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CEPEDA:

Y llega ella al lugar donde nos encontramos, con esa sonrisa que parece nerviosa, pero aun así irradia energía, luz y felicidad por cada rincón de su piel. Esta piel donde me gustaría perderme, contando cada lunar que la decora, viviendo cada madrugada a su lado, quemando cada curva de su piel que ahora brilla por los rayos de sol y despertar desnudos entre nuestra ropa al revés. Deseando verla cada día medio despeinada, recién levantada y descolocándolo todo.

- Niña, esto es para ti. - veo como le tiembla la mano cuando coge el plato con la tortilla de patatas que le ofrezco.

- Supongo que lleva cebolla - mi mirada ofendida le muestra que nunca cometería este delito. - Luis, pues así estará mala - dice sacándome la lengua.

Espero impaciente que acabe el trozo que se ha llevado con rapidez hacia la boca, esta receta estrella que hoy lleva un ingrediente especial, como dirían las abuelas, amor.

El tiempo pasa lento, parece que lo esté viendo todo a través de una pantalla a cámara lenta. Pero los minutos no hacen más que corre, ya lo dicen que el tiempo vuela, y pronto nos acabamos aquel dulce que hace un rato Aitana ha ido a buscar recordando que prometió dejármelo probar. Cuando ha entrado con este en la mano me he quedado sorprendido por los colores vivos y las mil decoraciones que le adornaban, y que seguro que ella tardó en hacer bastante rato hasta que no estuvo segura que quedaba todo perfecto.

- Supongo que eso sí que lleva cebolla, ¿verdad? - se ha escapado de dentro de mí dejando entrever una sonrisa burlona. Ella aprovechó para echarme el paño de cocina que llevaba colgado en el hombro y suerte que lo he cogido antes de que cayera piso abajo.


Pasamos los minutos conociendo y descubriendo cada detalle de nuestra vida, cada detalle del pasado que nos ha hecho quienes somos ahora. Descubro que tiene alergia a la piña y que le da miedo volar, escucho atento cuando me cuenta la mudanza desde su pequeño pueblo hasta esta gran ciudad y el gran miedo que pasó sola dentro del avión. Acabamos teniendo conversaciones sin sentido donde el gran protagonista es nuestra risa.


- Acércate - le digo acompañando las palabras con un gesto tras contarle un chiste y que Aitana se riera de mí pero de lo malo que era, según su criterio. Ella se levanta de la silla donde ha estado comiendo y se coloca en el límite del balcón, apoyando su cuerpo en la barandilla. Saco el móvil y busco la posición perfecta para hacernos la foto sin que moleste la luz del sol.

- Salgo sin flequillo, ¡seguro! - dice ella haciendo un gesto que ya encuentro normal y colocándoselo.

- No, que sales bien.

- A ver...

- No, no que la borras - digo apartando el móvil para que no me quite.

- No, que la quiero ver, va Luis. Dámelo.

- No lo borres. - accedo por culpa de los ojitos que pone.

- ¡Ay! Me has dado calambre. - dice cuando ya tiene mi móvil cogido y apartando la mano rápidamente. - Me gusta la última, pásamela.

- Es bonita. Parece que tengas once años. Yo con mi hija. - digo riendo y burlándome de la cara que hace cuando lo digo.

- ¿Puedo editarla yo, porfa? Y si no te gusta lo haces tú. - dice ignorando mis palabras. Yo evidentemente cedo a sus demandas.

La miro mientras ella trastea con mi móvil, por instantes este silencio parecía decir algo. Y vuelvo a soñar con que le robo los secretos de su cuerpo cuando acaricio su mano que ahora me devuelve el móvil con la fotografía ya editada, asegurando que los retoques que ella ha hecho han convertido la foto en perfecta.


Parece que no conozca el miedo cuando estoy a su lado, aunque este muchas veces pueda más que el corazón, y es por eso que cojo la guitarra y empiezo a tocar las primeras notas de una de mis últimas canciones que está inspirada en la persona que me mira con la cara apoyada sobre sus manos y los ojos húmedos.

No puedo quedarme callado y todos mis sentimientos, en forma de canción, van saliendo sin parar. Diciéndole alto y claro que desde que ha aparecido no la he querido ni podido olvidar.

Viviría siempre este momento.


Es imposible que ya sean las ocho cuando el silencio, que hacía rato nos rodeaba sólo roto por nuestras voces y risas, se ve interrumpido por los aplausos. Sin dejar de mirar sin control nos añadimos a los agradecimientos.

La noche se hace eterna con ella y de golpe nos encontramos observando cómo sale el sol desde nuestro balcón.



Espero que os esté gustando. ¿Qué creéis que pasará después de esta cita que han tenido en el balcón?

En este capítulo en concreto me he inspirando completamente en las canciones de Luis, ¿habéis reconocido alguna?

Espero que todas y todos estéis bien. Mucha fuerza y muchos besos.

Nos vemos, Lia.


Aire entre los dosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora