La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
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Después de asearnos, fuimos a cenar. Evan preparó una sopa con las aves que había cazado y las verduras que encontré. Yo hice un té con las hierbas y la miel.
—Está rico —comenté, la sal hacía una gran diferencia.
—¿Verdad que sí? Quedó como caldo de pollo.
—¿Te das cuenta de que eso no tiene ningún sentido para mí?
—Solo intento hacer conversación, pero con vos es imposible. Sos malísima para platicar—dijo en tono burlón.
—Perdón, ¿pero qué quieres que diga? Nunca he probado ese dichoso pollo que tanto mencionas, ni el cerdo, ni la res. No entiendo nada de lo que dices.
Me miró y negó con la cabeza, sonriendo de medio lado.
—Tenés razón. No es tu culpa haber nacido en una madriguera.
Le lancé la servilleta en broma.
—Te crees mucho, pero no eres más que un mono —le dije.
—Mutante.
—Salvaje.
—Fenómeno.
Era curioso cómo los adjetivos que antes usábamos para ofendernos se habían transformado en apodos casi cariñosos.
Al terminar de cenar, él recogió la mesa y yo lavé los platos. Luego subí las escaleras para alistarme para dormir.
Evan se estaba cepillando los dientes en el baño principal. Su cabello y barba ya secos, se veían algo esponjados. Por impulso, pasé mi mano por su cabeza, despeinándolo. Protestó con el cepillo aún en la boca.
—Perdón, pero pareces oveja —bromeé mientras tomaba un cepillo.
—Sí, ¿verdad? —dijo, sacando de la gaveta una máquina de afeitar—. ¿Será que esta cosa todavía funciona? ¿Y si está oxidada? No quiero que me dé tétanos o algo así.
—Espera. Creo que tengo una en mi mochila.
Fui por ella y se la entregué. Evan soltó una risa incrédula.
—¿Con esto me amenazaste en el avión? ¿Una rasuradora?
—Solo quería asustarte. Pensé que no sabías lo que era... y al parecer, tenía razón.
Ambos sonreímos. Intenté explicarle cómo usarla, pero cuando la sostuvo, no parecía muy convencido. Me ofrecí a ayudarlo. Estábamos descalzos y él era más alto que yo. Así que tuve que sentarme sobre el lavabo para poder alcanzarlo.
Le dije que no se moviera, pero en realidad era mi pulso el que temblaba. Alzó la cabeza estirando el cuello, y para no perder el equilibrio se acercó más, apoyando las manos a los lados de mis caderas. Yo apenas respiraba.
—¿Está bien así? —pregunté al terminar.
Él se quedó observando su reflejo en el espejo detrás de mí. Tomó una toalla y la mojó con agua del grifo para limpiarse. Yo esperaba sentada frente a él, sin saber a dónde mirar o qué hacer con las manos.