POV SAMANTA
Había sido un respiro para mí poder ir a casa, descansar y, sobre todo, sentir que volvía a estar a salvo. Pero es que para Jessica, también. Cuando pisamos nuevamente la central, las dos teníamos aires renovados, como si ese día empezásemos con el caso; pero es que mi mujer, tenía su rostro, su fortaleza y todo lo que abarcaba... Nada tenía que ver la mujer aterrada de esa noche, con la que tenía frente a mis ojos.
Ella fue a la habitación donde estaban trabajando todos, dar órdenes, organizar su cabeza o lo que fuera; pero no perdió ni un mísero segundo. Yo fui directa a su despacho, cerrando la puerta; puede que yo misma me protegiera más de la cuenta, si ella no estaba, prefería estar encerrada en un sitio seguro.
Me apoyé en la mesa, mirando la pared donde cada detalle que había pasado estaba allí apuntado. Los coches, la casa, mi ropa, las huellas, el cloroformo, mi secuestro, la hora... Absolutamente todo lo tenía apuntado. Clavé mis ojos en el momento que yo no recordaba, justo cuando paré en el semáforo y me echaron el cloroformo. ¿En qué momento Jessica se había dado cuenta de eso? ¿Cuánto había tardado en comprender que algo malo había pasado?
Todas las preguntas que se me vinieron a la cabeza, dejaron de importarme cuando ella entró leyendo unas hojas; cerró la puerta con pestillo, firmó y las dejó sobre su mesa.
—¿Algo nuevo? —Negó quitándose la chaqueta—. ¿Cuándo te diste cuenta que algo no iba bien?
—Cuando no tuve ningún mensaje tuyo para la hora de comer —respondió sentándose a mi lado, pero mirando a la pared—. Llamé a tu comisaría, pero me dijeron que estabas investigando no sé qué. Al final de las reuniones, cuando no me leías ni contestabas; supe que algo iba mal. Le pedí a Olivia tus casos y llamé a Memo para que me sacara las imágenes de la calle. —Señaló la misma foto que yo miraba—. Entonces di con eso.
Veinte segundos en los que me quedé mirándola, mientras ella pensaba, pues su labio inferior ya estaba entre sus dientes.
—¿Todo el día? ¿Ese fue tu umbral? —Solo así conseguí que me mirase—. ¿Cuándo quisiste investigar?
—Al mediodía —contestó—. Pero no quería sonar paranoica, poner todo al revés para nada y que te volvieras a enfadar.
—Me sorprende que aguantaras tanto.
—Te prometí confiar y dejarte trabajar, no quería meterme.
Las broncas por el trabajo, Jessica las seguía teniendo presentes; los primeros meses, cuando no me dejaba explotar laboralmente, se convirtieron en una pesadilla para nuestra relación. Menos mal que, con el paso del tiempo, consiguió tragarse su miedo... Aunque en ese momento la situación fuera distinta.
—Quiero verle —dije de pronto, mirando la foto del secuestro y sorprendiendo a Jessica—. A Mateo, quiero verle.
—¿Estás segura?
—Sí. —La miré—. Tú y yo, dónde le tengáis.
—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Lo mismo que tú harías si yo no estuviera todavía aquí.
—Sam...
—Lo sé, lo sé. Pero es muy pronto, estamos prácticamente solas y el equipo no se tiene ni que enterar. —Agarré su mano—. Solo tú y yo.
Nos íbamos a saltar mil normas en el cuerpo, pero Jessica no era la primera vez que lo hacía y yo confiaba ciegamente en ella. Queríamos lo mismo y era atraparlos a todos, sobre todo, a quién fuera que orquestó todo eso. Por esa razón, cedió, dándome la mano y saliendo del despacho casi a hurtadillas, para que nadie se enterara. Bajamos al segundo sótano, y yo juraría que nunca, en mi vida, había estado allí. Paredes de hormigón sin ventanas, unas puertas grises a las que solo podías acceder con un código que mi mujer por supuesto se sabía. Todo recto, una a la derecha, otra a la izquierda; hasta que llegamos a la puerta número veintitrés.
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Miradas de celos.
Ficção GeralJessica Jenkins, ascendida ahora la inspectora jefe del todo el cuerpo nacional de policía; deberá enfrentarse a uno de sus mayores miedos. ¿Bastará la compañía y el amor de Samanta, su esposa, para que todo vuelva a la normalidad? Esta cuarta entre...
