27. DÉJALA LIBRE

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Una semana más tarde...

El olor a hospital nunca me había gustado. Y menos el café de aquí. Parece que las máquinas estén rotas o que les chorreé aceite en el café, porque de verdad que sabe muy mal. Tiro el vaso del cuarto café que me había tomado hoy a la papelera del pasillo. Me quedo unos segundos observando el contenido de esta. El tiempo aquí pasa muy lento, aunque lento era quedarse corto; parece que los minutos no pasen, que el reloj se haya quedado sin pilas y esté siempre dando la misma maldita hora.

Cierro los ojos dejando ir un suspiro por mis labios. Tranquilo, está viva. Me recuerdo por décima vez, seis veces más que los cafés que me había tomado. Pero necesito recordármelo todo el rato, porque hace una semana que pensé que Abby había muerto en mis brazos sin poder hacer nada más que gritar de dolor por ella. Nunca podré protegerla, ni salvarla. Y me estoy haciendo a la idea de ello.

Justo cuando la apartaron de mis brazos, Abby dejó de respirar. La bala le rozó los pulmones, pero no le llegó a perforar nada de importancia vital. Fue una herida limpia, la bala había salido y eso le dio tiempo suficiente a Jack para llevársela fuera de ese sitio, donde una ambulancia estaba esperando. Había venido con los refuerzos.

Alguien pone su mano en mi hombro y ese gesto me pone erguido de golpe, dándome la vuelta. Es Jack. Con su rostro demacrado y unas ojeras que parecían infinitas. Enfermeras y auxiliares pasan por detrás de él con paso apresurado. Siempre andan así, como si en cualquier momento alguna vida dependiera de ellos.

—Hola —le saludo. Miro hacia atrás de él, pero va solo—. ¿Dónde está Claire?

Él se frota los dos ojos con las manos y vuelve a mirarme—. Está en la habitación.

Asiento y miro hacia abajo sin saber que más decirle, pero entonces él me coge del hombro y me lleva a otro rincón del hospital, para estar más solos. Él vuelve a hacer el mismo gesto que antes con los ojos, lo que me deja adivinar que lleva la misma semana de mierda que yo con el sueño y el descanso; o sea nula. Traga saliva y me mira fijamente a los ojos.

—Tienes que terminar con ella, Jake —susurra con la voz rota. No quería llegar a este punto—. Sé que te has torturado con esta decisión, pero se lo debes.

Esta vez soy yo el que toma su gesto y me remuevo el pelo con la mano, poniéndome más nervioso de lo que ya estaba horas antes. Los cafés tampoco ayudan.

—Jack, ella es mi vida —le gruño.

—Sabes que es lo mejor —dice poniéndome la mano en el hombro, apoyándome—. La he visto morir dos veces delante de mis narices, Jake. Es mi hija. La cuidaré. Hazlo por ella.

Él me mira con ojos suplicantes y no puedo hacer otra cosa que asentir. Tiene razón; ella estará mejor lejos de mí. Tengo que dejarla ir.






Mis ojos se abren lentamente e intentan adaptarse a la luz que entran por las ventanas de la habitación. Me los froto con una mano y cuando giro la cabeza, una media sonrisa me da la bienvenida. Mi pecho empieza a respirar agitadamente, y la observo bajando la mirada hacia mi mano entrelazada con la suya. La retira suavemente y vuelve a mirarme a los ojos.

—Hola, Jake —susurra ella con la garganta seca.

Me levanto rápidamente para ofrecerle un vaso de agua, y la ayudo a incorporarse para que pueda beber mejor. Se mira los brazos, que están llenos de agujas y otros aparatos. Ella frunce el ceño cuando los ve y vuelve a mirarme preocupada, pero mis ojos no pueden mirarla, porque están mirando fijamente los cortes que tiene en la muñeca izquierda. Seis grandes y profundos cortes mal hechos yacen cicatrizados en su piel, en su bonita y blanca piel. Le cojo el brazo de repente causándole un escalofrío. Ella lo aparta de repente e intenta tocarme la mano pero esta vez la aparto yo de un golpe. Mi pecho empieza a subir y a bajar repetidamente y me obligo a mantener el control de la situación si no quiero estropear las paredes del hospital.

Amor Robado [#2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora