Alguien más.

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POV JESSICA

Samanta tenía que seguir una dieta estricta para recuperar todo lo que había perdido. Lo único bueno era que tenía solución, y teniendo en cuenta cómo era, más pronto de lo que quizás nos pensábamos. Por el momento tenía la baja y ya le avisé a Jaime que no volvería hasta que yo la mirara y dejara de notar el miedo en sus ojos.

Organice todo para trasladarla a nuestra ciudad, con nuestro equipo y a mi lado. No me separaría de ella, y no porque yo quisiera, que era así; sino porque tampoco se alejaba de mí. Puede que no me lo dijera, pero yo sabía que junto a mí era la única manera en la que se sentía a salvo.

Teníamos los nombres de los dos tipos que salían en el vídeo del momento del secuestro, los mismos que habían estado con ella. Yo solo esperaba que la orden de búsqueda fuera efectiva, quería salir corriendo tras ellos. Absolutamente todas las comisarías del país tenían sus fotos y datos, solo teníamos que recibir una llamada; y aunque tuviéramos que viajar lejos, yo iría donde hiciera falta.

Estábamos en mi despacho, habíamos llegado un par de horas atrás; y dado que me habían dicho todo con detalles para que no hiciera falta ingresarla mucho más tiempo, la traje conmigo. Ella se mantenía en el sofá, con una chaqueta mía que, según ella, le protegía mucho más que su propia ropa; sentada, con las piernas y los brazos cruzados. Yo iba y venía, entraba y salía; pero mi orden la cumplía todo el mundo a rajatabla: absolutamente nadie podía entrar, tan solo Jaime y Memo.

—¿Quieres que te traiga algo?

—Estoy bien —respondió apoyando su cabeza en mi hombro—. Quiero irme a casa.

—En cuánto les tenga, te prometo que nos vamos. Y no solo eso, ya he hablado con Jaime, en cuanto termine, nos vamos unos días a la casa de mis padres del pueblo, para que descanses mejor.

—¿Te deja?

—Me voy a ir igualmente —dije dándole un beso en la cabeza—. Así que me da igual.

La vi sonreír tímidamente, siendo la primera vez, desde que la había encontrado, que lo hacía. Me di por satisfecha, notando que, poco a poco, volvía a ser mi esposa. Acaricié su mejilla, sosteniendo su mirada, todavía apenada por todo lo que la estaba pasando; pero no me lo pensé dos veces más, moví ligeramente mi pulgar sobre su piel y me acerqué besándola.

Después de esos días, era lo único que quería hacer, cuidarla y protegerla de todo; porque por mí, la habría cogido y, en brazos, no hubiera parado de andar hasta tenerla en casa, solas y sin nadie más. Pero cada vez que la miraba, su tristeza, su pena y su ligero miedo cuando volvía o no me veía con ella; provocaba que mi deseo de acabar con todos esos se incrementaran.

Escuchamos la puerta sonar, alguien estaba tocando los nudillos; pero Samanta me agarró de los cuellos de la camiseta, impidiéndome separarme; y yo que no opuse ningún tipo de resistencia, seguí besándola y atrapándola entre mis brazos, tal y como quería y ella necesitaba.

—Jefa.

—No me lo puedo creer —susurré separándome—. ¿Te ha contestado alguien para que pudieras pasar?

—No, pero, quería hablar con usted —dijo Olivia mirando cómo Samanta me abrazaba, apoyando su cabeza en mi hombro—. Es importante.

—¿Qué?

—Es por lo del otro día.

—¿El qué del otro día?

—El beso... —contestó sorprendiéndome de que lo sacara—. Quería disculparme pero noté algo recíproco y lo hice —dijo consiguiendo que Samanta levantara la cabeza mirándome—. Supongo que tampoco es el momento.

Miradas de celos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora