La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El tramo inicial no fue tan difícil; era inclinado pero firme, y gracias a la agilidad que había ganado en los últimos días, pronto alcancé a la playa. Allí las cosas se complicaron un poco: a ratos mis pies se hundían y de repente, tropezaban con objetos sólidos ocultos bajo la arena.
Al llegar a la orilla del agua, me senté y tomé un poco de arena con el puño cerrado. Una ola llegó hasta donde estaba y la arena bajo mí cuerpo comenzó a deslizarse. Recordé las visitas a los graneros, cuando metía las manos a escondidas en los toneles llenos de arroz. La sensación era parecida: granos chocando entre sí, transfiriendo su energía, su movimiento, en una corriente en la que fluían juntos, pero separados. Llevé la mano al agua y la arena comenzó a ser arrastrada, dejándome la sensación de un millón de diminutas caricias.
Mamá solía comprarnos tarros de arena cinética para jugar. Estaba hecha de arena purificada, libre de radiación. Me encantaba, pero en ese instante comprendí que esos juguetes no eran más que una burda imitación de la verdadera experiencia.
Mi gente había fallado miserablemente al intentar imitar la creación. No había luces en la colonia que brillaran como la luna, ni pisos que reflejaran la luz como el mar, ni techos lo suficientemente altos para hacernos sentir así de libres. No habíamos transformado nuestra naturaleza, solo aprendimos a negarla. Tal vez por eso nos costaba tanto ser felices.
No sabía cuánto tiempo llevaba lejos de Evan. Una parte de mí era consciente de que me había demorado más de lo esperado, y de que el primate estaba tratando de protegerme de algo. Pero yo estaba tan en paz que, literalmente, hubiera sido feliz muriendo allí mismo. Pensé "qué diablos", encendí la linterna de Bii y la envié sobre el mar abierto.
Hacía años que no usaba la cámara. Hacía años que no había nada digno de conservar en su memoria, pero eso sí merecía un lugar en mis archivos.
Más allá del torbellino de olas y espuma, el mar se volvía más profundo y sereno. El agua absorbía la luz que Bii proyectaba y la convertía en un espectáculo tan sobrecogedor, que parecía un escenario de otro planeta. Seguía a Bii a través del hológrafo cuando un grito me sacó de mi trance.
―¡Bii, apagá la linterna y regresá ya! ―ordenó Evan.
Me alzó en sus brazos. No me lastimó, pero la fuerza y la brusquedad con que lo hizo fue atemorizante. Casi lo golpeo.
―¡Déjame en paz, mono de mierda! ―le dije zafándome.
Evan se quedó inmóvil, la ira bañando su rostro.
―Perdón, no quise decir eso. Pero por favor, ¿podrías dejarme aquí un puto momento? ―añadí aún alterada.
―¡Hacé lo que se te dé la gana! Yo me largo.
Se volteó enfadado y comenzó a alejarse. Me sentí un culpable y empecé a seguirlo, llamándolo por su nombre, pero él ni siquiera volteó a verme.
―¡Bueno, a la mierda! ―grité y me dejé caer de cara al mar y de espaldas a él.