La última mañana

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“La gente en este tren.

Ya se ha hecho una idea sobre mí.

Puedo comenzar a sentir su odio”.

—LAUREN AQUILINA. Forest Fires.

Tras lo del casillero ambos, Marina y aquel muchacho, se hicieron conocidos, compañeros.

Hablaban de vez en cuando. Intercambiaban un chiste, una pregunta, una inquietud, y si había tiempo de sobra, charlaban de lo que querían hacer en el futuro.

Pero en el resto de los pasillos del colegio todo eran miradas llenas de un saludo silencioso, de gestos tímidos, o de ademanes invisibles para los demás.

Eran agua y aceite.

El señor popular, y la señorita cerebrito.

Marina comprendía que si no se hablaban era porque no podían según las leyes, estúpidas, muy estúpidas, del bachillerato.

Cada oveja con su pareja.

Y así fue, durante casi tres años, con tan solo un mes para el fin de todo, y el inicio de la universidad.

¡Bendita universidad! ¡Santa universidad!

Aquella mañana, Marina iba lista para otro día con sus amigos, con los maestros, y nada más.

No era que se pasara pensando en el muchacho del casillero, del cual, vagamente recordaba su nombre ya que nunca se lo había preguntado, ni él a ella.

Era especial el vínculo; anónimos a voluntad.

Cuando entró en la escuela sintió que algo era diferente. No sabía qué, pero era algo palpable.

—¡Hey, Marina! —Oyó que la llamaba su mejor amiga, Lorena.

—¡Hola! ¡Tanto tiempo sin verte! —Exclamo la chica en respuesta—. ¡Mírate, cómo has crecido!

—Eres una tonta —contestó entre risas Lorena.

—Ahora que lo recuerdo y lo analizo bien, no ha habido un solo día este año en el que no me recibas al entrar. ¿Qué no duermes? Digo, siempre estás muy temprano aquí.

—Al que madruga, Dios le ayuda —replicó su amiga.

—O le salen verrugas —agregó Marina y ambas se echaron a reír.

—Estás muy feliz el día de hoy, querida —puntualizó Lorena, escaneando de arriba abajo el aspecto de su mejor amiga—. ¿Te hiciste algo nuevo? ¿Conociste a alguien?

—Ja. Ya quisieras, o quisiera yo —suspiró—. No, es sólo que quise venir de buenas el día de hoy. Hace un lindo día.

—Lindo día, sí, para desaparecidos.

Ambas caminaban, codo a codo, rumbo a su salón de clases. Quedaban alrededor de veinte minutos, pero qué más daba adelantarse un poco.

—¿Desaparecidos? —Marina frunció el ceño consternada—. ¿De qué hablas?

—Hablo de Don Popular —respondió Lorena con voz chillona, imitando el falsete de las porristas—. Se nos ha fugado el día de hoy. Bueno, de ayer, en realidad.

—No te estoy entendiendo, amiga.

—A veces eres demasiado lenta —Lorena parecía molesta—. Me refiero a que hoy por la mañana ha corrido el rumor de que se ha fugado. Nadie sabe con quién, o a dónde. Pero a mí me parece que quiere tener una aventurilla antes de que termine la escuela.

No somos amigos ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora