La voz detrás del teléfono

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“Tal vez la juventud es desperdiciada en los jóvenes, nuestra calamidad viaja en envases, bebiendo nuestro espíritu adolescente”.

—ORLA GARTLAND. Lonely People.

—¿Diga? —Respondió Marina con la voz temblorosa—. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Preguntó con insistencia. No estaba para juegos. Debía acudir a la policía antes de que pasara más tiempo y lo único proveniente del otro lado de la bocina era silencio, o estática.

—¡No sé quién carajo seas, pero eres un imbécil!

Y colgó.

Salió disparada de su habitación hacia la puerta de la entrada. Cargaba con su celular, un suéter delgado, y un poco de dinero. No podía pedirle a su madre que la llevara así que tenía que tomar un bus que la llevara a su destino, o un taxi. No importaba, tenía que llegar al departamento de policía.

—Voy a salir una hora, mamá. Nos vemos —dijo al llegar a la estancia donde su madre seguía trabajando.

—Pero, oye, Marina. ¡Te puedo llevar! —Grito la señora mientras Marina cerraba la puerta de la casa.

—¡Está bien así! —Respondió a gritos—. ¡Voy con Lorena!

Por fortuna la curiosidad de la señora no llegó más lejos y Marina se pudo marchar sin ser interrumpida.

La cálida noche de ese miércoles no era tan cálida para Marina. Un frío le recorría la espalda, las manos, los pies; ella había escuchado hablar tantas veces de eso, tantas veces de una sensación que no había experimentado por cuenta propia: adrenalina.

Avanzó con los nervios hechos un desastre, y cuando no pudo más con la lentitud con la que andaba echó a correr.

Salir del fraccionamiento llevaba unos cuantos minutos a pie, los cuales se redujeron rápidamente mientras Marina corría. En el trayecto, su móvil volvió a sonar.

—¡Carajo, deja de estar llamando! —Le gritó al interlocutor sin saber ni siquiera a quién le había respondido.

—¡Hey! ¡Qué agresiva! —Replicó la voz de Lorena—. Veo que estás ocupada.

Marina maldijo en silencio.

—No. No —dijo a toda prisa—. Pensé que eras alguien que habla sólo para molestar.

—Está bien, te creeré sólo porque eres mi amiga —contestó Lorena, la cual ni parecía ofendida por teléfono—. ¿Puedes decirme por qué me colgaste la llamada en Skype? —Preguntó curiosa o parecía más bien pedir una explicación.

—No. Lo siento…

—Marina. No me haces tonta —añadió Lorena con seriedad—. Sé que conoces a Daniel. Sé que hablabas con él. ¿Tiene algo que ver eso con la forma en la que te has estado comportando conmigo cuando menciono su desaparición? Si es así, te ruego me cuentes. Puedes confiar el mí…

—Lorena, de verdad. No es… eso —dudó un segundo—. Son otras cosas.

—¿Como cuáles?

—Como mi familia —ahí estaba Marina, mintiendo de nuevo.

Salió del fraccionamiento, debajo de un arco con un puesto de vigilancia vacío, y enseguida su transporte apareció en el horizonte a su izquierda.

—Estás mintiendo —Lorena dijo con total convicción—. No sabes mentir. ¿Por qué me mientes?

—¡Estás haciendo las cosas más complicadas! —Gritó Marina mientras el bus se detenía en la parada y le abría la puerta.

—La que complica algo eres tú. Yo no he parado de contarte cosas, de ser tu amiga, en cambio tú, lo único que haces es mentirme. Creía que entre las dos había una especie de amistad, de una buena amistad…

No somos amigos ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora