Siempre hay más amigos

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“Oh amigos caídos.

¿Adónde han ido?

¿Vieron el mundo?

—RONNIE DAY. Birds in a storm.

 

Marina nunca había perdido a un amigo, o al menos no del modo en el que terminó con Lorena.

Se sentía mal, sí, podíamos decirlo de ese modo, sin embargo, era un total alivio no encontrarse con ella a la mañana siguiente.

Sus pensamientos estaban enfocados en una sola cosa: Daniel.

¿Por qué le había llamado? ¿Cuál era el motivo? No eran más que simples conocidos de casillero, y… ¿cómo carajo había conseguido su número telefónico?

Si bien, nadie podía responderle las preguntas en ese momento, sabía que Daniel era un chico listo a pesar de ser popular. Quién sabría cuántas cosas podía esconder una persona que a simple vista parece normal.

Y así. Sola. Entró a la mañana siguiente a la escuela, sin Lorena en la entrada esperando para interceptarla. Se sentía un poco sola, pero se acostumbraría a la sensación.

El colegio parecía más grande, más real, más como un colegio. Los pasillos se abrían ante los estudiantes que llegaban y circulaban en ellos, los vidrios, las puertas, los maestros. Todo tenía un aspecto raro, como si Lorena lo hubiera cegado todo durante el tiempo que fueron amigas.

Marina suspiró con fuerza. Le esperaba un largo día.

Su teléfono estaba roto y si Daniel intentaba comunicarse con ella no podría gracias a eso. Marina deseaba con tantas ganas oír la voz del chico, decirle todo lo que pensaba, decirle que volviera, pero no había manera de ponerse en contacto, a menos que consiguiera un móvil sin tarjeta SIM.

Las clases corrieron como agua hasta la hora del receso. La soledad comenzaba a apelotonarse en la cabeza de Marina, se sentía tan sola que prefería evitar el comedor, más aun así fue.

Los chicos entraban en grupitos y hablaban de sus temas, otros entraban solos y se encontraban ahí con alguien que no compartía clase con ellos, u otros entraban y se iban a otro lado. Marina entró en el comedor y al verse rodeada de gente que acompañaba a otra gente se sintió desnuda.

Caminó por aquel sitio enorme ocupado por alrededor de veinte mesas con ocho puestos cada una, buscó una mesa vacía en el fondo del comedor y se sentó. Sacó su almuerzo un poco tímida acerca de si debía irse o permanecer ahí, mas aguantó y empezó a comer.

Los minutos pasaban y mientras tanto observaba a todos los demás. Los populares jamás se pasaban por el comedor, los que tenían sus grupos reían a carcajadas o compartían algún interesantísimo secreto. Lorena no estaba ahí en ese momento, pero se imaginaba a la chica con otro montón de amigas, mucho menos protestonas como Marina, y comenzó a reírse. No porque Lorena ya no fuera su amiga sino por la facilidad en la que probablemente se habría desecho de ella.

Psst.

Escuchó Marina. Volteó a todos lados posibles y no distinguió quién le hablaba. Volvió a concentrarse en su comida.

Psst. Hey, Marina.

Volteó y de nuevo nada.

—¿Sabes? —Un chico se sentaba junto a ella en ese instante—. Eres un poco despistada para ser tan inteligente.

Conocía aquella voz y conocía aquella cara, pronto el corazón le dio un vuelco.

—¡Max! —Gritó ella asombrada—. ¿Q-qué haces aquí?

No somos amigos ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora