Capítulo 24 - Esa Maldita Costumbre

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Estábamos sudando, jadeando. Evan me abrazaba con fuerza, pero yo no quería devolverle el gesto.

De pronto, escuchamos un tintineo de llaves y la cerradura abriéndose. Evan me apretó con un brazo y con el otro apuntó el arma hacia la puerta.

Yo no veía nada: tenía la cara enterrada en su pecho. Escuchaba su voz saliendo desde la garganta, pero los demás sonidos a mi alrededor no eran claros.

—No se acerquen —dijo Evan—. Ya pasó.

—Entréguenos el arma y retroceda —le indicó alguien.

—¡No! A menos que me garanticen que no van a tocarla.

—¡Evan, colaborá! Aléjate de ella —dijo una voz femenina.

—¡No! Doctora, ya pasó. Yo me encargo ¡Dígales que se vayan!

Me abracé a él y lo dejé seguir negociando. Cuando finalmente acordaron no lastimarme, Evan me soltó para poner el arma en el suelo. Al apartarse, sentí que iba a caer, pero me mantuve en pie. Los guardias y la doctora me miraban tensos, pero ninguno intentó acercarse.

Murmuraron algo entre ellos. Luego le dijeron a Evan que saliera, y me dejaron encerrada en aquel salón.

Me acerqué a la puerta, tratando de averiguar qué pasaba afuera.

—Ya vio cómo está de alterada. Si se la llevan, va a ser peor —oí decir a Evan.

—Pero es peligrosa, Evan. No puedo tenerla aquí —respondió la doctora.

—No es peligrosa, créame. Todo fue un error. Es mi culpa que se pusiera así.

—¿Estás seguro?

—Sí. Ella fue la que nos dio la alerta allá en Texas... nos salvó la vida —explicó Evan bajando la voz.

Se hizo un silencio al otro lado de la puerta. Los pasos y las voces se alejaron por el pasillo. No me quedó más remedio que volver al rincón de la habitación y esperar.

Escapar no era posible: la ventana tenía rejas por fuera, había una patrulla en el estacionamiento y dos guardias se habían quedado haciendo guardia afuera de mi improvisada celda.

Esperé como un siglo, mordiéndome las uñas. El alboroto en el edificio se calmó. Eran como las nueve de la noche, cuando Evan entró cargando una charola.

—¿Tenés hambre? —dijo, sentándose en el suelo frente a mí.

Negué con la cabeza, aunque el olor de la hamburguesa y las papas fritas me hacía rugir el estómago.

—Perdón por todo esto —dijo él.

Sacudí la cabeza.

—¿Qué está pasando, Evan?

—Los tipos con los que nos topamos tienen mala fama. Los han acusado de robos, violaciones, desapariciones... cosas así. De hecho, ni siquiera los dejan vivir en el pueblo. No han ido a la cárcel porque tienen escondites en las montañas y nadie se atreve a ir a investigarlos. No son mis amigos, pero al menos no se meten conmigo porque a veces les regalo cosas que encuentro en mis viajes. Se emocionan con cualquier chatarra. Perdoná lo que les dije y cómo me porté. Me dio miedo que te hicieran algo, y por eso preferí asustarlos.

—¿Por eso me trataste como mercancía mutante? ¿Por eso me amarraste?

—No se me ocurrió otra cosa. Y sí te puse las esposas, fue para que no pudieran llevarte sin mí.

Aparté la mirada sin convencerme del todo con su explicación.

—¿Y qué hacemos aquí? ¿Qué es este lugar? —pregunté.

ADA Y EVAN #PGP2026Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora