POV JESSICA
Todo estaba apagado, menos la luz de la habitación que se había acondicionado para que el equipo trabajara. Por lo que me había dicho Memo hacía media hora, tres dormirían y otros tres trabajarían; de esa manera, por turnos, siempre habría alguien moviendo cosas, al menos hasta las siete de la mañana que todos volvieran. Estaban ahí para ello, para no dormir y no moverse de la central si no fuera necesario; así los quería, y lo sabían.
Yo estaba en mi despacho, mirando la pared continuamente, con una taza de café que iba por la mitad; e intentando poner mi cabeza en situación.
Desde la primera vez que decidí garabatear esa pared, había añadido unas pocas cosas:
Huella coche, Mateo Cruz. Cloroformo. ¿Profesionales?
El fichado que habíamos identificado por una huella en el coche de Samanta, estaba en búsqueda y captura; absolutamente todas las comisarías de la ciudad y algunas más de los alrededores ya tenían sus datos y sus fotos. No descartaba pasarla a todo el país si en un plazo de ocho horas seguíamos sin tener noticias.
La científica estaba analizando la casa donde habíamos encontrado la furgoneta abandonada y la ropa de mi mujer; pero por el momento, tampoco tenía resultados. La unidad canina llevaba tres horas de búsqueda intensiva, solo deseaba que llamaran de una vez con algún resultado.
Los casos que había llevado Samanta tampoco nos había dado un resultado fiable, ni siquiera algo que nos llamara la atención. No había trabajado nunca con el compañero de mi esposa, pero confiaba en ella, y si le seguía teniendo después de tanto tiempo, es que era bueno.
Otra cosa no, pero Samanta aprendió muy rápido todo lo que yo pude enseñarle sobre compañeros de la policía.
Eran casi las tres de la mañana, llevaba dieciséis horas secuestrada y no tenía ni una sola buena noticia.
Fue entonces cuando llamaron a mi puerta, deseando que fuera Memo con sus buenas noticias; la que hizo su aparición fue mi asistente, Olivia traía una pequeña caja en sus manos.
—Le traigo un poco de cena.
—Deja de hacer las cosas por tu cuenta, si no te lo he pedido, no lo quiero.
Pero ella pasó, cerrando la puerta e ignorando tanto mi mal humor como mi orden.
—Me manda Jaime, Jessica —dijo cambiando su tono, a algo más cariñoso—. Y siento saltarme tus normas, pero tienes que comer algo.
—No quiero nada.
—Por favor —insistió colocándose frente a mí—. Puedo llegar a ser muy pesada.
—Puedo llegar a despedirte si sigues así.
—Correré el riesgo.
Llevaba tres años trabajando con ella, su currículum me llegó tras una exhausta búsqueda un tanto nula. Y aunque le costó adaptarse a mi ritmo, en cuanto lo hizo, Olivia fue un gran fichaje. Por esa razón, pese a mis amenazas, yo sabía que no la despediría a la primera de cambio.
Cogí la caja y en cuanto la abrí, vi una pequeña bandeja con unos filetes de pollo a la plancha y un poco de lechuga perfectamente aliñada. Una botella de agua, cubiertos para comer y un yogur con soja y avena. Otra de las razones por las que me gustaba Olivia era porque estaba en todo, no hacía falta que yo le dijera cómo quería las cosas porque ella ya lo sabía... Era su trabajo, dicho sea de paso.
—¿No hay noticias? —Negué pinchando la ensalada mientras ella se sentaba a mi lado—. ¿Estás bien?
—Sí, estoy dudando si irme de fiesta y emborracharme o empezar a tirar cohetes por la ventana.
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Miradas de celos.
Ficção GeralJessica Jenkins, ascendida ahora la inspectora jefe del todo el cuerpo nacional de policía; deberá enfrentarse a uno de sus mayores miedos. ¿Bastará la compañía y el amor de Samanta, su esposa, para que todo vuelva a la normalidad? Esta cuarta entre...
