La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
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Abrí los ojos. La pieza estaba oscura debido a las cortinas cerradas. No tenía idea de qué hora era; aún no había amanecido, pero algunos pájaros ya comenzaban a cantar. Evan dormía en una silla reclinable junto a mi cama. Al moverme, las esposas tintinearon y él abrió los ojos.
—Hola —dijo como si nada.
—Regresaste —respondí, sin poder ocultar mi alegría.
Se levantó de la silla y se sentó en la orilla de la cama.
—Estuve con mi familia un rato. Mi mamá no quería soltarme.
—Me imagino.
Evan la había mencionado muchas veces. Imaginaba la inmensa angustia que ella debió sentir al no saber de su hijo, y también la abrumadora alegría al verlo de nuevo. Para su familia, debió ser como verlo resucitar de entre los muertos.
Me alegraba por él. Pero no podía dejar de pensar en la mujer del beso. Algo en mí necesitaba saber.
—No sabía que tenías novia —dije, sin poder contenerme—. ¿O estás casado?
—Ah, sí... Isabel —dijo, soltando un suspiro.
—Nunca hablaste de ella.
—Bueno, hay muchas cosas de las que no hablamos... Por ejemplo, de Peter. Nunca hablamos de él.
—Es un viejo amigo —dije, disimulando mi sorpresa—. ¿Cómo sabes de él?
—"Amigo" —sonrió, incrédulo—. Bii tiene una carpeta solo para él, y vos, a veces... decís su nombre cuando estás dormida.
Me paralicé. Quería creer que mi cuerpo no había reaccionado a esos sueños de la misma forma que cuando estaba con Peter. Él y yo dormíamos con poca ropa, y a veces, cuando lo abrazaba, casi sin darme cuenta terminaba acariciándolo o frotándome contra él.
Evan se cruzó de brazos y sus labios se curvaron en una minúscula sonrisa. Entonces supe que había hecho algo indebido. No quise pedirle detalles. Moría de la vergüenza.
—No importa —murmuró—. Mejor contame que tenés con ese rubio.
Al parecer, Evan creía que estábamos juntos.
—Nos conocemos desde niños. Fuimos novios un tiempo, pero luego dejó de funcionar y nos separamos —recordé con pesar—. Eso es todo. Él ya hizo su vida. El último día que estuve en La Catedral me enteré de que se iba a casar.
—No me vayás a decir que por eso escapaste —dijo tras reflexionar un poco.
—¡No! Claro que no.
Evan me miró con los ojos entrecerrados, como tratando de verificar si decía la verdad, lo cual me molestó bastante. Además, no me había respondido. ¿En qué momento los papeles se habían invertido?