Entré en la jodida mansión acomodando mi saco. Llevaba un traje negro clásico y los zapatos del mismo color, más un antifaz dorado. No me gustaban las reuniones, ni las fiestas. El ajetreo de gente me dejaba sofocado, siempre prefería la soledad y las cosas demasiado efímeras. Me fijé en los presentes, pero no reconocí a nadie. Miré en dirección a una mujer bastante bonita a un lado de las fresas junto a la cascada de chocolate con un antifaz negro de encaje. La reconocí de inmediato. Llevaba un vestido negro de encaje que combinaba con su antifaz, el vestido sexy tapaba lo necesario, un escote en la espalda que le llegaba a los hoyuelos que había tocado la noche pasada. El vestido de apegaba a sus tetas haciéndolas relucir. Esa mujer era despampanante. Emitía una energía abrumadora que dejaba a cualquiera hipnótico. Buscó algo con la mirada como si supiera que la estaba mirando. Cuando se encontró con mi mirada, me dedicó una sonrisa socarrona y seductora, era una mezcla perfecta para una hija como ella, tan segura de sí misma. Se llevó la fresa con chocolate a la boca y la mordió, provocándome. Sentí mi sexo apretar en mis malditos pantalones. Me indicó con la cabeza que la siguiera, se dio media vuelta y caminó hacia las grandes escaleras y subió, como si fuera su casa, o, como si la conociera bien. La seguí sin dudar, pero tenía un montón de preguntas. ¿Qué hacía allí? ¿Era algo de algunos de esos viejos con dinero? ¿Quizá la hija de algún empresario? ¿Quién era Cassandra? Mientras la seguía me repetía esas preguntas, claramente no se las podía hacer directamente, habíamos quedado con nada de preguntas pero me moría por saber quién era realmente la mujer que deseaba cada puto segundo desde que la había visto. A la lejanía vicomo doblaba por un pasillo hacia la izquierda, cuando doblé la esquina Cassandra me separaba parada frente a una puerta, entró dejando la puerta abierta, y cuando entré yo también, la cerré tras de mí con pestillo.
— ¿Qué haces aquí? —solté la pregunta por inercia. Pero no vi nada en su expresión que la delatara, estaba tan confiada que llegaba a abrumarme, pero a la vez me encantaba. Era una mujer espléndida y muy segura que me hacía perder la cabeza con tan solo mirarla. Cassandra se podía sentir a la distancia, radiaba una energía magnética que me arrastraba hasta ella. Se acercó a mí y me mordió la barbilla igual que la pasada noche.
—Dijimos que nada de preguntas —su tono era indiferente. Me miró directamente a los ojos y por más que traté de ver algo en ellos no vi nada. Me inquieté. Era difícil de leer y me pregunté si ella podía ver algo en mí. De pequeño aprendí a controlar mis emociones, pero con ella sentía que estaba al borde de ser descubierto. No controlé las palabras que salieron de mi boca a penas estuve cerca de ella, moría por saber, por conocerla. Como jamás antes sentí esa intriga abrumadora con otra mujer. Puse mi brazo en su cintura y la miré amenazadoramente, pero no pareció importante. Seguía igual de indiferente e inexpresiva.
—Ya lo sé, pero si tienes algo con algún ricachón merezco saberlo. No me gusta compartir a mis amantes —ella soltó un suspiro.
—No estoy con nadie, al menos no como tú crees —volvió a morderme la barbilla, levanté la cabeza para darle mejor acceso. Tenía una manía con moderla, al parecer. No quería hacerle más preguntas porque sabía que no me respondería ninguna. «Al menos no como tú crees» ¿qué mierda significaba eso?
Caminé hacia adelante haciéndola retroceder. No había abandonando mi cabeza ni un segundo hasta que la distinguí hacía algunos minutos atrás. Y la tenía para mí, sola para mí. La cargué la cintura sentándola en el mesón frente al ventanal con cortinas blancas finas. Las preguntas no abandonaban mi cabeza pero tampoco quería cagarla con ella. Me patearía el culo, yo mismo si rompía las reglas de mí juego. Le devoré la boca en un acto desesperado apretando la carne de sus muslos, levanté su vestido y bajé sus bragas negras muy pequeñas... me las metí al bolsillo trasero de mi pantalón. Desesperada, desabrochó mi cinturón y bajó la cremallera de mi pantalón, a penas mi erección estuvo fiera me hundí en ella y soltó un grito ahogado enterrándome las uñas en mi espalda arqueándose más a mí. Mis embestidas eran duras, rápidas, descontroladas. Sus uñas dolían mientras se aferraba a mí, sus tacos se enterraron en mi trasero, pero estaba cegado en sus estrechas paredes vaginales mientras la embestía como un animal.
—Adrien —gimió mi nombre y me mordió el hombro. Solté un gruñido y comencé a embestirla con más fuerza. En la habitación se escuchaban sus gritos mezclándose con nuestras pelvis chocando. Suspiraba con cada embista. Perdía la cabeza. Se dejó caer en la mesa y entonces me agarró por las muñecas con fuerzas. Le gustaba, la volvía loca y eso a mí me fascinaba. Sentí una posesividad y una curiosidad intensa mientras la hacía mía que me estaba ahogando. Cerró los ojos y me di el tiempo de admirar su rostro, era una belleza rebelde, independiente. ¿Por qué jamás antes no me crucé con ella? Cassandra tenía todo lo que me gustaba, y a pesar de su carácter fuerte que presentía que chocaría con el mío, no podía tener suficiente de ella, me preocupaba de que jamás podría saciarme.
Alcanzó él pegando antes que yo, la embestí más lento y me fui yo también. Caí en cuenta de que no habíamos usado protección ninguna de las dos veces. ¿Cómo no lo había pensado antes? Siempre usaba el maldito condón. Estaba claro que Cassandra me ponía demasiado caliente para tener eso en cuenta. Pero a ella parecía no importarle ni menos preocuparle. Aún así, quería salir de la duda.
—Cassandra—llamé su atención tratando de controlar mi respiración. Me miró mientras estudia acostada en la mesa, yo seguía entre sus piernas. Su cara estaba roja y respiraba entrecortadamente. Frunció el ceño —. No hemos usado condón.
Tiró su cabeza hacia atrás y tragó saliva. Me aparté un para subirme los pantalones. Se paró de la mesa acomodándose el vestido.
—No te preocupes por eso —se acercó a mí y me quitó las bragas de mi bolsillo, se las puso bajo mi expectante mirada —. No puedo tener hijos.
Y salió sin más.
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Secreta Adicción ©
RomantikAdrien Ainsworth es un hombre que se ha esforzado mucho para lograr sus objetivos, pero está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No le importan los compromisos y es un hombre promiscuo, pero todo cambia cuando se cruza en el camino de Cassand...
