capítulo 15

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Las risas de Miriam esa mañana estaban más acentuadas de lo normal.

Ayudaba que esa misma tarde, a eso de las cinco, estaría saliendo por las puertas de la prisión. Y obviamente, también ayudaban las ocurrencias de María mientras ambas preparaban las lavadoras de esa mañana.

Ese sería su último día ahí.

Su último día de talleres y de colada.

Aún le parecía increíble.

— Todo un placer, Leona... —su piel se erizó con delicadeza al escuchar ese mote— Que estés pasando tus últimas horas aquí, conmigo. Si eso no es amor... —decía descaradamente María haciendo reír a la gallega.

— ¿Viste? —rió siguiéndole el rollo mientras cerraba la puerta de una de las lavadoras.

— Seguro que lo que más vas a echar de menos, después de a mí claro, será manosear todas las bragas de la peña, ¿verdad?

— Jajajajajajajajaja, sin duda. —respondió irónica— Mari...

— Uy... Nos ponemos serias... —apuntó la chica al ver el rostro de Miriam.

— No, idiota. —dejó salir de ella una carcajada sutil— Solo quería darte las gracias... Por estar cerca desde el primer momento que entré, por aguantar mis ánimos de mierda las horas de taller e intentar que siempre le vea algo mínimamente bueno a este lugar... Que tampoco es que terminase viéndolo, pero la intención es lo que cuenta. —comentó con sorna.

— Qué romántica... —sonrió burlona, viendo como Miriam reía a la vez que negaba con la cabeza, mientras seguía con la tanda de lavadoras— Es broma, Leona. Eres una tía de puta madre. —habló sincera— Y todo lo que has dicho que he hecho, no ha sido ninguna molestia para mí. Si aquí no miramos las unas por las otras, ¿quién lo hace? —Miriam rió de nuevo— Además, te lo debía por regalarme ese desnudo integral el día del ingreso. Te prometo que no lo voy a olvidar nunca.

— ¡Dios, ni me acordaba! —alucinó comenzando a dejar que algo de rubor asomase en sus mejillas— Qué vergüenza pasé. —comentó escuchando de fondo las risas de su amiga.

— Rodríguez. —la llamaron desde la entrada del lugar. Rápidamente visualizó a Saydi con medio cuerpo asomado por el umbral de la puerta.

Miriam se acercó hasta la morena, dejando sobre la primera mesa que estuvo a su alcance la bolsa de ropa que cargaba.

— ¿Qué? —respondió a la defensiva.

— Ya sabes qué. —susurró Saydi rodando sus ojos.

— Que venga ella. —sentenció seria. —Estoy cansada de ser siempre yo la que cede.

Saydi la miró de forma desafiante brevemente, todo lo desafiante que podía mirar esa chica pues su rostro era bastante dulce, antes de morderse el labio inferior pensativa y asentir intentando entender la situación. Segundos después desapareció por donde había llegado.

Miriam volvió hacia su lugar principal para seguir con sus labores, sintió como María le preguntaba con la mirada si todo iba bien, a lo que ésta asintió haciendo un gesto despreocupado con su mano.

— No te acerques a ellas, ¿me oyes? —susurró María al cabo de unos minutos en silencio. La presencia de la morena había enfriado algo el buenrollismo que se traían siempre las dos rubias entre manos— Son las doce, te quedan menos de seis horas aquí, no te la juegues por nadie.

— Villar. —volvió a aparecer Saydi a los pocos minutos— Ven conmigo. —le ordenó con indiferencia. María suspiró con desgana y a regañadientes salió con Saydi de allí.

100 días Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora