quise saber, estudiando cada movimiento de ella. Me resultaba curioso que no se sintiera cohibida con el tema, hablaba con total naturalidad, tan descuidada.

—Solo sexo —respondió, llevándose la copa a sus labios. Acarició la copa con el labio inferior, y de inmediatamente sentí un bulto crecer en mis pantalones. Sus labios eran del pecado. Era tan jodidamente hermosa, sexy, rebelde.

Jamás me había pillado con una mujer tan decidida.

Me encantaba su estilo.

—Quiero conocerte —admití. Sentía mucha curiosidad por ella.

— ¿Qué quieres saber? —su tono de voz se había vuelto distante y frío, no era atrevido. Supe entonces, que no le gustaba hablar de ella.

—No lo sé, qué haces, quién eres... —la miré directamente a los ojos.

Ella no apartaba la mirada, y yo no podía ver nada en ella, era mucho más buena que yo ocultando sus emociones.

—Hagamos un trato —dijo, evitando responder mis dudas —. Yo no pregunto nada sobre ti, y tú no preguntas nada sobre mí.

Se inclinó hacia a mí, fue inevitable no mirar sus labios, luego sus pechos.
Demonios, quería comerla en ese instante.

—De acuerdo —Acepté sin cuestionar nada.
A mí tampoco me gustaba hablar de mí. Pero algo me gritaba que tenía que saber quién era realmente esta mujer antes de involucrarme con ella. Pero era solo sexo, eso me importaba. Después de todo, mi deseo hacia ella era más fuerte que la curiosidad.

—No tienes idea de lo que quiero hacerte en este instante, Cassandra —cambié el tema de una manera brusca. Y con la voz ronca.

Ella curvó su labio en una sonrisa seductora.

— ¿Y qué es lo que quiere hacerme, Señor Ainsworth? — quiso saber, mirándome a los ojos.

—Quiero desnudarte, hundirme en ti, hacer que grites mi nombre. Quiero probarte, saborearte... —estaba tan cerca que pude pasar mi lengua por su labio inferior.

—Eso suena...muy tentador —su voz seguía igual de inexpresiva. Pero, por primera vez en su mirada vi fuego... ella me deseaba.

Secreta Adicción ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora