En cuanto llegué al punto exacto dónde se habían llevado a Samanta y vi que el coche no estaba, llamé al depósito municipal para preguntar por él. Di el número de matrícula, modelo y año; tras siete minutos en espera, en los que aparqué a un lado en doble fila, me dijeron que estaba allí.
—Que nadie toque ese coche —ordené colgando y llamando a Jaime—. Por tu bien espero que tengas a los oficiales trabajando ya. Manda a la científica al depósito para que busquen las huellas del tipo que abrió la puerta...
—Jess...
—Que pasen el vídeo por reconocimiento facial y rastreen cualquier parecido con los tipos esos. Dile a Olivia que las imágenes de tráfico ya tienen que tenerlas para que las sigan.
—Jessica, espera.
—Quiero llevar personalmente el homicidio que le habían asignado, que su equipo nos pase toda la información. También quiero los datos del titular de la furgoneta y de toda su familia. Si ha sido robada quiero el informe, que miren cuándo y dónde y busquen imágenes del robo. Si las consiguen, que lo comparen con las de ese vídeo para ver que es el mismo tipo.
—Jessica, escúchame.
—¿Qué?
—Para y piensa, que vas a mil por hora.
—No pienso parar hasta encontrarla, Jaime. Ahórratelo, vuelvo a la central; más te vale que me hayas conseguido a los agentes.
Colgué arrancando de nuevo, pasando por el escenario del crimen, impoluto; como si allí no hubiera sucedido absolutamente nada.
Tardaba un total de doce minutos sin semáforos ni tráfico a la central; y teniendo en cuenta que llevaba la sirena, tardaría mucho menos. Aproveché el manos libres del coche, para marcar el teléfono del comisario de Samanta.
—Señor, soy la inspectora jefe Jenkins. Es una llamada oficial y urgente, necesito que me mande al correo electrónico todos los casos en los que hayan estado involucrada mi mujer en el último año.
—¿Todos?
—Acorte la búsqueda a los de nivel tres o a los que haya tenido problemas.
—De acuerdo, les diré que se las envíen.
—Urgente.
Colgué también tomando aire, no quería pensar, si lo hacía... Ni me lo quería imaginar.
Entré en el garaje de la central prácticamente derrapando; bajé del coche, cerré y subí por las escaleras de tres en tres.
Para mi grata sorpresa, con su pelo rizado, su porte de falso inglés y sus pintas de madero de los años ochenta; Memo estaba de pie, con una carpeta en su mano y esperándome; pues en cuanto puse un pie allí, se sumó a mi andadura, y eso que cuando yo daba un paso, él daba tres.
—Han llegado ya tres agentes y dos están de camino.
—Te quiero a ti dirigiéndoles.
—Ya lo estoy haciendo. La científica va de camino al depósito, tráfico ya nos ha mandado las imágenes del furgoneta y el reconocimiento facial está trabajando. La furgoneta fue robada hace tres días, la denuncia fue puesta en una comisaría pequeña de otra ciudad del sur por un tal Gonzalo Blázquez; sin antecedentes, con una ferretería pequeña, casado y con dos hijos.
—Llámale y que te cuente dónde fue el robo, cuando tengas eso, consigue las cámaras de seguridad más próxima y búscalo. —Él asintió pasándome una hoja—. Me van a mandar sus casos en el último año, revísalos por si encuentras algo que te llame la atención.
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Miradas de celos.
Ficción GeneralJessica Jenkins, ascendida ahora la inspectora jefe del todo el cuerpo nacional de policía; deberá enfrentarse a uno de sus mayores miedos. ¿Bastará la compañía y el amor de Samanta, su esposa, para que todo vuelva a la normalidad? Esta cuarta entre...
