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Día a día vivimos con ansiedad y estrés, desde que nos levantamos hasta que regresamos a nuestras alcobas, muchas veces con problemas para conciliar el sueño y deseando que el día siguiente sea mejor que el acontecido hoy.

Cada día en la facultad o en el trabajo tenemos que hacer hasta lo imposible por no provocar las más mínima sensación de desagrado en los demás, en nuestros compañeros como colectivo, en esos otros sujetos que no saben cómo actuar ante una sensación desagradable.

Nos pasa a menudo que cuando la cagamos ante los demás, ellos sólo voltean a vernos, con sus carotas de policías mal pagados, expresando su desagrado, mientras esperan que hagamos algo al respecto, pues acabamos de quebrantar el orden, la paz, eso a lo que todo grupo de humanos aspiran y pretenden conservar por siempre. No importa si sólo derramamos algo de agua o café en nuestro cubículo o butaca, quebrantamos el orden y eso, para esos hipócritas, es motivo de, por lo menos, reprobación y rechazo.

Esta situación que vivimos día a día es el poder que nos oprime, el poder de la mayoría, del colectivo, sobre el indiv

iduo y los grupos minoritarios, los diferentes, los que se atreven a pensar diferente, a no seguir las mismas modas y, sobre todo, a perseguir sus propias metas.

El ser humano por naturaleza busca resguardarse en el regazo de sus demás compañeros, necesita ser aceptado por la manada (sociedad en este caso) para sentir que tiene voz y fuerza, para sentirse capaz y por tanto con poder sobre quienes considera <indeseables>.
de que terminamos la niñez, nos vemos en la necesidad de pertenecer a un grupo, necesitamos aceptación, aprobación, elogios, aplausos, risas, palmadas en la espalda, abrazos, en fin, queremos cariño por parte del entorno pues el recibo en la familia (si se recibió) ya no nos es suficiente, pues lo vemos como una piedra en el zapato. Quienes consigan tal cariño, serán dichosos; quienes no, les depara una juventud llena de soledad y depresión, creyendo falsamente que su persona, con todos sus gustos e ideales, son el problema.

Los adultos no son diferentes a los adolescentes, ellos también se agrupan para sentirse, ya no sólo queridos, con autoridad y derecho sobre todo, quieren mérito y fama pues, por ello crean partidos políticos, empresas; viven en zonas residenciales o lugares que les permita demostrar su poderío.

Toda esa gente que hoy ostenta poder no lo consiguió solo, por voluntad propia, lo hizo gracias a los demás, a esos quienes creyeron en él, de no ser así estaría junto quienes llama perdedores, inadaptados, indeseables y anormales.

El poder que otorga el mérito y la aceptación social es grande, pero ellos te quieren hacer creer que no es así, por ello, a través de su arte y marketing basura, quieren volverte egoísta y prepotente, estúpido y altanero, lo único que quieren es domarte para que no les compitas. Al final todo se lo llevan ellos, los que están arriba, mientras tú te desvelas y desgastas, ellos se divierten y la pasan bien, burlándose de tí a tus espaldas.

La sociedad no quiere individuos pensantes, con identidad propia, quiere a gente que les terminará robando todo y burlándose de ellos, les importa más tener a una autoridad, a un manda más que a un auténtico líder, a un maestro, a un guía.

Cobarde es la sociedad por no querer enfrentar sus miedos, por esconderse en su paraíso urbano, por evadir su yo interno, su lado salvaje y bestial, su verdadera naturaleza. Sólo el individuo salvará a su especie, pero necesitará ayuda pues en soledad acabarán con él.

No dudes de ti mismo, amigo, tienes mi confianza, sólo te pido deshacerte de ese apego que tienes a los demás y emprender tu camino. No es fácil pero así lograrás más de lo que sueñas, sólo así daremos fin al poder del colectivo, de los cobardes, al poder que nos oprime.

 No es fácil pero así lograrás más de lo que sueñas, sólo así daremos fin al poder del colectivo, de los cobardes, al poder que nos oprime

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