La besé. La besé con brusquedad y deseo. Tiré de su cabello para que abriera más la boca, en cuanto lo hizo adentré mi lengua en ella. Jamás unos labios se habían sentido así de bien, así de deliciosos y suaves...
Era un deleite. Maldita sea.
El beso era hambriento, no había nada más que deseo e impaciencia, quería más, quería tomarla de una maldita vez. Pero primero quería probarla. Dí la vuelta en la mesa con mis manos enredadas en su cabello mientras le miraba la boca. Mis manos fueron a parar en el cierre de su tentador vestido, bajándolo bajo su mirada expectante. Cuando este cayó por completo, mi miembro saltó en mi pantalón, a su su ropa interior era malditamente tentadora. Llevaba un conjunto de encaje que cubría solamente lo más importante de su bello cuerpo. La tomé de la cintura y la senté en la mesa, la miré a los ojos a la misma vez que mi mano se perdía por su espalda para sacarle el sujetador, ella terminó por sacárselo con una mirada provocativa. Sabía que sus atributos eran dignos de una mujer como ella, me fascinaba su confianza, su rebeldía hasta para mirarme. Saqué sus bragas dejándola totalmente desnuda ante mí, entonces me di el tiempo de admirarla. Sus pechos eran redondos y del tamaño perfecto, sus pezones estaban ya erectos, eran rosados y bonitos, mis fueron a parar hasta ellos, masajeándolos, apretándolos.
Me separé de su boca para besarle el cuello, lamiendo su piel cálida y suave. Me arrodillé en el suelo quedando a la altura de su sexo, la miré a los ojos para ver si en ellos habìa un brillo de duda, pero su tacón se puso en mi hombro, empujándome hacia su sexo. Acto que me hizo sonreír. Besé la piel interna de su derecho, pasé mi lengua lentamente por allí, la oí soltar un suspiro de satisfacciòn. Hice lo mismo con su otro muslo, la miré unos segundos antes de pasar mi lengua por dodo su coño húmedo. la oí jadear, hice círculos por su clítoris. Cassandra arqueó su espalda y sus manos se aferraban a la mesa.
—Vamos preciosa, gime mi nombre. sé que lo sabes.
Pasé nuevamente mi boca por toda su maldita glorisa, sabía delicioso. Era el mejor coño que había probado, a decir verdad. Rosado y estrecho...
—Adrien, demonios...Sigue así o te partiré tu preciosa cara.
Me hizo sonreír de satisfacción.
Adentré mi lengua en ella, joder, no podía estar así de húmeda. Jamás en la vida me había excitado tanto el darle sexo oral a una chica como a ella. ¿Qué demonios tenía?
Me paré del suelo soltando mi cinturón con desesperación, mi sexo dolía y no creía que fuera capaz de seguir aguantando no estar dentro de ella. Bajé mis pantalones junto con mis boxer y sin delicadeza me adentré en ella de un golpe, haciendo que jadeara más fuerte. Salí de ella despacio, para adentrarme en ella con fuerza, sentí sus uñas arañar por encima de mi camisa.
—Joder, Cassandra. ¿No pudiste aparecer antes en mi jodida vida?
Esa mujer era perfecta, pero todo ella me gritaba peligro. Aún así, perdía la puta razón por ella y solo estaba haciéndola mía por primera vez, de muchas más. Porque estaba seguro que no tendría suficiente de ella. Ni de coña la dejaría ir.
Repetí mis movimientos unas veces más, pero la quería en mi cama. Aún dentro de ella la cargue en brazos, llevándola hasta mi habitación, entonces la recosté en la cama, me paré frente a ella y terminé por quitarme la ropa, quedando completamente desnudo y listo para deleitarme de esa mujer. La tomé por sus tobillos dándole la vuelta, vi como se mordía el labio mientras agachaba su torso a la cama, dejando su trasero a la altura perfecta de mi pene. Parecía una profesional. Mi mano derecha fue a su cadera, mientras que la otra agarraba su cabello y tiraba de él. De una embestida rápida y dura choqué contra sus paredes, escuchando sus gemidos por toda la habitación.
Yo estaba totalmente descontrolado.
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Secreta Adicción ©
RomanceAdrien Ainsworth es un hombre que se ha esforzado mucho para lograr sus objetivos, pero está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No le importan los compromisos y es un hombre promiscuo, pero todo cambia cuando se cruza en el camino de Cassand...
