Ian estaba en el taller de trenes. Ya había vuelto a trabajar luego de haber ayudado a Dave a limpiar la tienda. Como todos los demás, vestía un overol gris y bototos, pero lo diferenciaba su casco blanco, el cual indicaba que el era el encargado del lugar.
—Ian, los vagones diecisiete, veintiuno y veintidós llegarán a las tres. —dijo un hombre acercándose al chico que estaba chequeando algunos datos en la computadora del taller.
—Están autorizados. A las cinco también llegaran otros dos, dile a Jean y Mike que...
Su teléfono volvió a vibrar. Lo hacia siempre a la misma hora todos los días. Era un mensaje de Satoshi. El día que hablaron en el tren, habían quedado con verse para tomar un café, el día era hoy, pero Ian no tenía muchos ánimos de sociabilizar. El trabajo estaba siendo bastante tedioso, y hacia más calor que los días anteriores. En resumen, el animo de Ian estaba peor que de costumbre.
—¿Ian? —preguntó nuevamente el hombre frente a él.
—Lo siento, si, atiende los tres vagones que llegarán ahora a las tres y a las cinco los otros dos, mandaré un mensaje para que no nos envíen más por hoy.
El hombre asintió y se retiró.
Ian tomó su celular, pero no respondió, así que simplemente volvió al trabajo.
—¡La rueda cuatro esta gastada! —gritó un hombre que estaba debajo del tren suspendido mientras inspeccionaban minuciosamente cada rueda de los vagones.
—Llévale las herramientas y carga las ruedas en la horquilla, iré por el carro. —ordenó Ian a otro hombre cerca de él.
Así estuvieron hasta las ocho de la noche. Cambiando rueda tras rueda de cinco vagones. Revisando rodamientos y alineamientos. Por poco que suene, era un trabajo que Ian hacia con total compromiso y delicadeza, no por nada era el taller con más tránsito de vagones para su reparación.
El chico eras dedicado con lo que hacía. Tenía solo veinticinco años, y en esos años había vivido más que muchos de setenta años. Sabia muy bien que la inexactitud de vivir sin un plan de escape le provocaba ansiedad, también le provocaba dolores de cabeza, anqué esta última era por su hermano. A diferencia de Dave, Ian no nació con un sol sobre su cabeza y tampoco nació sonriendo y riendo, ni viendo el lado bueno de las cosas, ni el vaso medio lleno. Ian solía ser serio, cosa que se intensificó en su puesto de trabajo. Debía inspirar respecto, un chico de diecinueve años entrando a un taller mecánico de trenes donde los hombres tenían sobre treinta años, fue intimidante, pero como dije antes, lo que se proponían los hermanos Walker lo cumplían. Al pasar los años, gracias a Dave, Ian de alguna forma se fue ablandando, como plastilina, fue un poco mas moldeable, ahora si reía con Dave, y veían de vez en cuando veían un partido de futbol juntos, sonreía y era amable con Fló, como también con Connie. Sin embargo, Ian siempre se preguntó cómo era que su hermano aun en tiempos difíciles, como su separación o esta batalla por la custodia de Fló no había apagado o destrozado su optimismo o carisma, y aunque no sabia la respuesta, esta era mucho mas compleja que lo que él creía.
—Buen trabajo hoy. —dijo mientras los demás trabajadores terminaban el turno y se iban del lugar.
—Igualmente Ian. —respondieron algunos.
Ian cerró el taller y caminó a la parada de bus mas cercana. Siempre lo hacía cuando trabajaba hasta tarde, ya que quería darse un respiro de los trenes, así que decidía tomar un bus hacia la parada de taxis, y de ahí a su casa.
—Llamé a mas de cuatro talleres, hasta que di con la dirección del "encargado del taller mecánico número cuatro"
La voz era obvia cuando iba a medio camino hacia la parada de buses. Era Satoshi. Vestía jeans y una chaqueta veraniega delgada y el cabello desordenado.
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El Florista.
Teen Fiction「Terminada」La verdadera motivación detrás de esta historia es incierta. Quizás este justificado por el despido de Dave de la universidad, o de las ganas de hacer algo más que solo enseñarles a mocosos sin respeto en las aulas. Pero una cosa esta cla...
