Hermes Stärke, dueño de la Empresa Petrolera Stärke. Concentrado plenamente en mantenerla en pie y otros problemas personales, por ejemplo, cazadores. Quienes aparecieron ya hace varios años atras. Pero aun asi, Hermes parecia tenerlo todo controlad...
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— Me traeras un regalo, ¿verdad?— Sonrio, al escuchar la voz de Liz
— Si.— Cierro la maleta y la coloco en el suelo — ¿Qué quieres que te traiga?
— Mucho maquillaje.— Sonrie
— Mmh.— Me agacho a su altura — Yo creo que eres un poco pequeña para usar maquillaje.— Frunce el ceño
— No es cierto. Mi piel aguanta.— Toca su rostro sonriendo, rio
— Vamos, ya habrán llegado por nosotros.— Tomo su mano y salimos de la habitacion. Me giro mirándola y mi mirada cae detras del armario, donde deje el arma. Cierro la puerta y me aseguro de dejarla con llave.
— David, ya deja el telefono.— Tomo a Abby de su sillita y arreglo su ropa— ¿Ya estan listos?
— Si.— Responden al unisono. Toman sus mochilas y yo tomo mi maleta. Camino a pasos rapidos hacia la puerta, les hago paso para que salgan
Cierro con llave y las guardo, mientras caminamos hacia el ascensor.
— Recuerden comportarse.— Entramos y oprimo el boton de la planta baja— Nada de gritos, nada de peleas a mano y por favor...— Los miro— nada de tirarse comida.
Comparten una mirada, asienten.
El ascensor se abre y salimos. Uno de los guardias enseguida se acerca a ayudarnos con las maletas, le doy una mirada de agradecimiento, mientras camino hacia la salida.
— Disfrute su viaje, señora.— Giro mi cabeza hacia la recepcionista y su escalofriante sonrisa. Le sonrio forzadamente y salgo del edificio
Es un viaje de trabajo, dudo que lo disfrute.
Veo a lo lejos una camioneta negra, a los segundos la puerta de copiloto se abre, dejando ver al señor Stärke en el asiento de piloto.
Suspiro.
El guardia le abre la puerta de atras a los niños. Escucho como saludan al señor Stärke, mientras me siento en el asiento del copiloto.
— Buenas noches.— Hablo, mientras cierro la puerta. Me giro hacia a el, le sonrie a Abby y luego me mira
— Buenas noches, Octavia.— Entreabro la boca, cuando escucho mi nombre pero carraspeo, mirando hacia adelante
El auto empieza a conducir, bajo un poco la ventana para ver mejor la ciudad.
— Señor, ¿tiene piscina?— Abro mis ojos en par en par, giro rápidamente mi cabeza hacia David. Lo miro mal— ¿Qué?
El señor Stärke rie, dirijo mi mirada hacia el.
— Si, tengo piscina.— Responde tranquilamente, veo de reojo la gran sonrisa de los niños