1
Hubo un punto en el cual la tía Elizabeth fue inflexible. Emily no se casaría antes de cumplir los veinte. Dean, que había soñado con una boda en otoño y un invierno pasado en un jardín japonés de ensueño del otro lado del mar, cedió de mal grado. Emily también habría preferido casarse en seguida. En lo más profundo de sí, donde no quería ni siquiera mirar, tenía la sensación de que cuanto antes terminara y fuera irrevocable, mejor. Pero era feliz, como se dijo a sí misma muy a menudo y muy sinceramente.
Tal vez sí había momentos oscuros en que un pensamiento inquietante la miraba a la cara: era una felicidad tullida, de alas rotas, no la felicidad salvaje y libre con la que había soñado. Pero, se recordaba a sí misma, eso se había perdido para siempre. Un día, Dean apareció ante ella con un rubor de entusiasmo infantil en la cara.
—Emily, he hecho algo. ¿Estarás de acuerdo? Ay, Señor, ¿qué voy a hacer si no estás de acuerdo?
—¿Qué has hecho?
—He comprado una casa.—¡Una casa! —Una casa. Yo, Dean Priest, soy propietario de un bien raíz, que consiste en una
casa, un jardín y un bosque de dos hectáreas. Yo, que esta mañana no tenía ni un centímetro cuadrado de tierra que pudiera llamar mía. Yo, que toda mi vida he querido tener un pedacito de tierra.
—¿Qué casa has comprado, Dean?
—La de Fred Clifford, o al menos la que fue siempre suya por un equívoco legal. En realidad, nuestra casa, predestinada a nosotros desde la fundación del mundo.
—¿La Casa Desilusionada?
—Ah, sí, así era como la llamabas. Pero ya no va a estar desilusionada. Es decir, si… Emily, ¿estás de acuerdo con lo que he hecho?
—¿Qué si estoy de acuerdo? Eres maravilloso, Dean. Siempre he adorado esa
casa. Es una de esas casas que se quieren apenas se las ve. Algunas casas son así, llenas de magia. Y otras no tienen nada de nada. Siempre he querido ver esa casa realizada. Ay, y alguien me dijo que ibas a comprar esa espantosa casona de Shrewsbury. Tenía miedo de preguntarte si era cierto.
—Emily, retira esas palabras. Tú sabes que no era cierto. Me conoces. Claro que todos los Priest querían que comprara esa casa. Mi querida hermana casi se puso a llorar porque no quise comprarla. La vendían barata, y era una casa muy elegante.
—Es elegante, con todo lo que esa palabra implica —concedió Emily—. Pero es una casa imposible, no por el tamaño o la elegancia, sino simplemente porque es
imposible.
—E-xac-ta-men-te. Cualquier mujer que se precie de tal opinaría lo mismo. ¡Me alegro tanto de que estés contenta, Emily! Tuve que comprar la casa de Fred ayer, en
Charlottetown, sin esperar a consultarte, porque había otro interesado, así que le
mandé un telegrama a Fred de inmediato. Claro que si a ti no te hubiera gustado la hubiera vendido. Pero yo sabía que te gustaría. La convertiremos en un verdadero hogar, querida. Yo necesito un hogar. He tenido muchas moradas, pero nunca un
hogar. La haré terminar y equipar maravillosamente, como tú te mereces, Estrella, mi
Estrella que está hecha para brillar en los palacios de los reyes.
—Vamos a verla enseguida —dijo Emily—. Quiero contarle lo que va a ser de ella. Quiero contarle que por fin va a vivir.
—Vamos a verla por dentro y por fuera. Tengo la llave. Me la dio la hermana de Fred. Emily, siento que he estirado la mano y he alcanzado la luna.
—Ah, yo acabo de alcanzar un montoncito de estrellas —exclamó Emily, contenta.
2
Fueron a la Casa Desilusionada a través del viejo huerto lleno de campanillas, recorrieron el Camino del Mañana, cruzando un prado, subieron una pequeña cuesta de helechos dorados, más allá de un viejo cerco serpenteante cuya madera se había
blanqueado hasta tomar una coloración gris plateado y en el que abundaban las
siemprevivas silvestres y el áster azul, para terminar subiendo el senderito serpenteante y caprichoso de la larga colina de abetos, tan estrecho que tenían que ir uno tras otro, por un lugar donde el aire siempre parecía susurrar de hermosos sonidos.
Finalmente llegaron a una cuesta salpicada de pequeños abetos puntiagudos, barrida por la brisa, verde, encantadora. Y en la cima, rodeada por la belleza de las colinas y el hechizo de las tierras altas, con grandes nubes arracimadas sobre ella,
estaba la casa, su casa.
Una casa rodeada por el misterio de los bosques excepto en el lado sur, donde el terreno caía en una larga pendiente que miraba al lago de Blair Water, que en aquel
momento parecía un recipiente de oro apagado, y, más allá, a grandes praderas y a las
colinas de Derry Pond, que eran tan azules y románticas como las montañas alsacianas. Entre la casa y la vista, pero no ocultándola, había una hilera de
magníficos álamos de Lombardía.
Subieron la colina hasta el portón del pequeño jardín cerrado, un jardín mucho más viejo que la casa y que había sido construido para una pequeña cabaña de madera en los tiempos de los pioneros.
—Quisiera vivir toda la vida con esta vista —dijo Dean, entusiasmado—. ¡Ah, qué lugar tan hermoso! La colina está llena de ardillas, Emily. Y también hay conejos. ¿No te encantan las ardillas y los conejos? Además, en primavera, hay
cantidad de violetas. Detrás de esos abetos jóvenes hay una depresión llena de musgo
que se cubre de violetas en mayo, violetas…
Más dulces que los párpados en los ojos de Emily más dulces que el aliento de Emily.
—A mí, Emily me parece un nombre más bonito que Citerea o Juno. Quiero que te fijes en aquel portoncito. En realidad, no sirve para nada. Se abre sólo a ese
pantano lleno de ranas, del otro lado del bosque. Pero ¿no es un portón? Me encantan los portones como ése, los portones sin razón de ser. Está lleno de promesas. Puede
haber algo hermoso del otro lado. Un portón es siempre un misterio, siempre: atrae, es un símbolo. Y escucha esa campana que suena en algún lugar a través del
crepúsculo y del puerto. Una campana en el crepúsculo siempre tiene un sonido mágico, como si proviniera de algún «lejano lugar en el país de las hadas». En aquel
rincón hay rosas, rosas antiguas como dulces canciones viejas prontas a florecer.
Rosas lo bastante blancas como para adornar tu blanco pecho, cariño mío, rosas lo bastante rojas como para adornar esa nube oscura de tus cabellos. Emily, ¿sabes que estoy un poquito borracho esta noche? Del vino de la vida. No te preocupes si digo locuras.
Emily era muy feliz. El jardín, viejo y dulce, parecía hablarle como un amigo bajo esa luz adormilada y esquiva. Se rindió por completo al encanto del lugar. Miraba la Casa Desilusionada con adoración. Una casita tan pensativa… No era una casa vieja, le gustaba por eso, pues una casa vieja sabía demasiado, había sido holladada por
demasiados pies que habían cruzado su umbral, demasiados ojos angustiados o apasionados habían mirado por sus ventanas. Aquella casa era ignorante e inocente
como ella misma. Ansiando la felicidad. La tendría. Dean y ella alejarían los fantasmas de las cosas que no habían sucedido nunca. Qué dulce sería tener un hogar propio.
—Esa casa nos necesita tanto como nosotros la necesitamos a ella —dijo.
—Me gusta tanto cuando hablas en ese tono suave y quedo, Estrella… —replicó Dean—. Nunca le hables así a ningún otro hombre, Emily.
Emily le dirigió una mirada coqueta que casi llevó a Dean a besarla. Todavía no la había besado. Algo le decía que aún no debía hacerlo. En aquel momento, se habría atrevido a besarla, en aquella hora de esplendor que había teñido todo de
romanticismo y embrujo podría haberla conquistado por completo. Pero vaciló y el
momento mágico pasó. En algún lugar más bajo, por el camino, detrás de los abetos rojos, se oyeron risas. Risas inocentes, inofensivas, de niñas, pero que quebraron un sutil hechizo.
—Vamos a entrar a ver nuestra casa —sugirió Dean. Abrió el camino a través de la hierba silvestre hasta la puerta que se abría a la sala. La llave giró con dificultad en la cerradura oxidada. Dean cogió a Emily de la mano y entraron juntos.
—El umbral de tu casa, amor mío.
Levantó la linterna y arrojó un círculo de luz movediza alrededor de la habitación sin terminar, con sus paredes desnudas, expectantes, la chimenea vacía… no, no
estaba vacía del todo. Emily vio un montoncito de cenizas blancas, las cenizas del fuego que Teddy y ella habían encendido hacía años, aquel atardecer venturoso de su infancia, el fuego junto al cual se habían sentado a planear sus vidas juntos.
Se volvió hacia la puerta con un estremecimiento.
—Dean, esto está demasiado solitario y desolado. Será mejor que lo exploremos a la luz del día. Los fantasmas de las cosas que nunca sucedieron son peores que los fantasmas de las cosas que sucedieron.
ESTÁS LEYENDO
Emily triunfa
Novela JuvenilÚltima parte de la serie Emily está convencida de que va a convertirse en una escritora de éxito. Pero sabe que para ello necesita tener cerca al que ha sido su amor desde la infancia, Teddy Kent. Cree que su amor va a durar eternamente y que juntos...
